Tiempo de regocijo para la música mexicana: en este 1995 Luis Sandi cumple 90 años.
Personaje medular para el ejercicio del arte sonoro de este país en la etapa adulta de su desarrollo, quien ha desempeñado en forma fructuosa una serie múltiple de tareas con tanto acierto como riqueza. Sus trabajos lo han llevado a componer, dirigir y enseñar. Sandi ha escrito acerca de la música con sencillez ejemplar y un saber evidente, contribuyendo, en ocasiones, a la polémica y el debate de modo estimulante. Ha sido administrador, dirigido instituciones musicales lo mismo que grupos artísticos, alentado vocaciones en forma por igual amorosa e inteligente. Difusor ejemplar, infatigable, cuyas promociones han tenido resultados excelentes. Asimismo ha llevado a cabo un amplio número de actividades destinadas a vigorizar la vida musical mexicana –de nuevo– con pasión y lucidez manifiestas.
El inventario podría continuar hasta cubrir por entero la extensión de este texto, pero se opta aquí por señalar claridad, concisión y economía como atributos distintivos de la música compuesta por Luis Sandi, en una rica diversidad de géneros y propósitos. Ha abarcado en su amplia trayectoria, con éxito idéntico, tanto una transcripción coral destinada a usos escolares, como la ambiciosa fusión de teatro y música en la ópera.
Así, la danza, la música de cámara, la escritura vocal que auspicia el maridaje entre poesía y sonidos musicales, la literatura sinfónica, partituras concertantes, otras nacidas para integrarse a manera de escenografía sonora a un trayecto de teatro verbal, así como algunas de índole claramente cívico, han sabido de su acción fecunda, bienhechora.
Al haber fundado y dirigido Luis Sandi el Coro de Madrigalistas –institución modelo en su tipo–, éste alcanzó bajo su guía un período de esplendor patente, así como auspició la aportación continua de partituras suyas para este tipo de conjuntos vocales.
Vale la pena subrayar, asimismo, la fluida elegancia melódica de su música para guitarra, la cohesión íntima y versatilidad expresiva en su tratamiento de los grupos de cámara como en el caso del Cuarteto de cuerda (1950), el Trío (1978) o la orquesta pequeña en la Sinfonía Mínima (1977-78).
López Velarde, Tablada, Lorca, Tu-Fú, Tagore, Nervo, Novo, Pellicer están entre sus poetas: como punto de partida han estimulado la expresividad de Sandi, quien aporta a los textos otra manera de ser, con la amorosa aplicación de un miniaturista en el medievo.
A su vez, Hécuba, Casandra o Andrómaca son evocadas en la obra maestra de Sandi: Las troyanas (1939-45) para coro y pequeño conjunto instrumental. Valga la autocita: “la desolada plenitud de sus contornos melódicos… las texturas punzantes… insisten en manifestar tensiones, crear colores ásperos y, sin embargo, delicados. La tragedia se manifiesta… por medio de una concreción incisiva, que compacta su cosmogonía en una obra de apenas diez minutos”.
Para celebrar a Luis Sandi, hombre generoso y sabio, en su cumpleaños 90 se recurre aquí a las palabras de Alfonso Reyes cuando, al referirse a Ortega y Gassset, escribe: “… se hizo director de la juventud, señaló remedios a la política y orientaciones al arte; inquietó las almas nuevas: fue el Inquietador, mucho más que el Espectador, como él gusta de llamarse ahora”.








