¡Ay! Jalisco, Jalisco, Jalisco…

Las encuestas confiables para indagar preferencia de voto para la elección de gobernador en Jalisco, favorecen al candidato del Partido Acción Nacional. Corporaciones vinculadas al aparato priísta, como el Colegio de Economistas regional –¡Ah!, aquellos tiempos remotos en los cuales no sólo se buscaban “chambas”– ofrecen resultados de preferencia escasa al candidato priísta.
Lo propio ocurre para las candidaturas panistas en las elecciones para alcaldías y diputaciones locales. Según estos indicios, destacadamente la empresa indagadora Harris, extranjera, el triunfo de los panistas se advierte holgado. Las direcciones estatal y nacional del PAN sólo temen el crimen social de los mil y un artilugios depredadores del voto. Así las presiones en el campo jalisciense y en las zonas pobres de los municipios en donde se intimida a los electores con el retiro de avíos, del Programa Nacional de solidaridad y semejantes.
Carlos Castillo Peraza dijo bien que si las elecciones resultan limpias y aceptadas, el comicio tapatío –según Dávila Garibi, tapatío viene tapatiotl, bolsas-moneda, tres; la moneda política actual de Jalisco: PAN, PRI, PRD– sería una instancia de la reforma del Estado mexicano, no únicamente el jalisciense.
Ninguno de los candidatos ha logrado conocimiento o simpatía nacionales. Alberto Cárdenas Jiménez ha sido identificado con ideas y grupos que no evidencian rasgos de pensamiento y acción novedosos. Este candidato es conocido como integrante del panismo tradicional y se supuso que era una pérdida para la orientación federal del PAN. Pero como los panistas si intentan y logran cohesión por la vía democrática, en mucho, se reconoció su candidatura sin rebozo. El candidato a gobernador priísta ya logró oportunidad de exhibir nacionalmente su mediocridad y torpezas, sus limitaciones. En entrevistas televisadas, mexicanos de otras regiones han podido saber de las precariedades de Eugenio Ruiz Orozco, quien no ha conseguido mejores argumentos, sobre todo al saber del disfavor de las encuestas en su contra, que si triunfa el PAN sobrevendría el oscurantismo, la reacción política.
Las probabilidades altas del triunfo panista, además de los prestigios y méritos que merezcan sus candidatos, se fincan, dicen los analistas de la región, en que a pesar de que no olvidan los agravios de los crímenes del cardenal Posadas, del señorío del narcotráfico en el estado y de los abusos y saqueos de quienes han sido funcionarios priístas, la preferencia electoral de los últimos días ha sido secuela del agravio nacional del desastre economicista del salinato y su continuidad en el incipiente zedillato.
Aunque se quisiera creer en que, “ahora sí”, habrá un gobierno nacional honesto, democratizante, pluralista, la bolsa magra, el desempleo, la inflación, los desatinos graves del primer gabinete, la confusión y la carencia de información oficial, los avatares de los compromisos del Acuerdo Político Nacional, el incremento veloz de la delincuencia social, la necedad propagandística oficial de insistir en presuntos avances administrativos (el caso pavoroso es la propaganda del gobierno de Emilio Chuayffet en el Estado de México, a resultas de su primer informe), todo esto incrementa el rechazo político, electoral o no, al priato, en Jalisco y doquiera.
El inefable e inextinguible Manuel Marcué quiere que los ciudadanos ayuden a Ernesto Zedillo para que se libere de los remanentes del gabinete salinista, del cual el presidente formó parte. A quienes habría que apoyar es a los ciudadanos en sus luchas, tarea que sería de Zedillo mismo. “¿En qué piensan los gavilanes que se duermen allá arriba dando vueltas?” (Bachelard).