ALBUQUERQUE, NUEVO MÉXICO.- La historia independiente de México está indisolublemente entrelazada con la historia de su deuda externa. Durante 175 años, México ha sido siempre deudor, nunca acreedor. Benéfica a veces, en la mayoría de los casos la deuda externa ha sido un grillete, un obstáculo para el desarrollo, un motivo de humillación internacional.
La posibilidad de resolver los problemas internos con el crédito y la inversión extranjeros ha sido una de las grandes pretendidas soluciones mágicas de nuestra historia. Su espejismo ha encendido la imaginación de casi todos nuestros gobernantes y despertado la vocación de jugador que yace en la profundidad de su alma. Caudillos, liberales, porfiristas, revolucionarios, populistas, neoliberales, todos cayeron ante su embrujo.
En esos 175 años, México ha suspendido o casi el servicio de su deuda en 14 ocasiones, a razón de una vez cada 12 años. En varios momentos ha sido amagado seriamente de intervención militar si no cumplía sus compromisos financieros y en una la amenaza se hizo realidad y tres potencias europeas invadieron el país para cobrarse por la fuerza. En numerosos momentos ha debido firmar acuerdos onerosos. Y si bien casi nunca hemos pagado el monto total de nuestras deudas, la suma de los intereses devengados, las concesiones económicas concedidas y los privilegios políticos otorgados supera, en mucho, el valor real de éstos.
Pero algo nos impide aprender la lección. En los 20 últimos años, para conseguir respiros crediticios, México se ha visto obligado a firmar con el Fondo Monetario Internacional (FMI) ocho cartas de intención (una cada dos años y medio), verdaderos tratados internacionales que norman, orientan y comprometen nuestra política económica: 1976, 1982, 1984, 1985, 1986, 1989, 1990 y la que se signará en 1995. Y dicen que esto no es dependencia. Lo único que la encubre es que ahora los mandatos del FMI han acabado por convertirse en ideología nacional.
La frecuencia y periodicidad de la medicina han hecho olvidar su significado. Las cartas han acabado siendo como la dosis periódica para el drogadicto, quien ve en ella sólo el alivio, no la renovación de su adicción. El pueblo que se indignaba por las condiciones que el Congreso de Estados Unidos quería imponer al préstamo de 40,000 millones de dólares deja pasar con indiferencia la firma de una nueva Carta de Intención, que aparece ya como un suceso natural y cotidiano. Vale, por eso, recordar su verdadero papel.
El Fondo Monetario Internacional se ha abrogado el derecho de la condicionalidad; es decir, el poder de exigir cambios en la política de los gobiernos que piden préstamos de los fondos del FMI. Los Estados recurren al FMI sólo en última instancia, cuando su balanza de pagos o reservas de divisas alcanzan niveles de ruptura inminente. Entonces, en un típico programa de stand by, reciben un préstamo de la organización internacional y, lo que es más importante, un aval que virtualmente les garantiza la renegociación de su calendario de pagos con países miembros de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos y bancos comerciales.
A cambio de ello, el FMI pide modificar la política económica de los gobiernos signatarios para corregir el déficit. Las medidas son negociadas por una misión de economistas del fondo y plasmadas en una Carta de Intención. Para controlar el cumplimiento de los acuerdos, se recurre a un cuidadoso espaciamiento de las entregas del préstamo en períodos de tres meses. Para obtener cada entrega y la renovación del aval, el gobierno debe demostrar que reúne las estipulaciones acordadas. Si deja de hacerlo, las entregas cesan de inmediato. En realidad, los expertos del FMI acaban participando con los secretarios de Hacienda de los gobiernos “beneficiados” en la elaboración de la política económica cotidiana.
RECETAS DE LA IGNOMINIA
La receta tradicional del FMI, que naturalmente se adapta a las circunstancias, incluye:
a) reducción del poder adquisitivo de los consumidores locales que, se sostiene, está detrás de los déficit; b) liberalización del comercio exterior; es decir, abolición de los controles sobre la importación que permitían antes a los gobiernos proteger industrias nacientes o preferir las importaciones de bienes de capital sobre las de artículos de lujo; c) eliminación de los subsidios y controles de precios; e) elevación de las tasas de interés a sus niveles de mercado, para impedir la fuga de capitales, elevando las ganancias en general y beneficiando las trasnacionales que tienen acceso a fuentes de financiamiento internacionales con intereses más bajos, y f) reducción de la inversión pública y privatización de empresas estatales.
Si bien el FMI está contra la inflación, varios aspectos de su política tienden a recrudecer las tenencias inflacionarias, por lo cual deben aplicarse nuevas medidas de control salarial, aumentar las tasas de interés, y el gobierno se ve obligado a reducir más sus inversiones y servicios y a bajar los sueldos de sus empleados.
La audaz medida con la cual el presidente William Clinton salvó a México de la bancarrota y la inevitable moratoria el martes 31 cierra 14 años de historia de gobiernos tecnocráticos, exactamente en el mismo punto en que ésta se inició. El único concepto que puede describir fielmente su trayectoria es el círculo… vicioso.
