Dentro de las letras mexicanas ha resurgido la novela histórica para entender los acontecimientos de otra manera. Esto ha sido así por el dominio en la historia de especialistas, que imbuidos del prurito científico, escriben únicamente de aquello que puede ser comprobado con documentos y simplifica los hechos. También por su cercanía con el gobierno destacan exclusivamente los acontecimientos llevados a cabo por los hombres del poder o por las clases triunfantes, y hacen a un lado los realizados por los indígenas, obreros y radicales. La novela histórica ha roto estas restricciones, y con imaginación ha incluido en sus narraciones a movimientos y personajes populares, además de crear ficciones para reinterpretar los sucesos históricos.
Así, hay relatos que han comprendido con mayor amplitud los problemas, sentimientos y pasiones de una época. Como ejemplo están las excelentes obras de Fernando del Paso, o de Carlos Montemayor. En esta corriente se ubica la novela de Salvador Hernández Padilla: Nunca aprendas a morir (Plaza y Valdés Editores; México, 1994. 274 pp.).
Nunca aprendas a morir gira en torno de los recuerdos que en sueños tiene Ricardo Flores Magón sobre los diferentes momentos de su vida, y la lucha política que emprendió contra la dictadura de Porfirio Díaz. A partir de esas remembranzas Salvador Hernández Padilla va entrelazando diversas historias de los rebeldes que lo acompañaron en esa gesta por la libertad, como su hermano Enrique, Librado Rivera, Fernando Palomares y Práxedis Guerrero. De esta manera rescata el espíritu radical del magonismo, que cuestionó la política del porfiriato y organizó diversas revueltas militares. Así como describe la persecución a la que fueron sometidos por la tiranía, y posteriormente por los miembros del movimiento antirreleccionista que dirigió Madero, para evitar que influyeran sobre la clase trabajadora de la ciudad y el campo, lo que los obligó a refugiarse en Estados Unidos.
En el exilio continuó la hostilidad hacia los rebeldes, ahora con la colaboración del gobierno norteamericano, y en repetidas ocasiones fueron encarcelados. Sin embargo, esto no impidió la crítica que hicieron a través del periódico Regeneración, ni la realización de algunas acciones bélicas, ya que contaron con el apoyo de luchadores sociales de ese país. Esta solidaridad le permite al autor integrar acontecimientos, personalidades y grupos del movimiento obrero y popular norteamericano como Emma Goldman, Alejandro Berkman, Joe Hill, Eugene Debs, Bill Haywood, los mártires de Haymarket, y los Wobblies, así como al submundo de la policía, los detectives privados, los esquiroles y los hombres corruptos del dinero y el poder. Todo ello con la finalidad de mostrar las coincidencias y ayuda mutua de los rebeldes de ambos países en su lucha contra las oligarquías.
En Nunca aprendas a morir, Salvador Hernández Padilla, a través del líder anarquista, evoca a una generación de hombres y mujeres que tanto en México como en los Estados Unidos emprendieron una lucha por la justicia y la dignidad de los trabajadores. El apego a los acontecimientos, y la imaginación con que se exploran los hechos y las motivaciones íntimas de los actores, hace que este libro sea un antídoto ante el dominio de esa historia que destaca las biografías de los poderosos en los medios impresos y la televisión, por presentar a esos mandones como lo que fueron: tiranos ávidos de poder y sangre que no se cansaron de humillar a los desposeídos, y a algunos de éstos como seres combativos, románticos, ingenuos y en ocasiones derrotados, pero jamás vencidos.








