A los 32 años, el compositor yucateco Armando Manzanero se hallaba en la cúspide artística que tanto había soñado desde pequeño en su natal Mérida, cuando frente a la catedral de Cali, en Colombia, sintió la presencia de su vieja compañera: la soledad. Dice que su falta de preparación como vocalista era intrascendente, pues poseía todo lo que un compositor anhela: “estaba de moda”.
Sin embargo, fue esa soledad (“una soledad positiva, no de amargura”) la que lo condujo a escribir las 200 páginas de recuerdos infantiles y de adolescencia que esta semana ven primera luz en Editorial Planeta bajo el título Con la música por dentro, sabroso libro de 14 capítulos con multitud de anécdotas quemantes de su niñez, contadas al estilo desparpajado de este hombre tropical, lenguaje pletórico de mayismos altisonantes en estilo inspirado por la narración cinematográfica (“soy un loco por el cine”).
“Por soledad comencé a escribir. Las veces que empecé a grabar mis capítulos para pasarlos en caset y después hacerlos escribir también estaba yo solo en una casa tan inmensa que tenía yo, de eso que contestaban: `déjeme ver si está’. Por soledad, pues además mi matrimonio estaba mal, era de conveniencia mutua, con la señora en casa esperando que yo llevara dólares de Colombia para vivir mejor, al grado que decía por teléfono: `hay que ver que Armando se vaya de gira para platicar a gusto’.”
A través de las memorias desfilan personajes imborrables y situaciones chuscas que marcaron la aventura de vida; se bosquejan los amores primerizos y las desavenencias con su padre, que culminan con su llegada al Distrito Federal, donde conocerá la fama.
“Ahí estaba en Cali y me pregunté: `¿qué pasa, por qué tanta soledad? –rememora el creador de Somos novios ante Proceso–’. Y es que fui un tipo muy solo desde niño. Me gustaría que alguien se interesara por hacer una película de esta parte de mi vida porque la parte de éxito, la del artista que ha cantado en tal lugar y tuvo tantos hijos, toda esa historia está muy trillada; es importante, pero la de veras importante es la de antes del éxito.”
Manzanero no lo dice, pero las ventas totales de Con la música por dentro irán para ayuda de niños y ancianos en una fundación religiosa de la península yucateca. Así es su discreta manera de dar una suerte de diezmo, humanidad que le viene de una educación católica (“soy horrorosamente mocho, siempre voy a misa, incluso de gira”), para lo que considera “lo más desproveyendo de la población: los niños y los ancianos no tienen con qué defenderse”. Su biografía representa, con la de Chava Flores, Relatos de mi barrio (Decae, 1988), de lo mejor autobiográfico escrito por dos protagonistas de la canción popular mexicana.
HIJO BRAVO DE TROVADOR
Con la música por dentro (“el título refleja lo que soy”) transcurre por capítulos centrados en personajes de familia, allegados y amigos que recuerda Manzanero “el neorromántico”, “el triunfador”; mas quien de verdad observa es Manzanero niño, conocido por la esquina merideña de su hogar en La Villa Hermosa como Chan-pil (“pequeño Felipe”, del patronímico de su abuelo), Chan Manza, Dito (diminutivo de Armandito) o Negro (“a veces me llamaban Chel, que significa güero, pero ¿cuál?”).
Las historias envuelven, por los diálogos sazonados como con chile habanero (“quiero hacer otro libro con los platillos que aprendí a cocinar en las ocho veces que he dado la vuelta al mundo”); conmueven, por la poesía que desliza libremente (“mi amada muchacha” llama a la ciudad de México) y los punzantes comentarios (“para los norteamericanos América es Estados Unidos y el inglés, el único idioma que cuenta”).
La capacidad auditiva de Manzanero hace que reconozca el carácter de las personas por su entonación (“los más desafinados y descuadrados son los que más aman la música”), y con facilidad describe los colores del paisaje (“traje blanco huaya”), así como los aromas. Su gusto por el cine hace que maneje sus relatos de manera redonda, con suspenso florido; pero si sus canciones Adoro y Mía son miel dedicada a la mujer, las picardías abundan en el texto.
–¿No teme perder admiradores por su lenguaje tan fuerte?
