Paquete de rescate

El martes 31, el presidente Bill Clinton, frente a las reticencias del Congreso para la aprobación del paquete de garantías hasta por 40,000 millones de dólares, anunció una trascendente decisión: “antes de hacer frente a mayores retrasos, me reuní esta mañana con los dirigentes del Congreso y les dije que voy a actuar apelando a mi autoridad ejecutiva”. Y añadió: “no podemos seguir esperando. La situación de México sigue empeorando, pero los dirigentes del Congreso me informaron que aunque ellos pensaban que el Poder Legislativo actuaría, o al menos que podría actuar, eso no sería pronto y entonces no sería hecho a tiempo. Dado que el Congreso no puede actuar ahora, yo trabajé con otros países para preparar una nueva propuesta”.
El presidente Clinton acudió al Fondo de Estabilización Cambiaria de la Tesorería y de la Reserva Federal, al Fondo Monetario Internacional, al Banco Internacional de Pagos, a instituciones multilaterales y armó para México un paquete de rescate financiero que asciende a poco más de 50,000 millones de dólares.
El mismo martes, el presidente Ernesto Zedillo dirigió un mensaje a la nación. Conviene destacar los puntos relevantes: “quiero expresar nuestro más sincero reconocimiento al señor William Clinton, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, por la solidaridad y por el absoluto respeto que ha demostrado por el pueblo y el gobierno de México. Asumió desde el primer momento una actitud solidaria, comprometida y responsable. Es importante subrayar que la utilización de estas líneas de crédito no supondrán el aumento del endeudamiento del país sino que, en su caso, serían utilizadas para transformar lo que es hoy una deuda de corto plazo y de alto costo, por deuda de largo plazo y a un costo menor para nuestro país. Se trata de operaciones financieras que de ninguna manera ponen en riesgo la soberanía del país”.
Según informó el Banco de México el miércoles 1, las reservas en la víspera del anuncio de Clinton habían descendido a 3,483 millones de dólares, monto que, según voces informadas y serias, ponía a México en la antesala de la moratoria y que pudo llevarnos a una situación de muy difícil rescate y superación. Se afirma también que los presagios inmediatos se perfilaban más negros y peligrosos que en la cresta de la crisis desatada en 1982, el ocaso del sexenio del presidente López Portillo.
Frente a la tempestad conviene subrayar la frase del presidente Zedillo: “nuestro más sincero reconocimiento al señor Clinton por su actitud solidaria, comprometida y responsable”. Más allá de la defensa a ultranza de la soberanía, tan cargada de viejos rencores, desplantes excesivos o mitologías ideológicas, es de hombres de bien reconocer la puntualidad y la eficacia en la construcción del paquete de rescate, y desear que el gesto de buena voluntad contribuya al fortalecimiento de la objetividad y justicia en la relación con el vecino poderoso. Cal y arena, luz y sombra, como ingredientes en la búsqueda del consenso y la reconciliación.
Nutridos en el optimismo, podemos afirmar que el contenido del paquete de rescate, enciende esperanzadoras luces en el túnel, atempera la virulencia del huracán, deja espacios para el respiro y abre caminos para transitar de los escombros hacia la reconstrucción.
Quedan verdades a medias que provocan desconcierto y desazón. La verdad exige transparencia para disipar dudas, clarificar conceptos y fortalecer la confianza recíproca entre el gobernante y el gobernado. Veinticinco años de mentiras han envenenado la relación y dinamitado la fe del pueblo frente a los gobernantes que han hecho del engaño herramienta para que el culto soberbio, vanidoso, excesivo a la imagen personal prevalezca sobre la información veraz y oportuna, real y sin maquillajes del estado que guardan los asuntos de la nación.
Durante todos estos días, –encrespados– los voceros del gobierno han insistido en que los préstamos convenidos no incrementan el monto de la deuda. Frente a estas afirmaciones tranquilizadoras, se han multiplicado preguntas sensatas y honradas que han quedado sin respuesta cabal. Se afirma que el monto de los Tesobonos en manos de particulares, mayoritariamente extranjeros, asciende en cifra cerrada a 27,000 millones de dólares, que el endeudamiento se aplicará a “transformar lo que hoy es deuda de corto plazo y de alto costo por deuda de largo plazo y a un costo menor”. Se afirma, además, que el paquete de endeudamiento externo asciende a 54,000 millones de dólares. Queda entonces una diferencia de 27,000 millones que aparentemente incrementarán la deuda externa y que contradicen las afirmaciones oficiales. Hay otros datos que dan a las dudas virulencia y amargor. Las consecuencias de transferir deuda interna, Tesobonos, a deuda externa no han sido debidamente explicadas en sus riesgos y en sus costos. Tampoco se han dado explicaciones confiables sobre el incremento de los intereses procedentes de la nueva deuda externa en relación con los que hasta hoy se pagan, al producto interno bruto, a los montos que en su tiempo se nos dijo que eran asfixiantes, a las mejoras alcanzadas durante los esplendores del liberalismo social y a la situación real, de aquí y de ahora, que permita a los mexicanos identificar con claridad y transparencia costos y cargas que el pueblo, y sólo el pueblo, tendrán que cubrir. Los emperadores de papel y utilería se van, los mexicanos permanecemos, con los pies firmes sobre el suelo sagrado, herederos del destino, hasta hoy negro, y pesado, hasta hoy, también, destinatarios de cargas provocados por las vanidades, los autoritarismos, las frivolidades, los profetismos de malos y torpes gobernantes.
Estas dudas merecen respuesta pronta y honrada, en lenguaje llano, sencillo, entendible, sin los retorcimientos y las definiciones crípticos reservados para los doctores en economía, que son los menos e inaccesibles para los ciudadanos, que somos todos.
No es cierto que el paquete de rescate sea el fin de las incertidumbres, es apenas la primera estación de este largo y doloroso viacrucis que ha dado pórtico y desenlace a cuatro sexenios. Los mexicanos hemos sido, durante un cuarto de siglo, resistentes a la fatiga, tenaces en el sacrificio, puntuales en el pago de los desaciertos y merecemos del gobierno la respuesta sencilla, honesta, irrenunciable de la verdad en el decir y el hacer cotidiano del gobernante.