Las siete horas que acabaron con el director de la Judicial Federal Envenenado con gas, Juan Pablo de Tavira agoniza; el jefe de su escolta, principal sospechoso

Los ojos abiertos. Todo lo ve, todo lo oye, todo percibe el doctor Juan Pablo de Tavira en su cama de la unidad de Terapia Intensiva del hospital American British Cowdray (ABC). Testigo de su propio drama, el director de la Policía Judicial Federal no puede, sin embargo, comunicarse con el mundo ni repetir ante un juez lo que dijo a su familia y a funcionarios de la Procuraduría General de la República (PGR) los pocos días que gozó a plenitud de sus facultades:
Que está convencido de que la madrugada del 24 de diciembre de 1994 fue víctima de un atentado contra su vida a manos de su guardia personal.
La investigación de la PGR, aún en proceso; los dictámenes médicos en México y el extranjero; los peritajes, y la reconstrucción de los hechos ocurridos aquella noche en su casa de la carretera México-Toluca, con base en las declaraciones de los protagonistas, apuntalan la certeza de la familia y apuntan las sospechas hacia el comandante Alberto de Jesús Castillo de la Riva, su jefe de ayudantes, coordinador de su guardia personal.

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La mañana del 24 de diciembre el procurador general de la República, Antonio Lozano Gracia, esperaba a De Tavira en su oficina. Como ningún otro, el del director de la Policía Judicial era un nombramiento que “enorgullecía” a Lozano Gracia. “Una persona de su calibre honra la institución y el país”, había dicho.
La cita era para revisar los planes de De Tavira para limpiar la institución, para profesionalizarla, se cambiarían comandantes, se atacaría la corrupción. Infiltrada por el narco, había que sacudirla.
Una llamada telefónica sustituyó la presencia del criminólogo. De Tavira estaba en un hospital de Toluca, le informaron al procurador, había ocurrido un accidente, estaba “intoxicado”.
De la procuraduría salieron las llamadas al gobierno del Estado de México para que se diera la mejor atención a De Tavira. Del Centro Médico Toluca fue trasladado al hospital ABC, conocido popularmente como el Inglés.
En pocos días, De Tavira recobró la conciencia, prometió regresar a su puesto e inmediatamente se puso a trabajar. Personalmente y desde su cama interrogó a parte de su guardia y a otros participantes sobre lo que había pasado en la madrugada del 24. Habló con Rafael Estrada Sámano, subprocurador jurídico en la PGR, y le dijo de sus sospechas. A Lozano Gracia prometió que en días estaría al frente de la judicial y que él mismo haría la investigación sobre el atentado. A su familia comunicó su certeza de que habían tratado de asesinarlo.
Su guardia seguía con él. “Quiero tenerlos cerca, es mejor así –respondía a su familia, que cuestionaba la presencia de su escolta en el hospital–; no me importan tanto ellos sino saber quién les pagó”. Pero inmediatamente después que el procurador se enteró de sus sospechas, miembros del Estado Mayor Presidencial sustituyeron a los judiciales en la custodia.
El 30 de diciembre, se le dio de alta neurológicamente, pero seguía sufriendo de una infección pulmonar por lo que había aspirado la noche del 23.
El 8 de enero, salió del hospital. Dado de alta, todo parecía normal; las investigaciones sobre el incidente se desaceleraron, nadie sabe por qué.
El 9, estaba de regreso en terapia intensiva después de una crisis, en la cual su cerebro dejó de controlar sus funciones motrices.
La resonancia magnética del cerebro efectuada el 10 mostró los primeros indicios de un síndrome tardío de una encefalopatía desmielinizante. La mielina es la sustancia que permite la buena conducción de los impulsos de las terminales nerviosas. Los siguientes siete días fueron críticos, se le tuvo que poner un marcapasos por catéter y se discutió la posibilidad de ponerle uno permanente.
Inconsciente durante días, se despertaba con reacciones emocionales violentas.
El 16, una nueva resonancia magnética confirmó el diagnóstico y azoró a los médicos. Las intoxicaciones con gas o por monóxido de carbono no causan la desmielinización tardía. O la posibilidad es menor de 3%.
Consultas fueron y vinieron. Segundas opiniones. Viajes a Estados Unidos para consultar con especialistas. Todos empezaron a coincidir: no era una intoxicación normal, ni de monóxido de carbono ni de gas butano. Gas venenoso, opinó de plano un especialista en Boston. Gas butano alterado, dijo uno de Houston. El pronóstico, reservado.
