Lorenzo Meyer: El control de las variables económicas dejó de estar aquí

Aunque plantea la necesidad de llamar a un debate para redefinir el concepto de soberanía nacional, porque ya ningún país es completamente independiente al tomar sus decisiones, el historiador y politólogo Lorenzo Meyer no acepta la definición que, parece, están asumiendo los integrantes del gobierno mexicano.
Pregunta: “¿dónde están quienes toman las decisiones fundamentales que afectan la vida cotidiana de los mexicanos? ¿En México o en Estados Unidos?”.
Continúa: “¿fue más importante lo que hizo el presidente estadunidense que el plan de emergencia diseñado por el presidente mexicano? ¿Es más importante el Congreso de Estados Unidos que el Congreso mexicano para lo que a nosotros nos atañe? En algún sentido pareciera que la respuesta es sí”.
Todavía más: “pareciera que el control de las variables centrales de nuestra economía ya dejo de estar aquí. Un sistema político que no puede controlar bien su economía, tampoco puede controlar bien su política”.
Por ello considera indispensable definir la soberanía, el concepto que se manejó el siglo pasado y a principios del presente: “es la fuente primaria del poder político un poder político que no depende de ningún otro, que es autosuficiente en sí mismo y que asegura, en relación con el exterior, que un sistema, que una nación está en capacidad de tomar por sí misma decisiones fundamentales; que puede ser independiente”.
En la actualidad –acepta– “se ha relativizado todo”. De aquí surge la teoría de la interdependencia y ahora resulta que “la soberanía es relativa”.
Ningún país en el siglo XX puede tomar las decisiones que le son importantes sin la influencia de “poderes externos”. Estados Unidos –afirma– también tiene que afrontar los efectos de decisiones que se toman en otros países y, por tanto, México tampoco puede aspirar a ser “cien por ciento independiente”.
Sin embargo, cuestiona: “cuando todos los ojos están puestos en Washington, como en este caso, y no podemos hacer nada; lo único que hacíamos era oír las noticias y ver qué pasaba en esa lucha entre un presidente que no es nuestro y un Congreso que tampoco es nuestro, y ahí estaban decidiendo el futuro inmediato de México, quiere decir que hemos perdido muchos grados de soberanía”.
El exdirector del Centro de Estudios Internacionales del Colegio de México, donde es profesor e investigador, aclara que “no hemos perdido la soberanía”, pero “ya no es lo que era, por eso debe abrirse un debate nacional”.
Ahora ya no es la soberanía que se definió en la Revolución o en los regímenes posrevolucionarios, con Venustiano Carranza o Lázaro Cárdenas; quizá históricamente “ya no es viable pero, llegar a ese extremo, tampoco es para aceptarlo como natural”.
Analiza la posición mexicana y la estadunidense. En ésta, el presidente Bill Clinton está defendiendo el interés de su nación y actuó como “se supone deben actuar los responsables políticos de cualquier país. A Clinton le explicaron bien –dice Meyer– que si esta crisis se profundizaba podría causar un problema de estabilidad y le dijeron: es para que se pague a los inversionistas estadunidenses, para que no haya ningún especulador ni fondo de pensión que sufra”.
Considera que en la posición mexicana “fallaron de una manera rotunda los liderazgos políticos; fue una política monetaria y económica, en general, de gran irresponsabilidad”, y con esta actitud se reafirma la dependencia.
Decir que el Fondo Monetario Internacional “nos va a exigir que sigamos ciertas políticas fiscales, de gastos, quiere decir que el exterior nos está dictando condiciones porque perdimos una especie de guerra con nosotros mismos.”
“La destrucción, afortunadamente, no es de bombardeos, pero es la destrucción. Nuestros líderes perdieron con ellos mismos una especie de guerra interna muy rara.”
Compara la situación mexicana con la brasileña: “ellos, después de varios años de tensiones, de fracasos políticos, lograron resurgir. Tienen un liderazgo respetado y confianza en él; nadie duda de sus elecciones. Tienen capacidad exportadora, que funciona y que piensan aumentar, y son conscientes de sus problemas, de los que puedan hablar con entusiasmo”.
Pero en México, a raíz de la decisión del presidente estadunidense, “yo no veo por ahora mucho entusiasmo, excepto por esos titulares en los periódicos de `¡Viva Clinton!’ o `¡Money, money!’. Pero, de sectores más representativos o más respetados de la sociedad, no veo entusiasmo, no sería posible”.
Dice que la tarea en el futuro es “repensar cuál es el interés nacional de México; cuál es la agenda para tener una definición del interés nacional frente a Estados Unidos, a la globalización, a la interdependencia económica”.
Insiste: “¿qué es lo que queremos como sociedad, como estado nacional, para no tener de qué avergonzarnos; para tener confianza en nosotros y el entusiasmo que se necesita para construir siempre?”.
Por esto acepta que, no obstante los sucesos, “todavía es posible un liderazgo interno con legitimidad, con fuerza, a pesar de la deuda que tenemos encima”.
Revisa rápidamente la historia (Juárez, Venustiano Carranza, Cárdenas) y concluye que en “los mejores momentos del nacionalismo mexicano, México no era un país muy fuerte; había muchos problemas internos, pero también había un liderazgo con voluntad, con inteligencia, que presentaba al mundo externo una disyuntiva: si ustedes siguen presionando en ese camino, van a encontrarse con una situación peor; argumentaban bien ante los intereses de los propios extranjeros”.
Ejemplifica con la expropiación petrolera: “no tenía mucho sentido destruir el cardenismo, porque éste significaba estabilidad interna, distribución de la riqueza, una base social fuerte, seguridad antifascista en un mundo dividido. No era intolerancia hacia lo extranjero ni chovinismo, ni xenofobia; era razonable, proponía pagar lo expropiado con el petróleo mismo. No se cerraba ni ponía condiciones extremas; era, simplemente, inteligente, cuidadoso y mantenía bien un frente interno.
“Carranza –continúa– supo jugar muy bien sus cartas de defensa; supo hacer de la debilidad mexicana su mejor defensa. Si cualquiera intentaba destruirlo, imponérsele por la fuerza, el resultado final sería peor.
“Ha habido momentos de buena defensa de la soberanía nacional, en los que México no ha estado muy fuerte que digamos, pero su clase política, al menos, en su más alto nivel, tenía un sentido del patriotismo, de defensa de lo nacional.”
–¿Eso se ha perdido?
–No lo sé.
–Pero, ¿se está cuestionando?
–Por lo menos no es tan claro como entonces.
Insiste en que hay que abrir un debate.
Dice que la definición tradicional de soberanía, aquella que plantea la no intervención en los asuntos internos de los países, permitía que en algunas naciones se cometieran genocidios: “la no intervención era la medida de nuestra soberanía. Ya no es viable, pero tampoco lo es un sistema económico cerrado. Somos un país subdesarrollado y el mundo subdesarrollado tiene que aceptar que necesita recursos del exterior”.
–¿Como país subdesarrollado estamos en el club de ricos del mundo, la OCDE?
–Bueno, también están Portugal y Turquía, que no son una maravilla de desarrollo, pero este es un caso anómalo por su posición geográfica, estratégica. Supongo que es el caso de México. Algunos entraron en ese sueño, en el del camino al primer mundo. Ser tercer mundo pone a nuestra soberanía en mayor riesgo que la de los países que tiene una economía buena, pujante. En fin, si ningún país es enteramente independiente para tomar todas las decisiones que le atañen, sin importarle el resto del mundo, eso ya no es soberanía, pero tampoco es esto.