El Centro Cultural Helénico ha vivido en los dos últimos años su mejor época, por la cantidad y calidad de los productos teatrales ahí presentados y por haber logrado lo que parecía imposible, en estos años difíciles: pluralidad en las ofertas, cartelera permanente y afluencia de público, si no masivo, sí constante.
De lunes a lunes hay ofertas para toda clase de espectadores y existe, sobre todo, la posibilidad de que jóvenes creadores muestren sus trabajos, aunque sólo sea un día a la semana y los sometan a la difícil prueba de un público exigente.
De jueves a domingo, en el Teatro Helénico, eje de este espacio cultural, y con el aval del autor español José Sanchis Sinisterra, quien ha declarado a los cuatro vientos que está muy feliz con el montaje mexicano, continúa en cartelera ¡Ay, Carmela! de su autoría, con Dolores Heredia y Jesús Ochoa, dirigidos por Otto Minera, quien dirige también el Centro Cultural.
En La Capilla, espacio para música y teatro, en su temporada de invierno, el Conjunto de Cámara de la Ciudad de México presenta cuatro obras del compositor mexicano Eduardo Angulo, los jueves.
Y en el pequeño y cálido foro La Gruta hay teatro todos los días de la semana. Los martes, El verdadero oeste, de Sam Shepard, dirigido por Sergio Zurita; los miércoles, la admirada Sonia Furió y Abraham Stavans actúan El péndulo, para quien quiera volver a ver esta obra de Aldo Nicolai que esta pareja representó hace algunos años o para que la conozca quien no la vio; los jueves y viernes, una de las mejores obras estrenadas el año pasado, Carta al artista adolescente, dirigida por Martín Acosta, montaje basado en la novela de James Joyce, que fue reseñado ya en estas páginas; los sábados y domingos, La lucha con el ángel, de Jorge Ibargüengoitia, en su estreno mundial, dicen, dirigida por Rubén Ortiz.
Y los lunes, en La Gruta, puede verse a Zaide Silvia Gutiérrez en Una mujer sola, de Franca Rame y Darío Fo, dirigida por la conocida actriz Margarita Isabel, que continúa con este monólogo su incursión en la dirección escénica.
La cartelera de la Ciudad de México ofrece varios monólogos (El contrabajo, Einstein, El vampiro de Londres) que han vuelto a los escenarios por las difíciles condiciones que existen para la producción de obras con grandes repartos y porque para los actores siempre es un reto seductor sostener la atención del espectador durante hora y media, sólo con sus recursos.
No es la primera vez que Zaide Silvia Gutiérrez (aquella inolvidable actriz de la película El Norte) se enfrente a un monólogo. Ya lo hizo y lo hizo bien, en el Wilberto Cantón con un texto de Emilio Carballido que dirigió Ricardo Ramírez Carnero, hace tres años; ahora, acomete este texto italiano, traducido por Margarita Villaseñor y adaptado (creemos) al lenguaje, a la psicología y a la realidad de la mujer mexicana por la actriz y la directora.
Una mujer sola está encerrada en su casa y habla por una ventana con su vecina, invento, fantasía, recursos dramatúrgicos, pero trae al escenario la presencia de su hijo pequeño, de su cuñado inválido, de un mirón morboso, de un añorado amante, de un cobrador y de su marido, carcelero y opresor.
En un monólogo delirante, esta mujer, que puede ser cualquier mujer de cualquier ciudad mexicana, entre risas amargas que provoca, fantasea, recuerda, revive y revela la situación real y simbólica, cómica y patética que sufre entre cuatro paredes, y muestra fársicamente la condición femenina sometida al oprobio; pero al final hay una decisión inesperada que reivindica su libertad, solución justa en el teatro, resolución ilícita en la vida.
La música, certeramente usada, juega un papel importante, convirtiéndose en elemento dramático y provocador de emociones. La ausencia de palabras, cuando la actriz baila para sí misma y no para la vecina, crea los momentos de mayor intensidad dramática, porque se muestra al desnudo la dolorosa soledad de esta mujer prisionera.
Otra vez Zaide Silvia Gutiérrez nos sorprende con su trabajo valientemente asumido, profesionalmente resuelto, con sinceridad en la expresión, con energía incesante y con indudable talento, conducida suavemente por la directora.
Aunque cuesta cierto trabajo al principio entrar emocionalmente a la convención del monólogo, a pesar de que a veces la tensión dramática se afloje, al alargarse innecesariamente la anécdota, y no obstante que es difícil, a veces, separar los estilos de la actriz directora y de la actriz-personaje, el resultado final es más que convincente y satisfactorio.
Ahí está, con una sencilla y digna producción, Una mujer sola hablándonos por la ventana, todos los lunes en La Gruta. No hay que temerle al monólogo si está bien hecho y hecho por profesionales.
Y ahí está el Centro Cultural Helénico, con una amplia gama de ofertas, unas mejores que otras, a veces algunas fallidas (nada es seguro en el teatro), pero siempre vivo, caliente, activo.








