“Me estaban esperando, y tiraron a hacer daño. ¿Pero con qué objeto? ¿Para empeorar más la situación del país? ¿Para culpar a alguien, que lo más sencillo sería el gobierno? ¿O para decir que ahora, como he discrepado en el Partido de la Revolución Democrática (PRD), que ya también entre nosotros nos estamos matando, como los priístas? Pero para mí está claro que no fue ni un asalto ni un accidente. Me gritaron cuando pasé frente a ellos: `¡Heberto!’, o a la mejor: `¡Estás muerto!’. Cuando volteé, dispararon”, evoca el ingeniero Heberto Castillo, en el estudio que tiene en su casa.
La bala iba entre la cabeza del senador perredista y su esposa, Tere, quien lo acompañaba. “Pero les falló”. En la portezuela derecha, a cinco centímetros del cristal, a la altura de la cabeza, quedó marcado el impacto.
Heberto Castillo, en la entrevista, da acuse de recibo del mensaje, pero advierte que el recado es también para el presidente Ernesto Zedillo: ¿reforma del Estado? “Por ahí no”.
El jueves 2, a las 10:30 de la noche, dos sujetos intentaron asesinar al senador perredista cuando salía de un restaurante del sur de la ciudad de México. Heberto Castillo conducía su auto. El hecho fue denunciado por el presidente del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) de PRD, Porfirio Muñoz Ledo, como “un salto hacia atrás en la política del país”.
A sólo 17 días de firmar en Los Pinos las bases para un Acuerdo Político Nacional, ante el presidente Ernesto Zedillo, quien fue testigo de honor en el acto en que participaron los partidos Revolucionario Institucional (PRI), Acción Nacional, Partido de la Revolución Democrática y del Trabajo, Muñoz Ledo advirtió que el atentado contra Heberto Castillo, además de constituir una provocación hacia el PRD, “también es una intimidación para nuestros interlocutores en el gobierno”, y consideró que “los hechos ya están pasándose de la raya”.
Heberto Castillo sólo escuchó un fuerte ruido, “como un golpe sobre la carrocería”. Maniobró como pudo y huyó del lugar.
Apenas hace un mes, el senador perredista tuvo otro incidente, cuando su auto fue arrollado por otro vehículo, desde el que tres individuos lo retaban violentamente a bajarse de su unidad. Heberto Castillo optó por retirarse.
“Esto tiene ya otro carácter; es más gansteril, más intimidatorio. Pareciera que fuerzas políticas o económicas quisieran entorpecer cualquier proceso de cambio en el país”, dijo Muñoz Ledo, e ilustró su sensación:
“Lo veo como el parque jurásico en acción; lo conecto con fuerzas que están detrás de ciertos gobernadores que se han opuesto de modo abierto al avance de los acuerdos políticos, y lo veo como una resaca de la línea dura.”
Para Heberto, “acostumbrado” desde 1967 a ser perseguido, acosado, intimidado, golpeado y encarcelado; sobreviviente ya de más de un atentado, el origen de esta nueva agresión en su contra es el mismo que les costó la vida a Luis Donaldo Colosio y a José Francisco Ruiz Massieu. “Son del mismo grupo, no creo que sean separados. Andan sueltos. Andan viendo a ver qué más hacen”.
Lo grave, en su caso, dice, es que “estoy trabajando para establecer una relación más racional, una discusión más abierta”.
–En esa hipótesis, ingeniero, ¿estaría encaminado a hacer imposible una transición pactada en México?
–Sí. Ya lo ve usted, estamos a punto de establecer una comunicación, y viene la agresión de priístas en Tabasco, y todo se interrumpe. Se está trabajando en Chiapas, y aparecen las guardias blancas. Aquí escogieron a alguien con amigos y contactos en muchos sectores. Estoy trabajando en la comisión plural del Congreso para el caso de Chiapas; estoy participando en el PRD defendiendo una actitud más abierta de todos lados. El mensaje fue: `ese no es el camino’.
“Yo no tengo negocios, no tengo problemas personales ni familiares. No tengo conflictos profesionales. Esto sólo puede ser político.”
–Héctor Sánchez, coordinador de los senadores perredistas, declaró hoy (viernes 3) que el atentado en su contra era una provocación al PRD, y el presidente del CEN del Partido de la Revolución Democrática, Porfirio Muñoz Ledo, advirtió que “también es una intimidación para nuestros interlocutores en el gobierno”, y consideró que “los hechos ya están pasándose de la raya”. ¿Comparte usted estas interpretaciones? ¿El mensaje no sólo es para el PRD sino para los priístas que entendieran la necesidad del cambio? ¿Es para el presidente Ernesto Zedillo?
–Sí que lo es. Cuando hablo con algunos diputados y senadores priístas, se quejan de que tienen problemas mayores dentro de su partido, y me dicen que tienen temor a que los agredan de otras maneras. Es también un mensaje para los sectores que se están abriendo en el PRI. Y claro, para el propio Zedillo.
–¿Reforzaría la impresión en algunos sectores de que el presidente Zedillo no tiene el control de su partido?
–Le han dicho: `¿tú quieres separar al PRI del gobierno? Bueno, pues va… pero del otro lado: con la intolerancia, con la violencia; vamos a cerrarte el camino’.
“Está peligrosa la situación, porque mucha gente puede pensar que tiene que cuidarse más, pero no de salir a la calle sino de lo que dice y de lo que hace, y esto inhibe una mejor discusión de los problemas del país. Ahorita está desatada la intolerancia de los sectores más reaccionarios que hay en el país.