¿Dónde estaban los peritajes iniciales? ¿Dónde, los primeros análisis que podrían indicar qué es lo que había intoxicado a De Tavira?
Casi un mes después del incidente, el procurador Lozano Gracia designó al comandante Enrique Gándara Chacón como director interino de la Policía Judicial y ordenó profundizar en la investigación.
Al reiniciarse, la PGR se dio cuenta que otros también estaban averiguando por su lado, y no para revelar la verdad. La lucha se reflejó también en la prensa. Filtraciones al diario Reforma, sin fuente, afirmaban que De Tavira había intentado suicidarse. La Jornada, con base en “funcionarios”, decía que podría haber sido “una fuga de gas provocada”.
La PGR desmintió enfáticamente a Reforma, pero no dijo todo lo que ya sospechaba y tampoco que había una investigación en curso.
La guerra también comenzó en otros frentes. Según información recabada por Proceso en el Centro Médico Toluca, en la primera semana de febrero se presentaron dos agentes judiciales para conocer el expediente de De Tavira. Se les informó que necesitaban una orden judicial para que les fuera entregada. Hasta el viernes 10 no habían regresado.
Fuentes cercanas al nosocomio informaron que las pruebas para determinar qué clase de gas había provocado la intoxicación, el examen antidoping que menciona Luis de Tavira, se realizaron por un perito de la Procuraduría de Justicia del Estado, a petición expresa del hospital. Hasta el cierre de la presente edición, nadie sabía dónde están esas pruebas.
Mientras, en el hospital Inglés, se había logrado “estabilizar” a De Tavira. Desde entonces, la agonía.
Mutismo y confusión mental, los primeros síntomas permanentes. Algunos síntomas similares al mal de Parkinson. Su hija Marina dice que logra comunicarse con él a veces. Más allá de que difieran técnicamente de las causas, todos los doctores coinciden en el tratamiento: nada puede hacerse.
Alguna sustancia que haya respirado o ingerido durante su envenenamiento provocó que, poco a poco, se vaya destruyendo la mielina.
Unos especialistas dan a De Tavira meses; otros, años. Los más optimistas dicen que si su cuerpo reaccionara como el de una persona menor de 35 –cumplirá pronto 50–, tendría, aunque fueran mínimas, posibilidades de recobrar parte de lo perdido. Otros no le dan ni eso. La familia tiene fe.
Y ante la lentitud de la investigación oficial y la imposibilidad de comunicarse con el aún director de la Policía Judicial Federal, todos siguen preguntándose y especulando qué pasó la noche del 23 de diciembre y la mañana del 24.

LA NOCHE DEL CRIMEN

La clave de lo sucedido se halla en las siete horas que transcurrieron de las tres a las diez de la mañana del día 24, hora en que ingresó en el Centro Médico Toluca.
Con base en las declaraciones de su jefe de ayudantes, comandante Alberto de Jesús Castillo de la Riva; el resto de su guardia personal; su chofer; el señor César Puebla, su vecino y amigo; la enfermera que lo atendió primero, y en algunas partes lo que De Tavira mismo contó a su familia, pueden reconstruirse las circunstancias que rodearon aquella noche. Gran parte del relato corresponde a las declaraciones de Puebla y Castillo de la Riva, no sólo por ser los más importantes sino porque las mismas se contraponen en los momentos clave. El resto de la guardia coincide en la mayor parte de sus relatos y también contradice al comandante.
Habían sobrado avisos. En sus últimos días como director del centro de alta seguridad de Almoloya, a uno de sus escoltas “se le había disparado” una pistola en la casa de De Tavira. Por las circunstancias del caso, decidió retirarlo de su guardia e investigarlo.
El 16 de diciembre, a eso de las tres de la madrugada, De Tavira se levantó con náusea y dolor de cabeza. Tuvo que salir de su casa situada en la carretera México-Toluca para tomar aire. Mandó a su guardia a que revisara y se encargara de componer todas las instalaciones de gas. Todo funcionó a la perfección durante seis días.
El 23 de diciembre, Juan Pablo de Tavira comió en el restaurante Arbys del centro de la ciudad de México. Una hamburguesa, porque tenía que comprar alguna ropa y regalos de Navidad pendientes; algunos para sus hijos. En estos menesteres lo acompaño su jefe de seguridad, Castillo de la Riva.