La descripción que sobre el principio de esa historia hace Darrell Delmaid en su libro Debt shock proyecta imágenes aún frescas de su reciente culminación:
“El Tesoro de Estados Unidos –escribe Delmaid– es un edificio imponente situado frente a la Casa Blanca. Su imperial fachada grecorromana oculta al espectador las dimensiones de su mansión de estilo colonial. Por dentro, los amplios corredores con pisos de mármol y las grandes escaleras con sólidos barandales nos retrotraen al sopor de una ciudad sureña… La noche del jueves 12 de agosto de 1982, el secretario del Tesoro, Donald T. Regan, recibió una llamada de Jesús Silva Herzog, el secretario de Hacienda mexicano. Chucho, como lo llamaban sus amigos, le dijo que quería discutir `algunos problemas’ con él al día siguiente. Poco después, Silva Herzog y sus asesores abordaron el avión privado del banco central de México y volaron hacia Washington.
“El viernes 13 los mexicanos se reunieron con Regan en el Tesoro. Luego atravesaron las pocas cuadras que separan a éste de la calle 19, para encontrarse con Jaques de Larossiere, el funcionario francés que encabeza el Fondo Monetario Internacional. Y, por fin, la delegación fue a la Avenida de la Constitución, para tener lunch con Paul Volker, presidente de la Reserva Federal.
“Silva Herzog traía un mensaje simple: México estaba en bancarrota. El país tenía vencimientos en los próximos meses de créditos de 10,000 millones de dólares, que se debían a bancos comerciales, y no podría cumplirlos”. Había que hacer algo. La semana mexicana había comenzado.
Volker, quien era uno de los pocos funcionarios que estaba disponible en ese tórrido fin de semana en Washington, se hizo cargo del asunto, reuniéndose con funcionarios menores para adoptar una posición frente al problema.
El encuentro con los mexicanos se postergó hasta el sábado 14. “Silva Herzog convocó al director de Pemex (Petróleos Mexicanos) para charlar sobre un posible acuerdo petrolero. John Gavin, el embajador estadunidense en México, interrumpió sus vacaciones en las Islas Británicas para volar hacia Washington. Un enjambre de abogados del Departamento de Energía se sumó a la partida… De vuelta en el Tesoro, mexicanos y norteamericanos se dividieron en grupos de trabajo para definir detalles. Estados Unidos aceptó comprar 1,000 millones de dólares de petróleo mexicano a precios de mercado, entre 25 y 35 dólares el barril.
“Se trajeron sandwiches. Volker habló por teléfono con los directores de los grandes bancos. Fritz Leutwiler, del Banco Nacional Suizo; Karl Otto Pohl, del Bundesbank de Alemania Occidental; Gordon Richardson, del Banco de Inglaterra. Quería que reunieran de inmediato 1,500 millones de dólares para México… La crisis mexicana ponía en peligro la estabilidad financiera mundial, y los bancos centrales tenían obligación de ayudar.
“Los mexicanos hablaron por teléfono con los principales banqueros estadunidenses en sus casas y les dijeron que había una emergencia y que debían mantenerse en contacto con la Reserva Federal a toda hora durante el fin de semana. Les pidieron que pospusieran sus cobros durante tres meses, hasta que pudiera lograrse un acuerdo sobre un nuevo calendario de pagos y los citaron a un encuentro en Nueva York para el viernes 20 de agosto. La reunión se alargó hasta las tres de la mañana. Había abogados por todas partes. Algunos consejeros se durmieron en los sofás de las oficinas ejecutivas… Cuando dejaba el edificio, José Angel Gurría Treviño, la mano derecha de Silva Herzog, observó que las luces del edificio del Tesoro tenían un misterioso tono azulado.
“Las pláticas continuaron el domingo. Hacia las 23:30 ya se habían firmado acuerdos. Los mexicanos recibieron el dinero el lunes por la mañana. El martes 17 de agosto por la noche, Silva Herzog apareció en la televisión de su país para explicar la crisis. Habló durante 80 minutos en vivo, sin recurrir a notas”. Entre otras cosas, dijo que México no enfrentaba la insolvencia sino un simple problema de caja.
LA FORTALEZA DE WALL STREET
El Banco de la Reserva Federal de Nueva York es el más poderoso de los 12 bancos de la Reserva Federal, situado en una fortaleza imponente frente a Wall Street. La institución utilizó su influencia al servicio de la operación de salvamento, proporcionando a los mexicanos un lugar para reunirse con los banqueros. Una vez más, les explicaron que había una serie de problemas: México no podía pagar. Querían una moratoria de tres meses sobre pagos de la deuda para ordenar sus finanzas y colocar sus pagos sobre una base más sólida. El país pedía también miles de millones de dólares en nuevos préstamos, para poner en marcha su economía.
“Los banqueros no tuvieron más remedio que estar de acuerdo y formaron un comité para negociar con los mexicanos; los integrantes fueron escogidos de acuerdo con la importancia de sus intereses en México y su buena voluntad hacia el país. El comité incluía siete bancos estadunidenses y seis más del resto del mundo.
