“La duda atormentaba a la madre de Aburto; la llevé a Almoloya para que lo reconociera”: la madre Antonia

TIJUANA, BC.- “Sólo vi a una madre que sufría…”, dice Mary Brenner, más conocida aquí como la Madre Antonia, al explicar por qué ayudó a la mamá de Mario Aburto Martínez, asesino confeso de Luis Donaldo Colosio Murrieta.
Estadunidense de ascendencia irlandesa, de 67 años de edad y nacida en Los Angeles, California, divorciada, madre de ocho hijos y abuela de 15 nietos, Mary Brenner fue quien gestionó ante la Secretaría de Gobernación el permiso para que la señora María Luisa Martínez pudiera visitar a su hijo en el penal de alta seguridad de Almoloya de Juárez, Estado de México, pagó el viaje y estuvo presente en la reunión entre ambos, que se realizó en abril de 1994.
La Madre Antonia llegó hace 18 años a Tijuana y desde entonces se ha dedicado a atender a los internos del penal de La Mesa; un año después amplió su trabajo a los separos de la Policía Judicial Federal y otras cárceles de la región.
En el penal de Tijuana, Brenner relata a Proceso su encuentro con la madre de Aburto Martínez, su visita al penal de Almoloya y su posterior distanciamiento, propiciado por los abogados de la familia Aburto Martínez: Peter Schey, Carlos Olguín y Jorge Mancilla, quienes la acusaron de ser agente de la Procuraduría General de la República.
La Madre Antonia habla pausadamente y aún con el acento de su idioma materno, aunque haya dejado atrás su vida de lujos, cuando radicaba en Beverly Hills.
“El día que asesinaron a Colosio Murrieta fui a visitar las celdas de la Policía Judicial Federal. Ahí me enteré de lo que había sucedido en Lomas Taurinas, y uno de los comandantes me presentó a la mamá de Mario Aburto Martínez. Mi primer impulso fue abrazarla. Sentí su dolor de madre. Lloró en mis brazos. El comandante me invitó a pasar a un privado para hablar con ella a solas. Dijo que no sabía lo que había pasado y que no creía que su hijo fuera culpable. Le ofrecí casa, comida y una capilla. La llevé, junto con su cuñado y su hermano, a la casa de San Miguel, aunque primero fuimos a la iglesia.
“Toda la familia era muy agradable, humilde, honesta, servicial. Siempre dispuesta a ayudar en la casa. Sin embargo, doña María Luisa lloraba casi siempre y rehusaba hablar con la prensa, ya que argumentaba que no podía creer lo que había ocurrido: `Mario no era así’, repetía todo el tiempo.
“Una semana después le dije que no podía seguir huyendo de la prensa. La convencí para que convocara a una conferencia con los medios nacionales y extranjeros, misma que se realizó el Viernes Santo.
“Cuando regresamos a la casa, doña María Luisa estaba preocupada. Durante la conferencia se insinuó que Mario era otra persona, y aunque el gobierno confirmaba su identidad, muchos no lo creían. Ella también dudó y dijo que tenía que visitar a Mario.
“Le dije que haríamos un sacrificio para conseguir un boleto con el afán de que pudiera viajar a Almoloya. Esto fue en abril, después de Semana Santa. La duda la atormentaba. Vi el dolor de esa madre y pagué el viaje. Obtuvimos el dinero en San Diego. Dios siempre me ayuda, y no falta quién nos extienda la mano para sostener la casa y ayudar a quien lo necesite.
“Fuimos a la ciudad de México. En la Secretaría de Gobernación la señora Socorro Díaz dio autorización para que pudiéramos entrar en el penal. Ya con el permiso, viajamos a Toluca. Ya en Almoloya, nos recibió Juan Pablo de Tavira, director del centro penitenciario. Nos atendió muy bien e hicimos una cita para regresar al otro día. De Tavira nos ofreció que podríamos estar con Mario durante cuatro horas, pero doña María Luisa dijo que una hora era suficiente.
“Al día siguiente tuvimos que pasar la inspección como cualquier otra persona. Sólo íbamos ella y yo. Nos llevaron a un cuarto donde ya se encontraba Mario. Al verse, lo primero que hicieron fue abrazarse. Lloraron. Mario se repuso de inmediato y preguntó por toda su familia. La señora no paraba de llorar.
“Doña María Luisa lo veía y escuchaba, pero hablaba sin sentido. No le bastó verlo a la cara y estrecharlo en sus brazos para despejar sus dudas, hasta que le preguntó si todavía tenía la cicatriz en la espalda. Mario sorprendido le dijo: `¡por favor, mamá!’, al tiempo que se levantaba la camiseta para descubrirse el torso y mostrarle la cicatriz en forma de cruz. Las dudas se disiparon en ese instante.
“Mario me agradeció haber llevado a su madre. Nunca lo había visto, pero me hablaba como si me conociera. Por espacio de una hora doña María Luisa insistió en preguntarle por qué lo había hecho. Mario respondió que no sabía. `¡Por favor, no insistas!’, le decía.
“Recordó que el día del crimen salió muy temprano rumbo a su trabajo. Tomó una pistola y la guardó en su chamarra, dijo que quería venderla y que durante el tiempo que estuvo laborando no se quitó la chamarra por temor a que alguien descubriera el arma y se la robara.
“En su relato insistió que al salir de su trabajo se encontró con un amigo que lo invitó a asistir al mitin en Lomas Taurinas. Dijo que nunca había estado en un acto de esa naturaleza, y que la curiosidad lo había hecho aceptar. Comentó que era tanta la gente concentrada ahí que de pronto se vio envuelto en medio de la multitud y que, sin darse cuenta, la gente lo acercó al candidato del Partido Revolucionario Institucional a la Presidencia de la República.
“Sin abundar en detalles, Mario expresó que estuvo a punto de perder el equilibrio y que por instinto detuvo la bolsa donde guardaba la pistola, y que de pronto ya la tenía en sus manos.
“Aceptó haber disparado y matado a una persona que nunca había visto. Pero ya no se preocupaba por su situación sino por la de su familia. Madre e hijo estaban sentados frente a frente. Su conversación era interrumpida constantemente por el llanto de doña María Luisa. Mario le decía que lamentaba que lo viera dentro de una prisión. Lo que más le preocupaba en ese momento, según dijo, era que hicieran daño a su familia y a otras personas inocentes.
“En todo momento asumió la responsabilidad del crimen y solicitó que no se involucrara a nadie más. Pidió a su madre que se fuera a Estados Unidos; yo le dije que no era lugar para ella, pero Mario insistió.
“Fue categórico al afirmar que sólo él había disparado. Cuando dijo esto, doña María Luisa prefirió abandonar el lugar, lo bendijo y se despidieron con un abrazo. No había más que decir.”
Poco después, la familia Aburto Martínez abandonó Tijuana. Sus abogados en Estados Unidos “nos enfrentaron a doña María Luisa y a mí. Según sus argumentos, yo era agente de la procuraduría y sólo quería saber quiénes, además de Mario, participaron en el crimen de Luis Donaldo Colosio Murrieta”.