A media tarde, la escolta los recogió en una tienda, y se dirigieron a las oficinas de la PGR para el brindis navideño, en el cual estuvo el procurador Lozano Gracia. De Tavira habló con su jefe, y confirmaron que al día siguiente se reunirían para analizar la propuesta de reforma de la Policía Judicial y la posible remoción de algunos comandantes.
De la procuraduría, De Tavira fue a Polanco, para cenar con su hermana Martha y su cuñado. Castillo de la Riva entró con él en el restaurante. Cuando el cuñado de De Tavira lo vio entrar, no hizo muy buena cara. Ya habían hablado con Juan Pablo de cómo les desagradaba Castillo de la Riva y del hecho que lo llevara a todas partes, pero entendían que así era Juan Pablo. En su casa, cuando estaba casado, la sirvienta siempre comió al mismo tiempo y en la misma mesa que el resto de la familia. “Aquí vive, entonces vive como nosotros”, decía De Tavira.
Esta vez, el cuñado ganó. Castillo de la Riva tuvo que salir.
“Después de la procuraduría, seguimos la camioneta donde iban el doctor y el comandante; se dirigieron a un restaurante en Polanco, cerca del Hard Rock Cafe, pudiendo ver que entró el doctor acompañado del comandante Castillo de la Riva en el restaurante y cómo diez o 15 minutos después salió este último, quedándose en espera” (escolta).
“Salieron a las tres y fracción de la mañana, llegaron alrededor de las tres y treinta a la casa del señor. Las indicaciones del señor eran que se vieran a las ocho y treinta de la mañana. Es necesario agregar que el señor es divorciado y como ya se había mencionado, vive solo. Llegué a la casa como a las ocho y veinte de la mañana…” (Castillo de la Riva).
“En cuanto salió el doctor De Tavira del restaurante, nos mandaron en otro automóvil por orden del comandante Castillo de la Riva, que nos fuéramos en el Cavalier; al llegar a la casa, el comandante Castillo de la Riva fue el único que entró con el doctor De Tavira; después de un rato, salió el comandante Castillo de la Riva y nos dijo que teníamos que estar pendientes” (escolta).
“… Llegando como a las tres o tres treinta a la casa del doctor y ahí el único que entró en la casa acompañando al mismo fue el comandante Castillo de la Riva, saliendo como a los quince minutos; nos dijo que estuviéramos pendientes y se retiró” (escolta).
“Le comentó Castillo de la Riva al doctor (en el coche) que ya era muy tarde, manifestando el doctor que efectivamente ya era muy tarde, por lo que al día siguiente no irían al deportivo sino directamente a la cita del procurador, que al llegar a su domicilio lo despertaran en virtud de que en el trayecto se quedó dormido, bajándose del vehículo el doctor De Tavira y el comandante Castillo de la Riva, acompañándolo al interior de la casa, permaneciendo en el interior unos cinco minutos” (escolta).
Esa noche, De Tavira se habría dormido pensando que Castillo de la Riva hacía lo mismo en otra recámara de la casa, pues le dijo que eran cinco horas de sueño las que les quedaban. Que no tenía caso que hiciera el viaje de ida y vuelta a México. Castillo de la Riva se fue.
El resto de la escolta se quedó en un anexo de la casa de De Tavira, aledaño a la de su vecino César Puebla, un criador de perros con quien había establecido gran amistad y que alguna vez lo había invitado a entrenar los perros de la prisión de Almoloya. Todos los días, De Tavira salía a correr por las mañanas con Puebla.
“El día 24 salgo como debe ser antes de la siete de la mañana a Toluca, porque yo recojo el pan que sobra de un día para dar de comer a mis perros. Como el señor De Tavira no salió, me fui a hacer lo del pan; yo tardo aproximadamente dos horas en eso…” (Puebla).
“Como a las seis y treinta de la mañana estábamos listos y como a las siete de la mañana César Puebla y su ayudante salieron. Llegando como a las ocho y media, el comandante Castillo de la Riva nos preguntó si no había salido a correr el doctor De Tavira, a lo que dijimos que no, que estábamos pendientes desde temprano; como una hora después, al no salir el doctor, el comandante Castillo de la Riva nos volvió a preguntar si estábamos seguros de que no había salido el doctor, a lo que contestamos que no” (escolta).