“Al terminar, los mexicanos volvieron a su avión para regresar a casa. Había sido una semana larga. Pero ya en el aeropuerto llegó una llamada del comité de banqueros, pidiendo que uno de ellos se quedara el fin de semana. José Angel Gurría Treviño bajó del avión y se pasó el fin de semana reuniéndose con los banqueros. Juntos redactaron un télex que enviaron a todos los bancos acreedores de México, explicando la situación y la necesidad de más dinero. Los operadores del Citibank mandaron el télex a todos los miembros de su lista de 1,500 bancos, ya que el número de los que no eran acreedores de México resultaba tan pequeño, que no convenía buscarlos.”
La crisis mundial de la deuda se había iniciado. En los 12 meses siguientes, 15 países estaban renegociando sus deudas.
¿Qué recuerdan estas escenas? ¿Transportan rápidamente al presente? Las carreras apresuradas y las veladas súplicas del actual secretario de Hacienda y Crédito Público, Guillermo Ortiz Martínez, ante los acreedores extranjeros públicos y privados, la inminencia de la moratoria, y la comprensión de Clinton de que los peligros políticos que rodeaban la acción de salvamento eran infinitamente menores que los de una crisis financiera como la que siguió al verano caliente de 1982. Todo parece repetirse al pie de la letra… Pese a la distancia que separa los dos sucesos, ni siquiera han cambiado todos los personajes. Sólo sus lugares en el tablero se han alterado:
Jesús Silva Herzog, el exsecretario de Hacienda, es ahora embajador en la misma ciudad en la cual dirigió las negociaciones anteriores, y José Angel Gurría Treviño, su “mano derecha”, es su jefe, como secretario de Relaciones Exteriores.
El proceso de renegociación con el FMI duró un año y el acuerdo se firmó en agosto de 1983. Sus condiciones fueron muy onerosas y, sin embargo, tanto Silva Herzog como Alejandro Philips Olmedo, director del Banco Nacional de Comercio Exterior, calificaron la firma de “ocasión histórica”, de “hito histórico de la comunidad financiera mundial”.
Las palabras altisonantes de 1983 se olvidaron pronto. Pese a que México cumplió todas las órdenes del FMI, un año después ya era claro que no podría reiniciar el servicio de la deuda en los términos establecidos. Hubo necesidad de nuevas cartas. Cada nueva Carta de Intención era acompañada de comentarios optimistas por el gobierno del momento. Después de la de 1985, se pontificaba: “la evolución de la economía mexicana desde que se inició el programa de ajuste ha sido alentadora. La balanza de pagos ha mejorado sustancialmente, las finanzas públicas se han fortalecido, la inflación se ha reducido de manera significativa y la actividad económica ha experimentado una recuperación gradual…”.
El gobierno de Miguel de la Madrid Hurtado achacó al terremoto (como el de Zedillo Ponce de León haría con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional) las nuevas dificultades financieras de 1986. Cuando la tinta de la última Carta de Intención aún estaba fresca, México se encontró una vez más al borde de la moratoria. Luego vinieron los swaps, la conversión de la deuda en bonos, el Plan Brady y la renegociación de 1989.
En cada ocasión, los gobernantes mexicanos prometieron y amenazaron, amenazaron y prometieron. El candidato Carlos Salinas de Gortari decía en 1988, durante su campaña en un discurso en Monterrey: “si no crecemos por causa de la carga de la deuda, no pagaremos”. Un año más tarde, ya presidente, frente a las fuerzas armadas fue todavía más enfático:
“Tenemos que quitar de los hombros de los mexicanos la carga excesiva del servicio de la deuda externa. Sólo así podremos liberar la energía transformadora y el potencial de iniciativa que tiene nuestro país. La prioridad ya no será seguir pagando sino volver a crecer. Hemos mostrado y seguiremos mostrando seriedad. Preferimos la firme negociación a la confrontación, pero, lo reitero, para mí los intereses de los mexicanos están por encima de los intereses de los acreedores.”
Y en los mismos días, en su estilo muy peculiar, Pedro Aspe Armella ironizaba en la Comisión Permanente sobre los términos de la renegociación: “a nosotros, señor diputado, no nos venden espejos, nos dieron exactamente lo que pedimos; ahí no hubo ninguna concesión”.
Y, sin embargo, cinco años más tarde estamos una vez más ante la moratoria, y la deuda sigue siendo el obstáculo principal para el crecimiento de la economía. Se necesita estar ciego para no comprenderlo. La política económica ha estado equivocada. El gigantesco aval de más de 50,000 millones, con la inevitable Carta de Intención que le seguirá, no es una solución sino un paliativo de corta duración.
Tiempo es ya de comprenderlo. A cualquier precio, inevitablemente, primero es crecer; luego, pagar. Lo primordial, el ahorro y la inversión interna; sólo después viene el capital extranjero a largo o a corto plazo. No basta decirlo, hay que pagar el precio necesario para llevarlo a la práctica.








