Escribo hoy, jueves 9, a pocas horas de haber escuchado el comunicado del presidente Zedillo Ponce de León sobre Chiapas. Estoy profundamente desconcertado; no comprendo la decisión. El comunicado, por su fondo y forma, desconcierta; por lo que dice y lo que no dice, preocupa; por sus consecuencias, causa consternación. Registro aquí mis reflexiones.
1. El presidente ha decidido romper bruscamente la política de diálogo, reiteradamente afirmada desde su toma de posesión, y abrir las hostilidades contra los dirigentes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), ordenando además al federal colaborar en su aprehensión y patrullar distintos puntos del estado. No aduce en su comunicación razones convincentes de tan grave decisión, de costos enormes para el acuerdo político nacional, la paz social y el fortalecimiento del gobierno mismo. El hecho concreto que se invoca como justificación es el descubrimiento de dos arsenales que, se dice, junto con “averiguaciones iniciadas por la Procuraduría General de la República, demuestran que los rebeldes preparaban nuevos actos de violencia”. Estos hechos, suponiendo que sean verdad, no parecen suficientes para dar un vuelco radical en el tratamiento político del asunto más grave que afronta el país. Todavía un día antes el comandante de la séptima región militar, Mario Renun Castillejos, había declarado: “jamás iniciaremos la violencia, jamás; la única violencia que podría generarse sería si el EZLN nos atacara directamente”, y hacía referencia a “las bases y directrices dadas por el presidente Zedillo Ponce de León” para buscar la paz.
2. La decisión –cuya urgencia dista mucho de ser evidente– viene a complicar gravemente en el aspecto político interno la situación de un gobierno agobiado por los problemas financieros; difícilmente contribuirá a recuperar la confianza de los inversionistas extranjeros, al menos durante algún tiempo.
3. El mensaje presidencial pasa por alto los análisis e informes de la Comisión Nacional de Intermediación (Conai), la cual –pese a los problemas– acababa de reiterar su confianza en que el diálogo cristalizaría muy pronto. Resulta incomprensible que, sin aviso ni explicación, se ignore a esta comisión, reconocida oficialmente por el gobierno y fundamental en el proceso de negociación.
4. Ignora también el presidente los logros obtenidos por la comisión de legisladores, constituida por iniciativa suya, la cual acababa de estar en Chiapas y de rendir también un informe esperanzador; la víspera había declarado que lucharía “hasta lo último” para encontrar una solución pacífica y que no hubiese “un solo balazo más”, y reiteraba que “el contacto no se ha perdido”. Para que resultase creíble la justificación del cambio de política, hubiese sido necesario que esta comisión y la Conai fuesen consultadas, y que sus representantes hubiesen aparecido al lado del presidente ante las cámaras de televisión.
5. En este contexto, desconcierta además que anuncie el titular del Poder Ejecutivo que solicitará nuevamente la intervención del Congreso para buscar soluciones, deliberar sobre la conveniencia de una ley de amnistía, y que para ello pedirá se convoque a un período extraordinario. Esto resulta inexplicable tras el desaire hecho a la comisión de legisladores.
6. Sorpresivamente recurre el presidente a descalificar el EZLN, del que ahora afirma no ser “ni popular ni indígena ni chiapaneco” y tiende a asimilarlo al género común de guerrilla latinoamericana. Varios hechos públicos y comprobables apuntan en sentido contrario, por lo cual este fácil recurso, que fue el de Carlos Salinas, no convence. Después de 13 meses, el gobierno no ha dado nunca una sola prueba de que los rebeldes cuenten con financiamiento extranjero. Además, queda en la penumbra, deliberadamente ignorada en el análisis, la situación poselectoral en el estado, que ha conducido a la existencia de un gobierno en rebeldía, reconocido por un número muy importante de municipios. Desconcierta que hechos tan sustanciales sean pasados por alto y no se dé a conocer el tratamiento político que se les dará.
7. En el análisis gubernamental desaparece la sociedad civil; los reclamos y apoyos de muchos organismos no gubernamentales que han sido actores decisivos en el conflicto no son ahora tomados en cuenta, como tampoco lo son los apoyos y las simpatías que tiene el movimiento rebelde en otros países.
8. Por varias de las razones anteriores, es difícil no considerar esta decisión del primer mandatario del país como autoritaria, en abierta contradicción con la imagen de “corresponsabilidad” y “reducción del autoritarismo” que la Presidencia de la República se había empeñado en proyectar de sí misma. La decisión exhibe un poder presidencial desarticulado tanto de sectores importantes de la sociedad civil como del Congreso.
9. En la justificación que se aduce del cambio de política se advierte un peligroso maniqueísmo, al presentar las acciones del gobierno como tolerantes, abiertas, francas y generosas y las del EZLN, como tramposas, dilatorias e injustificadamente renuentes al diálogo. La opinión pública se pregunta si fue signo de tolerancia que el presidente acudiera innecesariamente a la toma de posesión del gobernador priísta; se pregunta también si el gobierno no se comprometió (en la plática del secretario de Gobernación con la dirigencia del Ejército Zapatista) a destituir a Robledo Rincón como condición previa al diálogo, y no lo cumplió. Sobre estas circunstancias priva la desinformación, pero difícilmente se aceptará la visión maniquea que presenta ahora el primer mandatario.
10. Tan serios motivos de desconcierto orillarán a muchos a desconfiar de las versiones que ha dado el presidente para justificar su decisión; de poco sirve que prometa informarnos “con la verdad” si abundan las sombras en sus declaraciones. Ante la falta de razones convincentes, no faltarán probablemente quienes vuelvan sus ojos a posibles presiones o compromisos internacionales que estarían acosando al presidente Zedillo Ponce de León; queda como hipótesis a considerar seriamente.
En suma: desconcierto por las incongruencias, dudas ante explicaciones poco convincentes, temor por la gravedad de las consecuencias, y profunda tristeza por el peligro en que se halla hoy la paz en nuestra patria.








