Acosada por un público que responde como Perro de Pavlov a la estrategia publicitaria que genera ansiedad por ver los más “escandalosos” estrenos de erothriller, la más reciente película de Barry Levinson –después de la desangelada y ostentosa Juguetes– es una astuta propaganda misógina que hasta las mujeres disfrutan.
No es necesario abundar en los resortes que componen la taquillerísima maquinaria que encontró el justo medio entre el puritanismo moral y la evidencia del escándalo. Michael Douglas vuelve a ser la víctima inocente de la pasión ninfomaniaca de una bella mujer, a la que no le interesa destruir la paz beatífica de la familia perfecta con tal de saciar sus instintos en el pobre señor que sólo tuvo un momentito de debilidad.
El miedo a las vaginas carnívoras de Pink Floyd se ha convertido ya en un tema de consumo recurrente del cine hollywoodense, pero ubicado lastimosamente en el campo inútil de la moral puritana.
Basada en un libro de Michael Chrichton –autor de Parque Jurásico y director de Coma, Westland y Trampa para un asesino–, y adaptada por Paul Attanasio, la historia de Acoso sexual necesita solamente una semana para presentar un caso de excepción como una prueba casi testimonial de lo sucias que pueden ser las mujeres para obtener y sostener el poder.
Sin embargo, ni la efectividad de los trucos apantallantes de Levinson, la ambientación de una oficina ultramoderna donde la realidad virtual ocupa ya un espacio inverosímilmente dramático, el ritmo sostenido a tempo de respiración, la fotografía perfecta de Tony Pierce-Roberts y la presencia de personajes como Donald Sutherland y Caroline Goodall. Ni los gags y chismes de micropoder que hay en todas las oficinas logran disimular las trampas del discurso.
Hombres y mujeres desean en algún momento de su vida ser víctimas del acoso sexual. Muchísimo más los hombres, y más cuando el acosador tiene las piernas y el busto de Demi Moore. Y además, contar con una esposa comprensiva y una abogada amiga que los saque del problema. Sin embargo, quién sabe cuántos fantasean por estar al paso de 20 albañiles que gritan desde el anonimato o por caer en el desempleo en lugar de en los brazos del jefe, o tener que denunciar en los hospitales a hombres de bata blanca que abusan de las pacientes inconscientes. No basta con invertir los papeles, con poner a una abogada que “quiere saber detalles” interrogando al sonrojado objeto sexual, ni con poner a la “abusadora” como una ejecutiva de primer nivel al mando de una oficina, que se divierte con sus hombres de juguete.
Los tramposos recovecos de la misoginia suelen disfrazarse de ovejas. Pero como siempre, debajo se le salen las orejotas peludas.








