El ¡Ya basta! de indígenas, obreros y otros grupos sociales organizados debería ser pronunciado también por los cinéfilos, cineadictos y espectadores amateurs, quienes son los que padecen la mediocridad de nuestra cartelera sujeta a los intereses comerciales del circuito hollywodense y de los churros mexicanos, dañando por omisión nuestro derecho a la cultura cinematográfica universal, y ese “ya basta” debería formar parte indispensable de los festejos por los 100 años del cine.
Entre lo “visible”, pues, del circuito comercial, está ahora la película estadunidense Kalifornia, una cinta de Dominic Sena que tiene un inicio de alguna manera caótico, pero que casi intuitivamente va armando un atractivo road picture de suspenso protagonizada por dos parejas de jóvenes actores con una interpretación estupenda.
Laura Dern y Nicolás Cage en Salvaje de Corazón, de David Lynch, parecen ser la Eva y el Adán de un cine de historias sobre la violencia cruda del posmodernismo cuyo corazón es una pareja que derrocha ternura, mucha inconciencia y mucho sexo. Una pareja deliciosa en este sentido anima la excelente Pulp Fiction (1994) de Quentin Tarantino –sólo estrenada en México en el Festival de Cancún– y los asesinos naturales de Oliver Stone, en un argumento también de Tarantino. El, es un hombre violento que no se toca el corazón para asesinar a sus enemigos, pero a su mujercita no se le toca ni con el pétalo de una rosa, y ella es en realidad una fragilísima niña-mujer víctima que representa en el fondo la fuerza dominante de la relación.
En Kalifornia (EU, 1994), esta pareja interpretada por Juliette Lewis –la misma de Natural Born Killers– y Brad Pitt en el papel de un asesino en serie, cumple con los requisitos formales pero no consigue los recovecos sicológicos de Tarantino.
Kalifornia trata sobre una pareja de intelectuales light –David Duchovny, un escritor y su compañera fotógrafa, Michelle Forbes– que planean un viaje rumbo a la soñada California, pero que en el itinerario recorren sitios de asesinatos famosos para armar un libro de textos y fotografías. Sus compañeros de viaje son una pareja de desconocidos, y uno de ellos, asesino sicótico.
Kalifornia logra avanzar en su trama gracias a un buen ritmo y un delicado trabajo del detalle: la fotógrafa es intuitiva, observadora, y su ojo profesional nos guía por la sospecha mientras el escritor se fascina con los recovecos del alma ajena, y en el fondo lo que ambos están realizando metafóricamente es un viaje a su yo más profundo, para encontrarse con ese monstruo que todos los días invocan en su trabajo; él, el de la nota roja, ella, el de la sexualidad cruda, y sólo destruyendo a ese personaje que los representa a ellos mismos en su parte más oscura, pueden acceder a otra vida. Incluso su primera llegada a California es a un mundo desolado por los experimentos nucleares y habitados por maniquíes que hacen aún más siniestro ese pueblo fantasma. Sólo tocando el infierno podrán después elevarse.
La historia de Stephen Levy y Tim Metcalfe construye un viaje interesante por cuatro personalidades al parecer opuestas pero que van alimentándose la una de la otra. A veces, algunas frases maniqueas en boca del escritor (en off), como “si se necesitara una definición de basura blanca humana, esa sería Adele” y su compañero, un final rebuscado y mediocre parecen contradecir la fuerza interna de la película, que a pesar de todo consigue salvar del arquetipo a los buenos y a los malos. Y eso es suficiente.








