Las canciones de Joni Mitchell son como intensos atardeceres en los alrededores de la urbe. De torrente sereno, los cielos y el panorama de Joni (se pronuncia Yoni) siempre cargan nubes tempestuosas, simbólicas, que merodean a la pintora musical. Y si las pinceladas no brindan una imagen así, el cuadro será ella vestida de flores en el ojo de un huracán. Música y voz son pinturas de intimidad donde la artista canadiense se revela y seduce en marcos diferenciados.
Nacida el 7 de noviembre de 1943 en McLeod, Alberta, Roberta Joan Anderson estudió pintura y letras en el Alberta College Art School de Calgary; ahí se interesó por tocar el ukelele, tomando más tarde clases de guitarra folk al estilo Pete Seeger. En 1964 fue a Ontario para el Festival Folk, y ya no regresó a casa ni al bar local de sus pininos, La Depresión. Casó con el ahora olvidado Chuck Mitchell, divorciándose en Detroit al poco tiempo; allá Joni obtuvo reconocimiento de la escena folk, lo cual la hizo mirar más alto, y en Nueva York brindó a artistas folk sus composiciones, como Both Sides Now, que le grabó Judy Collins.
En 1967 la disquera Reprise la llamó y así brotaron sus Canciones para Gaviotas. Siguieron: Joni Mitchell (1968), Clouds (1969), Ladies Of The Laurel Canyons (1970), Azul (1971) y Para las rosas (1972), siendo recordada en buena medida por Woodstock en interpretación de Crosby, Stills, Nash & Young del disco Deja Vú. Joni cantaba con su guitarra en tonos abiertos, es decir, afinaciones poco tradicionales, con voz de sirena tipo Joan Baez. En 1974 Court and Spark y el vibrante Miles of Aisles impresionaron a la crítica por las composiciones transparentes en versos directos como los de Hombre Libre en París o Ayúdame, y los ritmos jazz de L.A. Express con Tom Scott en los metales.
La experimental Joni incluía tambores Burundi o ritmos que no encajaban en formatos convencionales (Héjira, 1976). Los esporádicos recitales invitaban a un arte refinado, intenso: bajos moviéndose plásticamente en el fondo, su guitarra disonante y su voz punteando con pulso elevado, mientras un clarinete o sax alto contestaban como eco de aves. El desaparecido Jaco Pastorius estuvo en el doble Don Juan’s Reckless Daughter (1977) y ella pasó los días finales de otro gran contrabajista, Charles Mingus, en su casa de Cuernavaca donde moriría. El artista negro autor de la espeluznante autobiografía donde denuncia el horror de ser negro en una sociedad para blancos, Menos que un perro, grabó con ella Mingus (1979).
Creadora de un estilo a partir de la sencillez popular, la reciente grabación de Joni, Indigo Turbulento, ha sido considerada como una de las más importantes de nuestra década. Con cuadros pintados por la propia Joni donde rinde homenaje a Vincent Van Gogh (la portada la muestra a ella como en el Autorretrato del holandés luego de cortarse la oreja; los demás óleos son alusiones a sus famosas pinturas), la compositora canadiense desgrana un compacto colorido en poesía y sonidos deliciosos, cosecha de un cultivo artístico que comenzó hace treinta años.
Ningún tema sobra: Domingo soleado, El sexo mata, ¿Cómo detenerme?, Indigo Turbulento, Perdiste tu última oportunidad, Lavanderías de Magdalena, Sin culpa, Borderline, Ivette en inglés, Deseo de pena (Sólo una canción triste). Ante todo y todos, Joni Mitchell, de manera más diáfana que muchos de sus contemporáneos, plasma (narra, añora) su vida interna. Amor con destrozos, relaciones cotidianas, sueños y ensoñación, erotismos y esoterismos personales. Indigo Turbulento traza una gran pasión por vivir y crear hasta que la paleta interminable agote al lienzo musical (Joni Mitchell, Turbulent Indigo, Reprise, distribuido por Warner Music México, 1994).