“… Dan las ocho y cuarenta, las ocho cuarenta y cinco y no salía. Así que él piensa que tal vez salió a correr, pregunta a los muchachos si el señor salió; el único que salió fue César Puebla, se sube a la camioneta y le marca al celular. Dan las nueve, vuelve a insistir, abre la puerta de alambre y revisa las ventanas. Se asoma por fuera y ve todo oscuro, se asoma al cuarto del señor y ve la puerta abierta. Sale la señora del señor Puebla y le comenta al comandante que si ya le habló por el celular, manifestándole que sí, pero que no contesta, pidiéndoles en ese momento las llaves de la casa del doctor y al momento llega César Puebla, le comenta a César que lo acompañe, entran en la casa y van a la recámara del señor, quien se encontraba acostado. Se encontraba boca arriba con la cabeza metida dentro de la cabecera donde están los libros, traía camisa de vestir manchada de vómito; respirando con dificultad” (Castillo de la Riva).
“Después de un rato el comandante pidió a la vecina las llaves y entró en la casa él solo, tardó como 15 minutos y salió y nos dijo que estaba dormido, ya que al parecer estaba muy cansado. Quedándose el comandante Castillo de la Riva con nosotros. Cuando llegó el vecino César, lo saludó y se metieron ambos en la casa, no tardaron y el vecino hizo el comentario que al parecer el doctor estaba mal e iba por un médico. El comandante comentó que tal vez estaba muy cansado por tanto estrés, tanta presión y la desvelada, debido a la hora en que habían llegado; el comandante Castillo de la Riva se quedó afuera con nosotros…” (escolta).
“Cuando César se introduce en su casa a dar alimento a los perros. Ya con las llaves en su poder, el comandante Castillo de la Riva entró en la casa del doctor De Tavira él solo, tardándose diez minutos y al salir le comenta a la escolta que el doctor sí está y que está profundamente dormido y que está bien y que está muy cansado por el estrés y el trabajo. Posteriormente llegó César…” (escolta).
“… Estaciono mi camioneta, me bajo corriendo y entro en la casa del doctor; Castillo de la Riva ya había entrado, al llegar Castillo de la Riva está parado a lado del doctor, del lado de la ventana. Castillo de la Riva (estaba) parado ahí y me dijo: se puso mal. Yo noto que el doctor había vuelto el estómago, estaba sucio de un lado de la camisa y el ronquido era muy feo, roncaba muy feo el doctor, se le notaba que le estaba costando trabajo respirar, después de eso le dije a Castillo de la Riva que no es que estuviera cansado, que había que hacer algo. Como vi que él no actuaba, pues salí corriendo a mi casa, estaban las escoltas y me preguntaron qué pasaba, ya no recuerdo que respondí; les dije que iba por un médico, tomé el coche de mi mujer y me lancé por un médico…” (Puebla).
“Quedando sólo el comandante con el doctor De Tavira, sale hasta la puerta diciéndole a la escolta que el doctor está dormido, les dice que se retiren a la dirección general (a México) y al chofer le ordena que vaya por un doctor, llega César con una enfermera, antes de esto le quita la camisa al doctor… (Castillo de la Riva).
“Que al llegar checó los signos vitales del doctor De Tavira y tomó la presión, la cual dio baja y tenía como 40 pulsaciones por minuto y entonces procedió a acomodarlo. Cuando empezó a responder teniendo un color normal, que no se percibía olor a gas…. notó que una cafetera estaba prendida en los momentos que atendían al doctor, que ella trataba de ubicar las razones de la inconsciencia del doctor, preguntando que si había signos y el señor Castillo de la Riva comentó que estaba cansado y agotado por las cargas de trabajo, y que cuando ella vio su estado opinó que no era de agotamiento…” (la enfermera).
