Acosado por una crisis económica, financiera y monetaria que no toca fondo, el gobernador del Banco de México, Miguel Mancera Aguayo, señalado como corresponsable de la misma, por lo cual en diversos medios se ha pedido su renuncia, se defendió.
“La política monetaria (aplicada durante 1994) fue apropiada y de ninguna manera laxa”, sostuvo, tanto en un artículo publicado en forma simultánea en The Wall Street Journal y Reforma el martes 31 de enero, como en el documento Exposición sobre la política monetaria del 1º de enero al 31 de diciembre de 1995, enviado a la Comisión Permanente del Congreso de la Unión un día después.
Mancera Aguayo desmintió a quienes han dicho que el déficit de la cuenta corriente y la apreciación del tipo cambiario fueron las causas principales de la devaluación… aunque entre éstos se hallen el presidente de la República, Ernesto Zedillo Ponce de León, y el secretario de Hacienda y Crédito Público, Guillermo Ortiz Martínez.
El gobernador del Banco de México recordó que “se ha mencionado con gran insistencia que el déficit de la cuenta corriente y la apreciación del tipo de cambio real fueron los principales causantes de las devaluaciones de diciembre pasado”.
Dijo que eso es falso y puso como ejemplo la “apreciación” del yen, pese al gran superávit de cuenta corriente que, durante años, ha tenido Japón. Además, aclaró que el déficit de cuenta corriente “es resultado de un exceso de inversión sobre ahorro interno”; es decir, de una entrada de capital que, en el caso de México, fue “masiva”.
Si el peso se sobrevaluó, no fue por esa causa sino que respondió “a los incrementos de la productividad de la mano de obra”, y eso ni siquiera significó pérdida de competitividad de los productos mexicanos en el exterior, porque las exportaciones manufactureras “crecieron a una tasa anual superior a 22% en el lapso enero-noviembre de 1994, en relación con el correspondiente a 1993, la mayor de los últimos seis años”.
Así que, “en estas condiciones, difícilmente puede explicarse la pasada devaluación de la moneda nacional a partir del desarrollo del saldo de la cuenta corriente y del tipo de cambio real”.
Mancera Aguayo atribuyó la crisis a factores políticos:
“Al formular una política económica, sólo se pueden tomar en cuenta elementos conocidos o previsibles. Una política no puede ser válidamente condenada por no haber considerado eventos impredecibles. Por lo que toca específicamente a la formulación de la política monetaria de 1994, es claro que no se contaba, ni podía contarse, con un pronóstico de la sucesión de perturbaciones políticas que tuvo lugar, que incluyó acontecimientos no vistos en México durante más de medio siglo.”
Aclaró que, en el último de los casos, no fue responsabilidad suya, pues la determinación de la política cambiaria dejó de ser facultad de la Comisión de Crédito y Cambios del Banco de México a partir del 1 de abril de 1994 y “depende, en última instancia, de las decisiones del Ejecutivo federal a través de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público”.
Mancera Aguayo sintetizó las 44 páginas del documento enviado al Congreso en el artículo periodístico.
LA GLORIA
Durante 1994, los indicadores económicos y financieros principales sólo decían una cosa: México era casi el paraíso.
Todo crecía, y crecía bien, en los tres primeros trimestres del año: el producto interno bruto (PIB), 3.1%; la formación de capital, más de 8%; el gasto de inversión, en el renglón de construcción, 7.7%, y en el de maquinaria y equipo, 8.5%; el consumo total, 2.5%; el volumen de exportaciones de bienes y servicios, 8%…
Así, la producción industrial se expandió a una tasa de 4.2%, tan sólo de enero a octubre; el empleo en el sector privado formal registró a 453,300 trabajadores más en el Instituto Mexicano del Seguro Social, de enero a noviembre; la productividad media por obrero en el rubro manufacturero creció 10.1% en los primeros diez meses del año, lo cual llevó a un “considerable aumento” del ingreso promedio real de los trabajadores, de 3.7%, y la consiguiente disminución del costo unitario de la mano de obra, en 5.8%…
De enero a noviembre, las exportaciones del sector crecieron a una tasa de 22.1% y representaron 83% de las ventas totales de mercancías al exterior. La inversión extranjera directa “mostró una evolución muy favorable”, al representar casi 8,000 millones de dólares (70% más que en 1993), y fluyó de manera continua durante todos los meses del año…
El nivel de inflación (Indice Nacional de Precios al Consumidor) en 1994 fue el más bajo registrado en 22 años (7.05%).
