La crisis que enfrenta México es parte de los sacrificios que los países pobres tienen que rendir ante el “inevitable” proceso de globalización mundial de la economía, contra el que sólo se podrían establecer nuevas reglas e instituciones de comercialización para que su paso, de “subordinación” y “sumisión” con Estados Unidos, no sea tan “doloroso”, opina el economista José Luis Avila.
“Uno de los grandes puntos a discutir en el sistema político mexicano para resolver su actual situación económica, será el plantearse los términos en que debe darse esta integración. Ya no se discute si uno entrará o no a la economía estadunidense. En eso no hay opción. Ahora lo que importa es planear en qué términos y con qué prioridades.
“Dentro de lo que se denomina como nueva economía mundial, uno de los rasgos básicos es que las soberanías económicas se pierden, se debilitan. Hoy en día es inimaginable una política económica nacional en el sentido de autodeterminación. Todas las políticas económicas de alguna manera tienen una dosis de coordinación. El problema es que en los países dependientes esa coordinación se traduce en una subordinación o sumisión”, subraya.
Coautor de los libros América Latina, cambio y permanencia en el siglo XX y México, un pueblo de historia, Avila señala que la ausencia de este tipo de marcos institucionales que regulen las relaciones comerciales llevó al gobierno mexicano a cometer el error de haber aceptado condiciones políticas en el intento de solucionar problemas financieros.
“La actual crisis financiera de México tiene un carácter eminentemente externo; está vinculada a la emisión de los Tesobonos de parte del gobierno pasado para compra de extranjeros. Es decir, uno es el fenómeno interno y otro es la crisis financiera, que tienen orígenes distintos. Y bajo estas condiciones, el gobierno mexicano no debió haber dejado que se le implantara una política de ajuste recesiva interna, que lo único que va a provocar es descontento social.
“La contratación de un nuevo préstamo no necesariamente debió ir acompañada a la firma de la Carta de Intención con el Fondo Monetario Internacional (FMI), porque es claro que la política económica doméstica de México no va a resolver en ninguno de sus aspectos la crisis financiera que se encara.
“La solución de México, de reducir sus gastos, aumentar precios y bajar los salarios, son medidas secundarias respecto de la solución básica, que fue la excedente emisión de bonos con vencimiento que comprometían las reservas internacionales del país y que la única solución que tenía era la continuidad de los flujos de capital mexicano. Cuando estos se interrumpen por conflictos internos y políticos o bien por aumento de las tasas de interés en Estados Unidos, México queda en crisis.”
Culpa al gobierno salinista de haber propiciado la actual situación financiera nacional al apostarle a la dolarización especulativa del país, sin antes crear mecanismos institucionales que aseguraran que ese flujo de capital extranjero se comprometiera con el crecimiento mexicano para evitar la “rapiña”, de la salida de recursos con alta rentabilidad de la bolsa.
“La administración anterior consideró como signos de salud económica, indicadores que ante todo reflejaron confianza internacional a costa de la incertidumbre en la estabilidad nacional, que no representaba ni aseguraba el sostenimiento del futuro de México. El salinismo tenía dentro de sus símbolos de prosperidad, estabilidad y éxito, el germen de su propia destrucción”, expone.
Con estudios de maestría en economía en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde actualmente imparte cátedra, Avila refiere que la inexistencia de ese marco regulador de las relaciones económicas de ambos países, fue lo que también determinó que, trianguladamente, el presidente Clinton, incluso por encima de la opinión del Congreso, decidió el otorgamiento del crédito de 51,000 millones de dólares al gobierno mexicano.
“Está claro que las instituciones actuales –el FMI y el Banco de Pago Internacionales– no funcionan más que como impulsoras de medidas de rescate, de acciones concertadas en la coyuntura, pero no de visiones estratégicas de largo plazo que respondan a un desarrollo económico de los países en desarrollo.
“México reveló una situación de vulnerabilidad en el manejo de cuentas nacionales y también en la economía mundial. La aprobación de una nueva línea crediticia restablece ciertos equilibrios temporalmente, pero a largo plazo el sistema mundial no tiene reglas ni instituciones capaces de cuidar que la situación mexicana no se reproduzca en otros países”, insiste.
En su opinión, la crisis mexicana es la primera que surge de la economía global de posguerra. Observa en ello un elemento nuevo:
“Antes, los países industrializados eran los que determinaban los ciclos de la economía mundial. Un desplome de precios, de importaciones, estaba determinado por los países industrializados. La crisis de la posguerra está revelando que un país dependiente atrasado como México crea una situación de amenaza del sistema mundial, al mostrar su vulnerabilidad. Aquí su contradicción, esto es totalmente nuevo.”
Señala que la manera como el FMI y el Banco de Pagos Internacionales, con la intermediación del gobierno estadunidense, acuden al rescate de la economía mexicana revela no tanto la importancia de ésta dentro del sistema mundial, como se hubiera creído hace diez años, sino ante todo la vulnerabilidad de éste. “Es un cambio de situaciones históricas decisivas”.
Comenta que a diferencia con lo que ocurre en la negociaciones comerciales de países integrantes de la Comunidad Económica Europea, donde los acuerdos se dan entre naciones pares, en el continente americano el Tratado de Libre Comercio (TLC) se da entre naciones dispares y con grandes asimetrías.
“México logra ingresar al TLC con Canadá y Estados Unidos sin estar en un mercado común, a diferencia de España o de Italia que ante situaciones de adversidad coordinan sus políticas económicas porque participan en relaciones sin desventajas de por medio. Por eso no dudamos que una de sus soluciones estará en la revisión de este acuerdo y en una mayor participación del Estado en la economía industrial”, considera.








