Cachumbambé

Así le dicen también: Cachumbambé. Quiere decir, en Cuba, columpio. Este Rafael Sebastián Guillén Vicente, conocido mundialmente como el subcomandante Marcos, Fernando Yáñez (Germán), Jorge Javier Elorreaga Berdegue (Vicente), Jorge Santiago (Santiago) y Silvia Fernández Hernández (Sofía o Gabriela) fueron inculpados por Ernesto Zedillo Ponce de León (“Dígame `Neto'”) como delincuentes guerrilleros y pidió órdenes de aprehensión contra ellos.
La identificación de Marcos y otros de sus compañeros, su presunta persecución y detención no resuelven nada de fondo del conflicto chiapaneco. La histeria de Televisa y sus pares evidencia la estolidez de quienes piensan que la exterminación o el control de rebeldes es aniquilamiento de la rebeldía y de sus causas.
Es por lo menos pueril alegar en contra de los insurgentes que perpetran delitos subversivos: sedición, motín, rebelión, conspiración, terrorismo, portación de arma de fuego de uso exclusivo militar y provocación de un delito y apología de éste o de algún vicio (seguramente piensan que la búsqueda de justicia es viciosa). En efecto, los insurgentes declararon guerra, lo cual incluye formalmente incurrir en las faltas que los códigos estatales fincan para la defensa de sí mismos.
La decisión abrupta y contradictoria de Zedillo dividió abiertamente a los mexicanos. Las fuerzas vivas, los vivalistas beneficiados del sistema, se solidarizaron con la declaración de guerra enmascarada. Por más que se trame hacer creer que se intenta someter a delincuentes sediciosos, las mayorías empobrecidas y desesperanzadas de México, la mayoría nacional, con sus 40 millones de pobres, entienden y consienten la rebeldía abierta, si bien la vía armada no logra consenso. Los motivos para guerrear del gobierno federal no son convincentes ni se reconocen como decisión mexicana sino producto del aval endeudador y sometedor de la plutocracia estadunidense.
También producen malestar –para todas las familias– los preparativos mañosos para esta decisión. Azuzados y dirigidos, los legisladores priístas chiapanecos abogaban por la intervención armada. En la mañana del anuncio belicoso, en el Día de la Lealtad, se vociferó la sumisión de las fuerzas armadas del país –las hay desarmadas, por cierto–, a los dictados del presidente. Lo cual es obligatorio y requerido, por lo demás.
Se preparó que Zedillo leyese en telepronter su anuncio; se encontraron oportunamente “arsenales” de irrisión; después aparecieron más; se instruyó al procurador general panista; se fincó tramoya para que se identificase efigie de Marcos con su rostro; la dirigencia panista acogió con beneplácito reticente la decisión de sus adversarios, que no opositores; se divulgó la biografía de los insurgentes; se anticipó sesión extraordinaria de legisladores con oferta de amnistía; se recordaron propósitos de diálogo y comisiones pacificadoras de ciudadanos, desechados en la decisión y convocados a contribuir “a restablecer las condiciones de tranquilidad” ciertamente contravenidas por la aventura de la PGR y su apoyo militar en Chiapas.
Las horas inmediatas a la decisión persecutoria represiva, enmarcadas en el miedo, las incertidumbres, el descontento, la desazón y la ratificación de encono, no dieron noticia de la réplica cabal de los insurrectos. No se supo de batallas o escaramuzas prontas. Se dijo en la selva y en la montaña que era una decisión provocadora, que podría revivir el fratricidio directo y no sólo el institucional.
Lo previsible este viernes 10 es que pronto se batalle, que haya mortandad, que repercuta en las ciudades del país y en zonas indígenas y rurales la empresa policiaco-militar del gobierno de Zedillo. Se teme la violencia loca del terrorismo. Hubo calma chicha.
Treinta y uno de enero de 1994: “traigan otra vez la imagen de Venustiano Carranza para ofrecer la limosna del perdón. Aquí está Zapata vivo y digno todavía. Traten de asesinarlo de nuevo. Nuestra sangre va en prenda…” (EZLN). Nadie sensato quiere guerra, pero en tiempos de insania, Walter Montoya, diputado del PRI, demanda masacre, exterminación, guerra total. Suicidas.