Ante la élite de Davos, México paso del paraíso de la inversión a amenaza financera mundial

DAVOS, SUIZA.- El maquillaje que empezó a escurrírsele a México con la crisis desatada por la devaluación acabó por caérsele en este centro vacacional de los Alpes suizos: de paraíso para la inversión –así publicitado oficialmente durante todo el sexenio pasado–, el país quedó como una amenaza seria para los mercados financieros internacionales.
En la nueva imagen de México –país subdesarrollado en crisis, con muchas dudas sobre la capacidad del gobierno para superarla– contribuyó la participación endeble de la delegación mexicana en el Foro Económico Mundial que aquí se realiza cada año, desde hace 25.
En efecto, el gobierno del presidente Ernesto Zedillo Ponce de León subestimó la importancia de este foro, que reúne siempre a presidentes, primeros ministros, funcionarios gubernamentales de primer nivel y, sobre todo, a grandes empresarios internacionales, banqueros, inversionistas, analistas, académicos. Foro ideal para que los países se promuevan, informen sobre sus avances, atraigan capitales.
Contra la costumbre del gobierno anterior, que traía aquí a un nutrido grupo de funcionarios –en dos ocasiones, 1990 y 1994, el presidente de la República mismo, Carlos Salinas de Gortari, encabezó la representación mexicana– y dueños de las principales empresas del país, el gobierno actual no se esforzó mucho por recuperar la maltrecha confianza de los mundos empresarial y financiero.
Un solitario Herminio Blanco Mendoza, secretario de Comercio y Fomento Industrial, llegó –acompañado del asesor gubernamental y empresario Claudio X. González– y así como vino se fue: con más pena que gloria.
Blanco Mendoza llegó la noche del viernes 27 de enero y a primera hora del sábado 28 comenzó su labor, como único enviado formal del gobierno mexicano al Foro Económico Mundial –que reunió a poco más de 2,000 personas–, para intentar convencer de que la crisis financiera mexicana es pasajera, que no empaña los logros de los últimos años y que México sigue siendo un país propicio para la inversión.
Blanco Mendoza insistió en que la crisis que vive el país se va a “resolver rápidamente” con todos los apoyos internacionales que está recibiendo.
Más allá de los paquetes de asistencia financiera, dijo Blanco Mendoza, la economía mexicana cuenta con elementos internos que impedirán que la crisis se profundice y se lleve más tiempo. Y repitió el discurso gubernamental ya sabido: que las finanzas públicas están sanas –este año se espera un superávit financiero de 0.5% del producto interno bruto–; que el Banco de México, autónomo, manejará rigurosamente la política monetaria, y que continuarán las políticas de concertación –entre trabajadores, empresarios y gobierno– para evitar alzas inmoderadas en los precios.
Aceptó que este año la economía tendrá un crecimiento “muy, muy bajo”, sobre todo en el primer semestre. Pronosticó una inflación de 3% para enero, una tasa similar para febrero, una de 2.7% para marzo y de 2.1% en abril.
El discurso del funcionario mexicano fue recogido con escepticismo entre los asistentes. El optimismo poco convincente de Blanco Mendoza generó, por el contrario, un ánimo adverso a México. Su participación fue calificada aquí de “muy plana”, en la cual no se vieron compromisos reales del gobierno mexicano por recuperar la confianza del exterior. Más que un defensor convincente del programa económico anticrisis, se vio aquí a un simple “funcionario público leal” –fue el comentario– que, incluso, evadió hablar sobre el costo social de la crisis. En el colmo, en reveladores actos fallidos, el secretario de Comercio hablaba de que “el presidente Salinas de Gortari nos instruyó…”, aunque corregía de inmediato con un “perdón, el presidente Zedillo Ponce de León…”.
Eso sí, Blanco Mendoza prometió que no habría otra devaluación.
“Los modelos económicos –justificó– no son perfectos; el que se sigue en México es la mejor opción para garantizar un crecimiento sostenido y estable”. Y aceptó que por lo menos durante un par de años se mantendrá la política monetaria restrictiva del programa económico de emergencia. “Sólo así lograremos alcanzar nuevamente una inflación de un solo dígito”.
