El cementerio clandestino de la FEG

Como andan las cosas en el país, no debería impresionar demasiado el hallazgo de cinco cuerpos sepultados en el cementerio clandestino de la FEG. Ese camposanto se suma al de las fosas llenas de paisanos sacrificados en el norte o en el sur. Por desgracia, la aparición de cuerpos, mutilados o no, son nota rutinaria en nuestros medios. Dos días antes de que se inaugurara la pasada FIL, nos largaron tres camionetas con 26 cuerpos en la glorieta de los Arcos del Milenio; hoy tenemos ya en Jalisco números respetables en la cartelera de la muerte.

Pero que las víctimas sean adolescentes y sobre todo estudiantes de una preparatoria, aparte del señor de los churros, le da un giro diverso a los muchos casos de los crímenes que asuelan el país. Salvo en el caso del churrero, cualquiera metería las manos al fuego por los chicos; podría decir que las muertes no están vinculadas al recurrente expediente de conexión con el crimen organizado. No ha lugar tampoco lo de ‘víctimas colaterales’, pues no hubo confrontación de grupos. Su alto impacto reside en lo que implica el pasado criminal de la universidad estatal, que ahora reaparece. Presencias incómodas, regresiones que se quisieran calcinadas.

A la sociedad tapatía le reavivaron la memoria de tantos hechos delictivos con que la FEG ha signado nuestra vida por estos lares. “Polvos de aquellos lodos”, dijimos muchos. Pero a los administrativos de la UdeG les causó urticaria y les hizo perder la serenidad. Tonatiuh Bravo, que fue presidente de la FEG, realizó unas declaraciones condenatorias, que se le revirtieron. Marco Antonio Cortés, el rector en turno, se apuntó para solicitar el edificio y los terrenos de la FEG. Ambos mostraron el cobre.

No se midió Marco en incriminar al Frente Autónomo Universitario (FAU) y al Colectivo de Reflexión Universitaria (CRU) como solapadores de la FEG. ¡Qué bueno que ambos colectivos le dieron respuesta puntual y lo pusieron en su lugar! La deplorable conducta política que padece la UdeG proviene de la pandilla que la controla, no de profesores y estudiantes que levantan la voz de la dignidad universitaria para exigir que se enderece el barco. El testimonio de esta aclaración vale oro. El rector y sus paniaguados sólo escupen al cielo.

Dentro de la batahola de despropósitos, está la solicitud del director de los hospitales civiles, Jaime Agustín González Álvarez, para que la FEG sea desplazada de la planta alta de lo que fue la zona de emergencias de adultos del viejo nosocomio. Pidió que “se limpie de la zona un lugar donde están realizando estudios de laboratorio. Resulta absurdo que esté al lado de un hospital con certificaciones nacionales e internacionales. Pretendemos que de una vez por todas que se limpie el lugar, dejen de estar extorsionado a la gente de afuera, y nos regresen ese espacio”. Tras afirmar que no lo habían denunciado por temor a represalias, agregó: “Yo sé que había protección a estos grupos. Es gente que se dedica a amenazar. Yo creo que por eso no se ha actuado” (El informador, 19 de diciembre de 2011).

Hay que contextualizar el asunto. Los médicos formaron en 1964 la Alianza de Médicos Mexicanos, A.C. demandaban aguinaldos atrasados.; luego abanderaron conquistas laborales más generales, como el registro de su sindicato. Sus paros y manifestaciones fueron reprimidos, con despidos y requisas. Los inconformes no cejaron en su intento y en agosto de 1966 convocaron a una manifestación que fue brutalmente aplastada. Los cabecillas fueron encarcelados.

El presidente Díaz Ordaz promulgó el burdo delito de “disolución social” y desató la persecución. Los muchachos de 1968 sacudieron la conciencia nacional para que esta aberración jurídica fuese derogada; a la larga lo consiguieron. En 1971 recuperaron la libertad todos los presos del movimiento estudiantil. El beneficio alcanzó para los del movimiento ferrocarrilero de 1959. Pero los médicos permanecieron en las mazmorras hasta 1979. Los liberó la Ley de Amnistía de López Portillo.

La fórmula de tan inicua represión se gestó aquí, en Jalisco. Fueron activos del movimiento los doctores Partida Labra, Paredes Espinoza, Vargas Lozano, Hernández Chávez, Horacio Padilla y otros distinguidos obreros del bisturí. Días antes de la gran manifestación en la capital, los médicos locales habían tomado la dirección del Hospital Civil. El peor de todos los porros de la FEG, Isidro El Niño Urzúa, negoció el desalojo con el gobernador Medina Ascencio. Exigía que les echara encima a los rurales.

El timorato gobernador se defendió diciendo que se trataba de una clase ilustrada, contra la que había que actuar con inteligencia y civilidad. El Niño se lanzó contra los paristas y en una sola noche, a punta de catorrazos, limpió la escena. A cambio de tal hazaña, aquel gobernador entregó el hospital a la FEG, o a la UdeG, que eran lo mismo. Nada ha cambiado. Sólo que hoy ya no quieren ahí a la FEG.

Aplicar la fórmula a nivel nacional fue mera cuestión de tiempo. El experimento autoritario le mostró a Díaz Ordaz que si había funcionado en Jalisco ¿por qué no iba a operar a nivel nacional? Es comprensible que los gobiernos en turno, estatales y federales, abriguen a sus mafiosos y les apapachen con curules. El férreo control con que sujetan a la multitudinaria grey estudiantil tapatía, desquita este pago y más que pidieran. En política, lo que se vende es barato. Es la consigna que rige el cinismo de nuestros grillos. Dos cientos de miles de estudiantes, bien coordinados en acciones conscientes, bien informados, dispuestos a tomar la batuta de su propio destino, pueden resultar una píldora de difícil deglución para cualquier gobierno en turno. Los señores del poder están de plácemes con titiriteros tan eficientes. Mantienen a esta explosiva masa entorilada e inofensiva, como a peregrinos guadalupanos en espera de milagros, o distraída en resultados del futbol. No se columbra aquí una posible ruptura de grilletes en arranque de justa indignación.

En la tarea del sometimiento, del oscurecimiento de objetivos, de la prostitución de banderas de lucha, de la mediatización colectiva, la FEG jugó siempre bien sus cartas. Ya no lo hace ahora. Pero aquello le reditúa, hasta la fecha, gozar de tácita protección por los hombres del poder. Ningún gobernante se atreve a exhumar los crímenes pasados y las arbitrariedades enterradas. Exigidos por el escándalo presente, los actuales no hallan la puerta para resolverlo apegados a derecho. La complicidad con el pasado les atosiga a todos. Los únicos que se creen limpios son los administradores universitarios. Por eso profieren tamaños dislates hilarantes. Y así les va. l