Las pinturas de Octavio Moctezuma (1957, ciudad de México) expuestas desde el 27 de enero en Zona-Espacio de Artistas fueron concebidas como un discurso visual de sentido ético y estético en torno de los espacios construidos. La casa, el edificio, el patio, el laberinto, los muros y las ventanas son presentados poéticamente como contenedores de lo humano. El título –La última parte de la noche y otros laberintos– sirve de brújula para orientar al observador en un discurso hecho con planos, atmósferas y figuras, para referirse al amor y sus desencantos en medio de objetos creados por una civilización urbana: el monumento, la columna, el vaso.
El laberinto como última parte de la noche nos remite a un insomnio o duermevela, cuando la realidad se desdibuja prendida dolorosamente a ciertas obsesiones causantes del desvelo.
El laberinto mental se hace perceptible en las imágenes de Octavio Moctezuma, compuestas en su mayoría de manera romboidal respecto del rectángulo o el cuadrado que las encierra. En consecuencia, las líneas predominantes son las diagonales y por ello el plano queda saturado de perspectivas inestables que expresan tiempo. Las imágenes no son estáticas, están sucediendo.
Hay sutiles referencias al laberinto mítico construido por Dédalo, padre de Icaro y de una raza de artistas: la columna resistente que seguramente tuvo su origen en el vaso esbelto, la nube rumorosa que esparce la fecundidad, el árbol fructífero (palma, olivo, maguey o nopal para mexicanizarse) y, lo más importante, los muros distribuidos para formar intrincados pasillos. Las torres de apartamentos son para Octavio Moctezuma los laberintos de nuestros días. De su esqueleto estructural emerge un personaje femenino, una presencia idealizada o anhelada de amor.
Los nombres de los cuadros son piezas del rompecabezas poético: Anagrama, Utopía, Máscaras, Orígenes, Memoria, Pretérito, La presa, Laberintos, Guerra, Fractura, Tánatos. No es una poesía plástica estridente; los colores hacen poco ruido visual; las vibraciones de amarillos, negros, verdes, grises, blancos, azules, ocres, marrones y rojos de sangre coagulada han sido apagadas.
Entre 1977 y 1980 Octavio Moctezuma tomó clases de pintura y grabado con Vlady. En anteriores entregas pudieron notarse huellas estilísticas de aquel aprendizaje. Ahora se ve la influencia de Vlady en la eficacia para atacar la placa de metal procesada para la estampación, y se ve también en la predisposición metafórica que rechaza simplezas y prefiere configurar temas de manera más profunda y preferiblemente enigmática, sin hacer a un lado la experimentación con los materiales.
Los dos pequeños grabados colgados a la entrada de Zona (Puerco y Chango) son los únicos que preservan su autonomía. Muchos más han sido utilizados como collages insertos en la materia pictórica para resonar como acentos dibujísticos, como islas gráficas entre la turbulencia de la pasta coloreada.
Otra técnica practicada por su antiguo maestro es retomada ahora por Moctezuma: la pintura al fresco. Son ejercicios en pequeño formato (40 x 40 o 40 x 30 centímetros) bocetos muchos de ellos para cuadros mayores. En las telas grandes (190 x 190 ó 190 x 280 centímetros) Moctezuma gesticula con soltura, elabora con fuerza, con una estrategia que evalúa equitativamente toda la superficie.
El único cuadro al fresco en otro tamaño es Autorretrato (80 x 60 centímetros). Esta pieza permitió al artista confesar sus exploraciones en torno del cubismo y el constructivismo purista. Se representa a sí mismo como un busto de yeso, con un ojo en círculo y otro en triángulo. El busto está situado entre casas, o sea, entre planos interseccionados. Se subrayan los ángulos y la estructura, se pone a prueba la posibilidad de mostrar al sujeto con preocupaciones psicológicas y estéticas, dentro de un espacio heterogéneo. La caja-casa opera como forma y como componente simbólico, aunque el deslizamiento hacia lo subjetivo se da con más frialdad que en otras pinturas.
En varias composiciones se repite el elemento vaso y también un monumento de un hombre a caballo sobre el correspondiente pedestal. Quizá por juegos de la memoria este monumento nos remite a las plazas de la pintura metafísica, constituyéndose en una prueba más de la seducción que las vanguardias históricas (o heroicas, como las han calificado algunos teóricos) están ejerciendo en este complejo y sobresaliente pintor mexicano.