A la débil participación del representativo mexicano –entre los pocos empresarios mexicanos que acudieron (entre ellos: Ricardo Guajardo Touché, Carlos Autrey, Ernesto Rubio del Cueto, Carlos y José Represas) se decía, en corto, que el gobierno del presidente Zedillo Ponce de León aún se ve “verde”– se sumaron las malas noticias que de México llegaban, en el sentido de que el peso seguía cayendo, la bolsa igual, que el gobierno tenía dificultades para pagar los tesobonos, que el Congreso estadunidense nada resolvía sobre el paquete de garantías.
Ambos hechos propiciaron un nerviosismo notorio entre los asistentes –en banqueros y dueños de fondos de inversión, sobre todo– y México se convertía en centro de atención, pero ahora como ejemplo de lo que no debía hacerse. Mientras el secretario mexicano de Comercio abandonaba la reunión, el foro se convertía en un grito casi generalizado de auxilio para México.
La noticia principal –México, desesperado por ayuda, a punto de la suspensión de pagos– de la edición internacional del Herald Tribune extremó el nerviosismo: el incumplimiento de sus obligaciones de deuda –el pago de los tesobonos en concreto– que podría haber sucedido esa misma semana, pudo generar condiciones de crisis en los mercados financieros internacionales.
Así lo dijo el diario el lunes 30 y en Davos era el mismo sentimiento. Por ejemplo, George Soros, el dirigente de uno de los fondos de inversión más poderosos de Estados Unidos, alertó: “el peligro de la crisis de liquidez que México enfrenta podría desembocar en una fulminante crisis de deuda”.
A su vez, la correduría Goldaman Sachs advirtió coloquialmente que si México se resfriaba, el mundo entero enfermará, pues –dijo– los mercados financieros internacionales son extremadamente volátiles en virtud de que por la globalización están estrechamente interconectados. El congresista republicano por Arizona, Jim Kolbe, también señaló que “el peligro es muy real; las implicaciones (de la crisis mexicana) resultan muy serias”.
La urgencia y el nerviosismo eran tales, que el domingo banqueros, hombres de negocios y delegados estadunidenses empezaron a abandonar el Foro Económico Mundial para irse a Washington y cabildear en favor de la ayuda a México, pues consideraron que la situación del país se deterioraba con rapidez y amenazaba con expandirse a otras latitudes.
Para el último día de actividades del Foro Económico Mundial, el desencanto por México –se juntaban expresiones de preocupación y sentimientos de engaño– era tal, que desde un día antes había corrido la especie de que el gobierno mexicano se vería obligado a desaparecer el Banco de México y establecer un consejo monetario que fijara el tipo de cambio e impidiera más devaluaciones. Eso, como condición para obtener la ayuda financiera del gobierno estadunidense.
Todo resulto así a partir de la intervención, en una mesa de trabajo, de Steve Hanke, profesor de economía aplicada de la Universidad John Hopkins, de Baltimore, quien propuso y participó en la creación de los consejos monetarios de Argentina, Estonia y Lituania.
Asesor del ministro argentino de Economía, Domingo Cavallo, Hanke dijo que la única forma de ayudar a México es insistir en que el Banco de México sea suprimido y reemplazado por un consejo monetario. Este nuevo organismo, indicó, “sería una institución transparente, libre de escándalos y corrupción y ajeno a toda clase de situaciones y exigencias políticas”.
Pero si el gobierno mexicano conserva su banco central, y además Estados Unidos lo asiste con préstamos de garantía, lo único que se está haciendo es echar fuego al dueño de una casa en llamas, dijo Hanke.
Pero en Davos, ese último día, ya no hubo funcionario mexicano alguno que pudiera responder al rumor y a la propuesta. Tampoco nadie que informara con detalle de las repercusiones y los compromisos del gobierno mexicano frente a la decisión del presidente de Estados Unidos, William Clinton, de hacer a un lado el Congreso de su país para ofrecer a México ayuda financiera.