Sí, era casi el paraíso, según se desprende del análisis realizado por el Banco de México en su Exposición sobre la política monetaria del 1º de enero al 31 de diciembre de 1994. Pero…
La cuenta de capital de la balanza de pagos (que incluye la inversión extranjera directa y de cartera; es decir, en acciones y mercado de dinero, así como el endeudamiento neto público y privado) tuvo un superávit de apenas 14,592 millones de dólares, de enero a noviembre (contra 23,778 millones de dólares en el mismo periodo de 1993 –es decir, 9,186 millones de dólares menos–), y eso sin contar que tal superávit “seguramente se redujo en diciembre de 1994, pues en ese mes se presentaron importantes salidas de capital”…
En ese mismo lapso, entraron en el país 4,716 millones de dólares en capital: 3,802 millones en inversiones en el mercado accionario y 914 millones en el de dinero.
A lo largo de 1994 se registraron niveles “más elevados” tanto de déficit comercial como de déficit de la cuenta corriente de la balanza de pagos, y también, en lugar de que entraran recursos, éstos salieron del país “como consecuencia de eventos políticos o delictivos (sic) de marcado impacto negativo”.
La suma de estos factores, “al darse en un contexto en el que se desarrolló la idea de que el déficit en cuenta corriente pudiera no ser financiable, determinó que el régimen cambiario resultara finalmente insostenible”.
EL INFIERNO
A final de cuentas, Mancera Aguayo reconoció que nada de lo hecho para evitar la crisis sirvió.
Para diciembre del año anterior, “se había agotado el espacio para que el tipo de cambio pudiera ajustarse al alza dentro de la banda de flotación; se habían abatido las reservas internacionales de 16,221 millones de dólares al 11 de noviembre a 11,146 millones de dólares al 16 de diciembre, y las tasas de interés reales se encontraban a niveles que implicaban graves dificultades a los intermediarios financieros y a los deudores, en general”.
Mancera Aguayo dijo que el mercado cambiario “estuvo sujeto a presiones recurrentes desde la mitad de febrero” de 1994, que se exacerbarían conforme ocurrían eventos políticos.
Fueron factores “exógenos”, consideró, los que provocaron la salida de capitales, con la natural presión cambiaria que implica, la cual obligó a subir las tasas de interés de referencia a más del doble (de 10.8%, a mediados de febrero, a 22.1%, a mediados de abril), a fin de reponer la falta de liquidez, para lo que también se emplearon los reportos y las subastas de crédito “en su mayoría a muy corto plazo”.
Los riesgos cambiarios de los inversionistas se cubrieron permitiéndoles sustituir valores gubernamentales denominados en pesos (Cetes, Bondes y Ajustabonos) por Tesobonos (que están amarrados al dólar), lo cual llevó la circulación de ese instrumento al equivalente a 26,400 millones de dólares.
Y mientras las reservas cambiarias caían en picada, los agregados monetarios desbarrancaban: los billetes y las monedas en circulación aumentaron aceleradamente (fenómeno que se registraba ya desde septiembre de 1993, según reconoce el Banco de México), debido a la cancelación de cuentas de cheques (cuyo saldo total en moneda nacional se desplomó en 8.1%) y de tarjetas de crédito (1.7% menos, tan sólo entre diciembre de 1993 y agosto de 1994).
Pese a todo, se defendió el gobernador del Banco de México, las medidas correctivas no sólo eran necesarias sino que cualquier otro camino por el cual se hubiera optado habría provocado mayores desajustes, incluyendo el aceleramiento de la fuga de divisas. Por tanto, concluye Mancera Aguayo, la política monetaria durante 1994 “fue apropiada y de ninguna manera laxa”.
Y para 1995, anunció que el programa de crédito interno (diferencia entre la base monetaria y la reserva de la propia institución), que fijó como límite 10,000 millones de dólares, ha sido formulado “sobre el supuesto de que el régimen de flotación va a continuar”. Es decir, la paridad del peso frente al dólar seguirá siendo determinada por el mercado.
Y ahora sí considera eventos impredecibles:
“No hay elementos para utilizar otro supuesto, ya que la escasez de reservas y diversos factores de incertidumbre impiden por ahora adoptar un régimen cambiario diferente.”
Por lo pronto, prevé una inflación de 19% (de diciembre de 1994 a diciembre de 1995) y un crecimiento del PIB real de 1.5%. “El Banco (de México) actuará en la forma que corresponda a fin de coadyuvar a lograr la meta indicada”, advirtió.
Para 1996, supone que habrá sido superada “la actual coyuntura económica”, por lo cual “será posible avanzar en la estabilización de los precios”, y vislumbra una inflación inferior a 10%.
Para no abandonar el optimismo, Mancera Aguayo habló del “objetivo de largo plazo” del Banco de México: “el logro de una tasa anual de inflación entre cero y 3%”.








