El teatro de cabaret florece en época de crisis.
Nunca como ahora es oportuno el teatro de cabaret. Cambio de sexenio, devaluación, privatización de las últimas empresas paraestatales, problemas económicos, fraudes electorales, pactos políticos, guerrilla, préstamos de Estados Unidos, el Tratado de Libre Comercio congelado son temas y campo propicio para que florezca este género.
En múltiples foros de la ciudad de México se hace teatro de cabaret. En el Hábito de Jesusa, en el Unicornio de Germán Dehesa, en el Guau de Julián Pastor, en la Casa de los Comediantes, en El hijo del Cuervo de Alejandro Aura, y en el Koko Tao Grill de Plateros.
Hay toda una generación de actores que se han formado en estos espacios; pero eso no quiere decir que estos actores cabareteros no puedan pasar a un teatro común ni que los teatreros no puedan incursionar en el género de cabaret. Sólo que para brincar de un lado a otro hay que reconocer las reglas y al público de cada espacio.
Los espectadores que no van regularmente al teatro, sí se acercan al teatro de cabaret para beber, reír y gozar la crítica social, porque ahí hay escarnio del poder público y económico, burla de las figuras famosas y crítica de las conductas de ciertos sectores sociales.
El teatro de cabaret es ligero, con ritmo ágil, es festivo, en tono alto, cáustico, irónico y provocador de carcajadas. Puede ser profundamente crítico, pero no denso, terriblemente corrosivo, pero no aburrido, porque es un acto de fiesta y de desahogo.
Esta clase de teatro comenta los sucesos cotidianos, desnuda mecanismos de poder, provoca la reflexión a través de la risa, la música, el baile, el sketch y, en nuestro país, el albur. No requiere de grandes argumentos, complicadas tramas o anécdotas originales, porque cualquier idea, noticia, situación, es punto de partida para la sátira social.
Los actores de cabaret son comediante ágiles, oportunos, con sentido de humor y siguen un guión, pero a veces improvisan y cambian sus rutinas, cuando el público no los sigue; provocan al espectador, dialogan con él y éste reacciona con risas, gritos, silbidos o aplausos.
El Foro Shakespeare ha sido transformado en cabaret para albergar la puesta en escena de El hijo de Sushi, tercera obra del joven dramaturgo Armando Saldaña. Y para el montaje ha sido llamada Martha Luna, directora que estudió el género de cabaret en Checoslovaquia y a quien, desde el inicio de su carrera, le ha gustado apoyar con su talento, la vocación de nuevos dramaturgos.
Con una eficaz campaña de difusión, el público ha estado llegando a este foro de la colonia Condesa, atraído por el ingenioso título y por el tema, la inversión extranjera en México, vista a través de un cabaret mexicano que es comprado por japoneses.
El argumento es original, la idea es buena, la intención es loable, el espacio es atractivo y los personajes son acertadísimos, sólo que algunas de las constantes del teatro de cabaret no aparecen en El hijo de Sushi. Hay un miscast en dos de los actores principales, Luis Cárdenas y Rafael Cortés, muy buenos actores del teatro universitario, pero están fuera de tono, humor y ritmo en cabaret. No así sus compañeros Guadalupe Quintal, Carlos Cobos (excelente) y Jesús Nieves con menos trayectoria, pero que tienen facha, estilo y humor de cabaret.
El ritmo de la puesta en escena es lento y a veces mata la comicidad. Ciertos textos, largos y expositivos, anulan la acción dramática. Algunos chistes no funcionan y provocan desconcierto y hasta enojo en el espectador, como este chiste abstracto: “¿quiénes serían las tres brujas de Macbeth? Heraclio Zepeda, Serra Puche y la mujer del año” (perdónalos, Laco, no saben lo que hacen ni quién eres).
Si un texto es largo, hay que cortarlo, si un chiste es malo hay que sustituirlo, si el ritmo es de pieza, hay que volverlo de comedia.
El espíritu festivo y corrosivo del cabaret tiene que llegar a este teatro convertido en esta temporada en cabaret, para que este espectáculo no sólo parezca teatro de cabaret sino que lo sea realmente.