–No creo. Pienso que todas las personas deben recordar la época en que se criaron. Me crié en un barrio de ésos, vengo de una ascendencia terriblemente modesta y humilde, era muy lógico que tuviera ese lenguaje y esa manera de ser. Como cuando llegué a México empecé a ponerme de la moda lo que acomoda y me junté con gente muy valiosa como Chucho Zarzosa, porque dicen que quien a buen árbol se arrima buena sombra lo cobija. Es el mérito que tengo como la persona que llegué a ser, el camaleón que pudo saltar y se adaptó. Pero cuando voy a Mérida vuelvo a ser igual.
Manzanero reconoce que no agotó los recuerdos de la figura autoritaria paterna.
“Empiezo a trabajar cuando tengo 12 años para ayudarme en mis estudios y cuando tengo 15, ya debo dedicarme a trabajar de lleno para ayudar en la casa y tener mi propio sustento además de mi familia. Entonces, se me olvida lo que es tener que estar en una reunión de jóvenes de mi edad, poder ir a un baile, disfrutar Navidad o quedarme en Año Nuevo en mi casa. Como digo en mi libro, pronto me pusieron cargas sobre el hombro; más bien, dejé que me pusieran muchas cosas en el hombro. Llegó un momento en que ya no era que el hijo correcto y considerado ayudara a su familia sino que era una obligación.”
Tuvo que arrastrar ese peso. Contrario a la educación escolar tradicional, en el capítulo “Vamos al mar” huye con sus amigos para conocer “al hermano mayor, el mar.
“Llegó un momento en que si decía a mi papá `déjame ir a tal lugar’ y no me permitía, sin su permiso me iba. De todos modos me iban a madrear (suelta la carcajada) ¡pues que me divirtiera yo antes! Era exageradamente fuerte mi papá para pegarme en sus castigos. Quizás era necesario un poquito de energía conmigo, ya que hasta la fecha soy un poco bravo, a mis 60 años.”
Manzanero se retrata en la biografía, por comparación con su madre: “siempre he sido violento y ella, explosiva; yo neurasténico y ella, brava”. De elemento fuego en su signo astrológico, el relato ahonda el conflicto con el padre en el capítulo “Santiago”, donde ofrece otra mirada interior: “mi temperamento era el de un guerrillero con el hambre atrasada. Si había que asaltar una huerta, bien podía ser yo el cabecilla. Había en mí ese coraje y esa travesura que dan los barrios alejados de las ciudades, donde las guerras a pedradas son el pan de cada día” (página 178). Agrega el compositor de Esta tarde vi llover y Eddy Eddy:
“Ya me he calmado un poco porque me doy cuenta que no me ha dado buenos resultados; mis violencias me han costado grandes penas, grandes disgustos. Pienso un poquito más las cosas, pero en realidad mi temperamento así es. Pero por supuesto que me le rebelaba a mi padre; cuando quería poner un aire acondicionado en mi cuarto en Mérida, me dijo: `cuando tengas tu casa, haces con ella lo que quieras, pero aquí no me pones nada’. Entonces dije: `¡perfecto!’. Agarré mis cosas y me fui.”
Su padre lo desvalorizaba al compararlo con su medio hermano mayor Hernán (“que no era medio sino doble hermano”), y cuando el futuro artista le manifestó su deseo de ser músico, su padre estalló en ira: “se puso furioso, no le pareció la idea. En ese entonces yo estudiaba piano y él llegó al grado de vender el piano en donde yo estudiaba para que no realizara mis deseos” (página 170).
“El otro era muy buen estudiante, muy limpio, muy correcto. Yo no, pues era un rebelde, un vagabundo, me gustaba mucho que me pegara mi papá, disfrutaba el que viera que no me hacía daño. Y sí, me dolía. Pero si no hubiera sido rebelde, tal vez no hubiera llegado hasta donde llegué. Dejo fuera de la biografía lo brutal que era mi padre para tratar a mi mamá, la vergüenza que a mí… llegó un momento en que le tuve rencor a mi mamá porque le permitía a un señor que la maltratara en la forma en que lo hacía. Dejo muy fuera las cosas realmente amargas que mi papá nos hizo vivir y también las cosas lacerantes, porque uno debe recordar las positivas. Es triste y uno no debería decirlo porque está exponiéndose a que pase por un mal ciudadano, pero tengo pocas cosas buenas que recordar de mi padre. Sin embargo, lo pongo como un tipo enérgico. Mi padre me compra un piano cuando cumplo 12 años, le cuesta 800 pesos y es el que me vende cuando se da cuenta que yo quería ser músico.”
