MONTERREY, NL.- A pesar de que el sentimiento nacional se ha diluido, ante una economía global que borra los nacionalismos, sigue habiendo una gran desconfianza hacia Estados Unidos en todos los sectores de la sociedad mexicana, derivada en buena medida de los temores a la pérdida de soberanía, afirma Luis González y González.
Como historiador, dice el autor de El oficio de historiar, no puede evitar la costumbre de comparar situaciones del tiempo actual con situaciones de otras épocas –los sociólogos siguen otro camino, acota–, así que acude a ese método:
El México de hoy se parece mucho a la segunda parte del régimen de Porfirio Díaz, cuando se pensó también en una economía más recia y más abierta al mundo. Igualmente, se pensó hacer de un territorio desunido un territorio mucho mejor trabado, a través de ferrocarriles principalmente. Esa idea de unir a México tiene su explicación: desde su surgimiento en el siglo XVI, este ha sido un país muy fragmentado, para bien y para mal. La mayor parte de los mexicanos se ha sentido siempre identificado con problemas locales, con problemas de regiones, más que con problemas de carácter nacional, por algo existen unas 200 regiones con sus propias características, de acuerdo con un estudio reciente de El Colegio de México. Esto indudablemente le quita unidad al Estado-nación que es México, pero por otro lado le permite una vida más sana: cuando se apaga una región, pueden encenderse otras…
–Pero Díaz buscó relacionarse con otros países, no sólo con Estados Unidos, ¿no es así?
–Bueno, en realidad, el general Díaz y sus colaboradores mantuvieron siempre una gran desconfianza hacia Estados Unidos, es decir, no se les había olvidado todavía que la mitad del territorio pasó a ser norteamericano, por eso Díaz siempre desconfió de Estados Unidos y trató de compensar esta relación de vecindad con relaciones con otros países, especialmente con Francia. La memoria de la pérdida de territorio estaba muy fresca entonces, ahora esto casi no se recuerda… con todo, sigue habiendo una gran desconfianza hacia Estados Unidos en todos los sectores de la sociedad mexicana.
Esa desconfianza, analiza González y González, resulta de los temores a la pérdida de soberanía, pero también de la conciencia de que los estilos de vida de Estados Unidos y de México son muy diferentes; en esto también influye la religión: la gran mayoría de los mexicanos siguen aferrados a dogmas de la religión católica, que son incompatibles con algunas costumbres estadunidenses…
En cualquier caso, la vecindad con Estados Unidos es inevitable, “lo quiera o no México, es vecino de Estados Unidos, y cualquier vecino que no le parezca lo más agradable tener a fulanito de tal al lado de su casa, pues lo tiene que aguantar; es un hecho también que nuestro país, desde que concluyó la Independencia, ha tenido una condición inferior a Estados Unidos en todos los aspectos. Se trata, pues, de una relación de desiguales, en lo económico, lo social, lo político, lo cultural, en todo, que nos lleva a ser dependientes, tanto que algunos historiadores piensan que México pasó de la dependencia de España a la dependencia de Estados Unidos”.
González y González se encuentra de paso por esta ciudad, a la que vino a dar una plática privada a un grupo de empresarios. Reside en San José de Gracia, Michoacán; protagonista de su texto más conocido, Pueblo en vilo, que con el resto de su obra pondrá nuevamente en circulación editorial Clío. A la fecha, cuenta, tiene “varios fierros en la lumbre”, entre ellos una síntesis de la historia de México para el Fondo de Cultura Económica, y prepara dos prólogos, uno para las obras completas de José Gaos y otro para las de Antonio Martínez Báez.
Estados Unidos siempre ha tenido una actitud intervencionista, señala. “Recuerdo en estos momentos que en una ocasión un periodista estadunidense le preguntó al presidente López Mateos cuál consideraba el principal problema de México y él contestó rápidamente: Estados Unidos. Es una respuesta compartible. Hay todavía tanta desconfianza hacia Estados Unidos, que se les culpa en muchos círculos de los movimientos desestabilizadores del año que acaba de pasar…”.
A diferencia de otros historiadores, González y González no cree que el ánimo intervencionista de Estados Unidos dependa de la debilidad o fortaleza del sistema político mexicano: “Ellos siguen creyendo en el destino manifiesto, creen, además, que la intervención en asuntos mexicanos les ayuda a resolver problemas estadunidense… En fin, las fuerzas políticas de allá creen que Estados Unidos nació para engullirse a los demás países, quizá por eso andan siempre buscando pretextos intervencionistas”.
Por otro lado, compara las tribulaciones actuales del alma nacional, con el estado de ánimo colectivo de otros tiempos:
En México, del siglo XVI en adelante, han existido períodos que han creado un gran optimismo, una gran confianza en todo el país. En el siglo XVIII se llegó a decir, en los grupos medios, en los círculos intelectuales, que el nuestro era uno de los países más sobresalientes de la tierra. Se decía que México era un verdadero cuerno de la abundancia, que todos los productos del mundo se daban aquí. Se exageró bastante la capacidad agrícola, la capacidad minera y todas esas cosas. Se habló también de que la localización geográfica de México, a la mitad de América y entre Europa y Asia, propiciaría que fuera punto de confluencia de todas las actividades mercantiles. Se llegó a decir que los mexicanos tenían una capacidad intelectual mayor que el resto de los seres humanos. Y se llegó a pensar que México tenía una protección divina que no tenían los otros países, que aquí el embajador del cielo era nada menos que la madre de Dios… En otras palabras, existía la idea de que México llegaría a ser capital del mundo. Y eso pasó en el llamado “Siglo de las Luces”.
Esa idea, prosigue González y González, se mantuvo hasta la Independencia. Esta resultó muy costosa, porque, por ejemplo, la producción se redujo a una tercera parte, la minería se cayó. Presionado, el gobierno expulsó a los que manejaban aquí todas las compañías mineras, que eran españoles, y se las entregó a estadunidenses… Desde entonces surgió en el alma nacional la desconfianza, la tristeza, el pesimismo. A todo esto se agregó la guerra con Estados Unidos, que redujo nuestro territorio a la mitad.
A finales del siglo XIX, México empezó a recobrar la fe, la confianza en su destino, en sus posibilidades económicas, en sus valores. “Pero viene la Revolución… y se vuelve a debilitar el ánimo nacional. Y es que la Revolución no fue un movimiento que tuviera metas claras y precisas para todo el país, los levantamientos se daban en algunas regiones por causas muy particulares; ahí tiene el caso de Emiliano Zapata, en Morelos, donde el movimiento llamado revolucionario fue en realidad un movimiento reaccionario, pues Zapata pretendía restaurar el régimen colonial que había sido destruido por los hacendados de la región; en otras partes del país había otras aspiraciones. Total, esta revolución, que fue bastante caótica, dejó en el ánimo de los mexicanos un sentimiento de impotencia, de inseguridad, de pesimismo, que de alguna manera persiste hasta nuestros días. A veces hay atisbos del optimismo del siglo XVIII, pero de inmediato aparece un incidente que nos devuelve al desaliento”.
Al igual que el estado de ánimo, el nacionalismo también se ha debilitado: “el sentimiento regionalista y el sentimiento matriotero son fuertes, pero por otra parte los mexicanos han mantenido siempre una actitud de identificación con el porvenir de la humanidad, nos preocupan los problemas del mundo… El nacionalismo, en México y en todas partes, es cada vez menor; no sería raro que en un futuro desaparezcan las naciones”, concluye.