“A mí me preocupa que psicológica y sociológicamente se cree un clima, entre un pueblo como el nuestro, de desconfianza, de temor. Porque eso va creando la opinión de que es necesario adelantarse a la historia. El que da primero, da dos veces. Y entre la gente cuyos privilegios están en peligro, su mala conciencia les puede recomendar actuar ahora, en lugar de arrepentirse después de no haber hecho nada.
“Cuando Fulgencio Batista salió de Cuba, yo durante mucho tiempo oí que el error había sido liberar a Fidel castro, en lugar de matarlo en la prisión. Y lo decía gente más o menos racional, empresarios, ingenieros que me consultaron obras en Puerto Rico. Y me lo decían muy convencidos.
“Estos son los demonios que mal aconsejan. ¿Por qué permitir que Ernesto Zedillo no aplique mano dura? A mí me ha reclamado la gente que ando defendiendo al obispo Samuel Ruiz, al subcomandante Marcos, y me aseguran que el gobierno, en cuanto quiera, se los acaba en una semana. Y yo les pido que no digan tonterías, y les pongo el ejemplo de El Salvador, de Guatemala. Pero esa gente insiste en que se está cometiendo un error, y esa percepción empieza a extenderse. Se infla una tendencia represiva, autoritaria y tendiente a ejercer la violencia por propia mano.”
–Esto hace profundamente conservadora a la sociedad mexicana, en todos los estratos.
–Sí, conservadora en el sentido lato de la palabra: no quiere el cambio; lo demostró el 21 de agosto. Así piensan que mataron a Colosio porque quería el cambio, y a Ruiz Massieu porque andaba en lo mismo, y ahora se lo quieren echar a uno porque estamos trabajando por el cambio.
“Si hubieran tenido éxito, si me hubieran matado, se habrían desatado todas las especulaciones. Es lo que se busca: desestabilizar, entonces el problema mayor es para el país.
“Hay quienes apuestan a que, mientras peor esté la situación en el país, más pronto es el cambio…”
–Pero también pueden provocar que el cambio no sea precisamente democrático sino para el otro lado…
–¡Pues sí! Están empujando para que se caiga, pero ¿para dónde? Cuando hay un cambio, pero no hay una fuerza emergente capaz de ejercer el poder, todo se vuelve un caos y se retrocede…
SI ME MATAN, NO SE RAJEN
Heberto Castillo tiene una larga trayectoria de lucha en la política mexicana. Fue secretario del expresidente Lázaro Cárdenas; cofundador del Movimiento de Liberación Nacional; participó en el movimiento estudiantil de 1968 como representante de los maestros, por lo que fue perseguido y, posteriormente, encarcelado, de 1969 a 1971. Cofundador y presidente del Partido Mexicano de la Trabajadores. Diputado federal en la LIII Legislatura. Cofundador y candidato presidencial (1988) del Partido Mexicano Socialista, que declinó en favor de la candidatura de Cuauhtémoc Cárdenas. La estructura del PMS sirvió de base para la creación del actual PRD, partido por el que ahora es senador.
Paralela a su desempeño político, Heberto Castillo tiene una carrera con reconocimiento mundial como ingeniero experto en cálculo estructural y patentó el sistema de construcción llamado “tridilosa”, que se utiliza en varios países.
Ante la pregunta, encoje los hombros y cambia la posición en su sillón.
“¿Yo, miedo a que me den un balazo? Hace mucho que no tengo miedo de eso. No me preocupa.”
El presidente Ernesto Zedillo le llamó por teléfono para decirle que estaba muy preocupado. Afuera de su casa, una patrulla de la Policía Judicial del Distrito Federal monta guardia, registra hora y procedencia de las visitas, interroga. Heberto no oculta que eso lo incomoda, pero…
–Cuando le habló el presidente, ¿hablaron de las consecuencias políticas de este atentado, comentaron cómo afecta la negociación entre los partidos?
–Yo le dije que, desde mi punto de vista, de ninguna manera debe ser obstáculo para que prosiga el diálogo. Es más, insistiré en que si se repite esto, cualquiera que sea el resultado de la agresión, mis compañeros sigan el diálogo. Si a mí me matan, que no sea pretexto para que se suspenda.
–¿Qué le contestó Zedillo?
–Pues que está bien. El se dijo preocupado porque le interesa el diálogo. Sabe que hay una gran resistencia de nuestra parte. Sabe que hemos hecho críticas muy fuertes a su política económica. Pero sabe que el diálogo es así. Nosotros no nos vamos a sentar para decirle qué bien va… Al menos es el diálogo al que yo aspiro, a decirle al presidente en qué va mal.
“A Zedillo le dije claramente que yo no sé si estas fuerzas retrógradas están presentes, pero le advertí que si insisten en esa línea, si me eliminan, ya les digo desde ahora a mis compañeros que no lo hagan un motivo para suspender un esfuerzo nacional de discusión.
“Yo no voy a responder a la violencia con violencia, de ninguna manera. Creo que el camino es el de la razón.”
–Pero este atentado, ingeniero, pone todavía más obstáculos al diálogo…
–Sí, dificulta las cosas, pero para mí es un reto más a que luchemos por impulsar una reforma del Estado verdadera, real; para que se siga el camino de la negociación política.
Y con una sonrisa tan grande como la del que sabe que todavía vive, dice de sí mismo:
“Soy muy terco.”