Y “la parte más dolorosa” que omitió:
“Es cuando me manda a vender naranjas a la puerta de una fábrica, es cuando ya (se traba)… es cuando no pensamos, igual mi pobre padre siempre pensó las cosas en pequeño. Quería que fuera comerciante, contador; todo, menos músico. Pero también tenía su explicación: él la pasó muy mal como músico siendo un gran cantante y un día se enferma de la garganta. Eso fue la parte más crítica de la vida nuestra. ¿Cómo cantaba? ¿Cómo salía a cantar? Mi mamá, pobre; mi Chi Chi (abuela) pobre; mi tía Juanita, la sola hermana de mi papá, pobre.”
En Música de México de diciembre de 1971, revista dirigida por Vicente Garrido, se consigna la fecha del nacimiento de Manzanero como el 7 de febrero de 1935.
“Así está para mis asuntos legales, porque así estoy asentado en el registro civil. Se conoce que nací el 7 de diciembre de 1934; pasó todo un año y mi padre no me registró porque el tipo no quería casarse con mi mamá o porque, sencillamente, no quería darme el nombre, ya tenía un hijo (Hernán) por otro lado. Cuando decide juntarse o casarse con mi mamá, el tiempo ya había transcurrido y había que pagar una multa. Mi papá era terriblemente duro para el dinero.”
AUTOBIOGRAFIA TROPICAL
Del sinsabor, Manzanero viaja al reverso brillante de la moneda:
“Además con una cosa muy incongruente, que en la calle mi padre era simpatiquísimo. ¡Puta..! (estalla) Todavía es el momento que me dicen: `su papá me dio clase, qué tipo más lindo’, ¡… y en la casa era un hijo de la chingada marca diablo!”
Se levanta y representa con mímica a Manzanero padre:
“¡Hombre!, un día llega con sus pantalones enrollados para que no le hicieran las bastas, sus zapatos con una medida más grande, su sombrero y su dueto, llega a la vaquería y le dice una señora que ya traía un trago: `¡Don Santiago…! Manzanero, ¿verdad? ¡cáaanteme una canción de usted, don Santiago!’. Y mi papá: `mire señora, no tengo canciones, soy trovador y por mis años, se da cuenta de que he cantado con Guty Cárdenas y Ricardo Palmerín’. Al rato la misma señora, con más tragos, lo mismo y mi papá igual: `señora, recuerda usted que le dije…’. A la tercera vez que le pidió esta señora, ya con más tragos, que cantara algo suyo, mi papá: `¡señora, no soy compositor, pero hago compositores, así que ya sabe!’. Era todo un personaje, me quedo corto ante mi papá, tendría que escribir un libro completo.”
–¿De qué más escribiría?
–Son tantas las cosas que tengo que conversar que si me funciona bien y es costeable a la editorial, voy a contar la manera de cómo comienzo a introducirme en un medio tan difícil como es la composición y la música, como todos los medios, pero lo más interesante: hablaré de las malas políticas que existen en todo ese negocio, las desilusiones que puede tener el artista, la fuerza que debe poseer para embestir en lo que hay en contra.
Profundiza:
“Hoy vivimos un tiempo en que todos los mexicanos debemos tener toda la fuerza del mundo para olvidarnos del momento tan crítico que nos están haciendo vivir. Porque nuestro destino no es vivir en crisis, sobre todo porque nuestro país es tan inmenso, tan grande y tan hermoso. Nos lo construyen en esa forma crítica. Pero hemos tenido momentos iguales y hemos salido avante. La fuerza nuestra es la única. Entonces, tengo mucho qué contar, sobre todo del mundo, porque no soy una latita de gas que nomás va de gira y vive en el hotel de primera clase sino que sé viajar en el metro y convivir, porque al fin y al cabo vengo de esa gente humilde. Quiero escribir con toda mi alma y dejar este ambiente que a veces me llena de decepción, al mismo porcentaje que me llena de satisfacción.”
–¿Quiénes han construido así el país, los malos políticos?
Responde con su ágil acento peninsular:
–Mire, mire, no voy a meterme con los políticos porque es un medio que no conozco, quizá me lo malenseñó mi papá en Mérida, recuerdo que me decía: “no me llevo con fulano de tal porque es muy político”. El político que sabe decir no no es político. Me encanta oírlos, son excelentes oradores. Voy sólo a poner un ejemplo y de ahí puede partir cada quien y tomar el criterio que quiera. Nosotros en la Sociedad de Autores y Compositores, con todo y las crisis que hemos tenido, y que hay muchos señores que todavía se resisten a pagar los derechos de autor, tenemos dividendos y nos va bien, pues tenemos buena administración.








