Ephraim Katz señala que Danny Elfman: “A partir de 1985… desarrolló una asociación sin formalidades con el director Tim Burton (1960), para quien ha escrito varias partituras tan barrocas y elementales como el estilo del cineasta”.
No carece por completo de veracidad lo que afirma Katz, pues la música de Danny Elfman (1954) para el cine pone de manifiesto –una vez y otra– cómo la tarea creativa de este compositor norteamericano se ciñe a un repertorio básico, con sólo unos cuantos recursos.
De manera palpable, los mismos rasgos o situaciones características emergen reiterativamente en su materia sonora. Sin embargo, la gran imaginación de Elfman aporta una vitalidad y fascinación patentes a su trabajo cinematográfico. Aun cuando el espectador sea consciente que está escuchando, de manera muy semejante, cuanto oyó en otro film musicalizado por este compositor, el poder expresivo, arrastre, oportunidad dramática y opulenta adecuación de su trabajo, ejercen atracción e impacto de modo inmediato, desechando al instante (casi) cualquier objeción.
Así, la música de Elfman escrita durante estos últimos años para tres films de Burton: El joven manos de tijera (1990), Batman, el regreso (1992) y El extraño mundo de Jack (1993), tiene aciertos y semejanzas en proporción idéntica. El carácter irreal –tan similar– de la narración efectuada a lo largo de esta trilogía, se presta de manera óptima para que el músico despliegue su capacidad inventiva, aplomo técnico, soltura humorística e incuestionable destreza artesanal.
Dicha amalgama, impresa con brío en cada una de las partituras de Elfman, lo sitúa como el compositor más brillante –o, si se prefiere: el de mayor importancia– trabajando para Hollywood en la actualidad. La diferencia con rutinarios tan hábiles –pero carentes por entero de fantasía– como el ubicuo Alan Silvestri (1950), resulta abismal.
Entre los rasgos distintivos de Elfman, perceptibles a la mera audición, pueden citarse: bajos muy apoyados; presencia notoria del arpa; predominio de la celesta; trazo melódico recurrente (que con frecuencia parece recordar el dibujo de Kurt Weil); la cuerda como componente principal de la orquesta, encargada de líneas amplias, muy cantadas, así como contornos con efectismo pronunciado; los metales manejados en bloque, con solos ocasionales de corno o trombón; motivos que al ser delineados con eficaz claridad, cuando se entretejen toman el aire de hacer avanzar el discurso (o el contexto) de manera compulsiva. De modo primordial en los episodios de carácter nostálgico o introspectivo.
Durante las secuencias con clima agitado o violento, Elfman recurre a ritmos incisivos, cuyo vigor adopta como modelo lo mismo a Stravinski que Prokofiev. Esto, y una predilección evidente por expandir así como enfatizar los atributos medulares del tema que trata, le sitúan dentro de una clara orientación expresionista, que lo respalda y enriquece simultáneamente.
Por fortuna, hay actualmente en el mercado una grabación de la música de El joven manos de tijera (MCAD 10133). Ahí puede corroborarse la manera en que, aun disociada de la función cinematográfica para la que se creó originalmente, la música de Danny Elfman se desenvuelve con plasticidad envidiable, lirismo exaltado y fluidez notoria, aportando un gozo continuo a quien la escucha.
N.B.– Danny Elfman ha escrito también el delicioso tema musical, cuyo nerviosismo intencionado así como agilidad festiva, enmarcan auditivamente el principio y fin de cada episodio en la serie televisiva Los Simpson: corrosivo equivalente norteamericano de La Familia Burrón.








