Hacia un país distinto

Cincuenta días de crisis económica han dejado saldos en la conciencia colectiva que tardaremos mucho tiempo en comprender. La sacudida financiera ha tenido repercusiones psicológicas y culturales que han alterado profundamente nuestra cultura política; las relaciones entre gobierno y sociedad ya no son las mismas, aunque aún sea difícil definir sus transformaciones.
En la historia reciente del país ha habido períodos particularmente densos, en los que se modifican las percepciones, sentimientos, actitudes y expectativas que fundamentan la convivencia nacional; períodos así fueron los meses críticos de 1968 y, en forma creciente, lo han sido también los finales de los últimos sexenios, los primeros días de 1994 y las semanas que precedieron al 21 de agosto. Tal es este tiempo presente; parece que a saltos y sacudidas avanza la conciencia colectiva hacia un nuevo sistema de gobierno y un nuevo proyecto nacional.
Dos son los planos en que importaría analizar este fenómeno: uno, más inmediato, referido al sistema político; otro, más profundo, en que se cuestiona el modelo de desarrollo.
Los cambios en el sistema político provocados por la debacle financiera han sido ya muy comentados: la indignación, la protesta ante el engaño, el reclamo de juicio a los responsables han provocado en muchos sectores no sólo la pérdida de confianza en quienes nos gobiernan sino cuestionamientos acerca de las condiciones en que se ejerce el poder y de las características de nuestras instituciones políticas. No sabemos cómo estas reacciones de muchos ciudadanos se traduzcan en juicios selectivos, consensos o alianzas; cómo fortalezcan a los organismos de la sociedad civil ni cómo puedan incidir en los resultados electorales futuros; pero son esas reacciones, difusas y anónimas, las que en el fondo harán posibles los avances de la democracia formal: la reforma del Estado, la reducción del poder presidencial, la separación del PRI del gobierno o el respeto efectivo al sufragio.
Por difícil que sea cuantificar estos avances de la cultura política es evidente que los acontecimientos de las últimas semanas han politizado a sectores antes indolentes o conformistas y van trastocando los comportamientos políticos tradicionales.
En el otro plano, el del cuestionamiento del modelo neoliberal, los avances son también notorios. La comprobación del carácter estructural de la crisis, el mayor conocimiento de los efectos sociales de las políticas salinistas y la exhibición de nuestra creciente dependencia del exterior por las circunstancias humillantes del “rescate” de William Clinton, han llevado a muchos a cuestionar una “modernización” que no corresponde a las características y posibilidades del país, agrava nuestros problemas y amenaza nuestra soberanía. Ciertamente el equipo gobernante persiste en continuar las políticas neoliberales, minimiza los descalabros y oculta las ataduras de los préstamos recibidos; esto sólo ahonda la brecha entre el gobierno y los sectores crecientes que exigen revisar a fondo la política económica y redefinir el estilo de desarrollo, dentro de los márgenes que aún tenemos.
Se reabre así el debate, nunca enteramente clausurado, sobre el rumbo viable y deseable del país, debate que en otras épocas invocaba interpretaciones opuestas de la Revolución y hoy se plantea en los términos menos retóricos de las necesidades internas y las presiones externas, ambas prosaicamente perentorias.
En el fondo de estos debates sobre la identidad y el destino viable del país ha estado siempre un dilema fundamental entre algunos valores humanos que se considera importante salvaguardar y las exigencias del capital. Este dilema se discutió vivamente hace 20 años, a nivel internacional, antes de que el resurgimiento del liberalismo económico lo resolviera pragmáticamente en favor del capital. Recuérdese aquel Informe de la Fundación Dag Hammarskjöld Qué hacer: otro desarrollo (1975), que, en el contexto de la polarización Norte-Sur y de “los límites del crecimiento”, puso a discusión los temas de la energía, la ecología, el crecimiento demográfico, la alimentación y los patrones de consumo, y convocó a diseñar un desarrollo alternativo, orientado a la satisfacción de las necesidades básicas, equitativo y autodependiente, y respetuoso de valores humanos generalmente aceptados. Hoy los temas son otros –la globalización, el mercado, la privatización y la necesidad de competir– pero el dilema de fondo sigue siendo el mismo: la búsqueda de una economía al servicio del hombre o su subordinación a la racionalidad devastadora del capital.
A nivel nacional este debate se ha reabierto. La reciente crisis ha dejado, en muchos, el saldo amargo del desencanto, en otros el descubrimiento conformante de los valores del México profundo, y en otros el reencuentro con las energías insustituibles de las utopías. Otros han descubierto que la calidad de la vida no consiste en disponer de más shopping malls llenos de cosas inútiles sino en construir una sociedad abierta, incluyente y generosa, en la que todos podamos vivir con suficiencia y dignidad; y para otros, finalmente, la crisis va siendo acicate para intensificar su participación en los asuntos públicos.
Estos cambios en la conciencia colectiva son quizás, por demasiado cercanos, apenas perceptibles; no figurarán en los futuros libros de historia, pero es en estas transformaciones silenciosas de las personas donde está germinando un país distinto.