“No pude conseguir un doctor, pero llamé una ambulancia; al estacionarme, veo que el comandante Castillo de la Riva está afuera y él manifiesta que no había problema, que lo que el doctor tenía era agotamiento, que por tantos días y que estaba profundamente dormido; y yo no me quedé con él, entré en la casa y el doctor ya estaba sin camisa. Lo sacudo y le digo: `doctor Juan Pablo’; lo sacudo y él no me contesta; entonces ya Castillo de la Riva estaba junto a mí, y le dije: `esto no puede ser’. Me dijo: `no, pues claro que no; está agotado’. Entonces le dije que no y salí y vi que ya venía la enfermera…. A ella le preocupó que no había reflejo en sus ojos. Mientras lo revisaba, yo abrí las ventanas, la puerta de enfrente ya estaba abierta, la había abierto Castillo de la Riva. Al percatarme que estaba el calentador prendido, lo apagué. Se me hizo raro. Abrí todas las ventanas; no recuerdo si la enfermera o Castillo de la Riva me decían que se iba a helar, y les dije que de neumonía lo curaba, que lo que yo quería era estar seguro de que respirara, que no era por el gas, que era porque…. que no olía a gas… porque la enfermera no veía signos de intoxicación. Yo trataba de que me sacara al doctor de su casa, teníamos vehículos y teníamos gente, pero no estoy seguro a qué horas fue esto. Castillo de la Riva regresa a la escolta; o sea, manda a la escolta a que hiciera su relevo acá, a México, es cuando yo regresé de buscar al médico que Castillo de la Riva me decía que no pasaba nada, que está dormido, entonces manda la escolta a México, porque cuando yo salí de la casa ya no están… Yo estaba desesperado, ya que no veía que nadie tomara alguna acción para hacer algo por él” (Puebla).
“El comandante nos ordenó regresar a la procuraduría” (escolta).
“Por último hizo el comentario que se le hacía raro la pasividad con que actuaba el comandante Castillo de la Riva, ya que se trataba de una emergencia y ella no veía que se apuraran para lograr que fuera atendido como debía el doctor De Tavira. Diciendo también que cómo es posible que ante una situación de esa naturaleza a alguien se le ocurriera en ese momento tomarse un café” (la enfermera).
“Por fin cargamos al doctor, llegamos a la ambulancia y se suben y me dice Castillo de la Riva que me subiera yo a la patrulla, para ir detrás de la ambulancia, lo cuál no hice, me subo con el doctor, sale la ambulancia, vamos hacia Toluca, nos preguntan que a dónde y Castillo de la Riva les habían indicado que fuera el mejor hospital. Nos vamos para Toluca; para esto, el doctor sin reaccionar y sin nada, después de que entramos en el corredor industrial, el doctor empieza a volver el estómago y estaba boca arriba y se empieza a… yo sentía que se ahogaba, porque tenía aquí todo el vómito, entonces le doy un codazo al camillero, ya que el iba viendo otra cosa, no se qué, y le dije que se iba a ahogar. Entonces el agarra y se empieza a poner los guantes, entonces, no puedo, yo me desesperé, yo le apreté la nariz al doctor y le quité todo lo que tenia encima de la boca, le abrí la boca y le metí el dedo para tratar de sacarle todo porque sentí que se me ahogaba… le hablé mucho, por fin abrió los ojos y como se desesperó; quiso decir algo, no se qué y bueno yo le hablé, pero volvió a caer inconsciente… Por fin llegamos al hospital.
“Al poquito rato sale el doctor y me dice que el doctor De Tavira iba en coma profundo y nos hicieron preguntas, que si había tomado, que si sabíamos si ingería droga, que qué sabíamos de él para saber por dónde buscarle, yo oí que el comandante Castillo de la Riva le dice que sí había tomado y que el señor había cenado, que había tomado tres copas, posteriormente porque se metió el médico, yo le pregunté a Castillo de la Riva: `¿de veras tomó tres copas?’, y me dijo que no, que había tomado más. Y no me dijo nada más” (Puebla).
“Ella dijo que no percibió en ningún momento aliento alcohólico” (la enfermera).
No hay ningún rastro de alcohol en los estudios médicos que se le han hecho, ni los síntomas de su enfermedad corresponden a una intoxicación alcohólica.
El comandante Alberto de Jesús Castillo de la Riva, según todos los declarantes, es quien guarda el secreto de lo que sucedió en los 15 minutos que transcurrieron desde que De Tavira entró en su casa para dormir y él salió para irse a México. Otros 15 minutos cruciales son los que el comandante pasa solo con De Tavira en la mañana, que concluyen cuando sale tomando un café e informa a la escolta que estaba “profundamente dormido”.
El primer comandante Castillo de la Riva está sin comisión, pero libre, adjunto a la dirección general interina de la Policía Judicial Federal, que hasta el 23 de diciembre encabezó Juan Pablo de Tavira, quien ahora yace en la unidad de terapia intensiva del hospital ABC.