Entre las virtudes fundamentales del liderazgo destaca la capacidad para la integración del equipo humano. Se afirma que debe tener buen juicio en la selección, no basta el currículum brillante, las excelentes calificaciones, en su tránsito sobre las universidades, el hábito para la integración erudita. Todos estos datos y antecedentes son valiosos y tienen peso específico alto en la elección de la persona, pero no agotan el inventario el perfil.
Debe añadirse la vocación y el dominio sobre el área de gobierno que a su responsabilidad se encomienda, capacidad ejecutiva, habilidad negociadora, buen trato con la gente, talento para descender desde las nubes del conocimiento teórico a la tierra que fecunda el pensamiento y lo convierte en obras.
En estas consideraciones sobre el liderazgo, dicen los que saben, que el jefe, el líder, debe dar al equipo certidumbre en la “chamba” nutrida en la comprensión, la buena voluntad para otorgar la segunda oportunidad, la criba del tiempo para atemperar errores y multiplicar aciertos.
Vienen a presencia estas ideas sobre liderazgo y equipo frente ala abundancia de cambios realizados en el Gabinete en el brevísimo espacio de escasas ocho semanas. En cincuenta días dos Secretarios de Estado, Hacienda y Educación, y el Procurador de Justicia del Distrito Federal han causado baja en el equipo inicial, y en operación carrusel para el repuesto han sido removidos de la designación de origen a tareas diametralmente opuestas a las que inicialmente les fueron asignadas.
En análisis más fino conviene recordar que el Doctor Guillermo Ortiz Martínez fue nombrado Secretario de Comunicaciones y Transporte y veintitrés días después es reintegrado a la Secretaría de Hacienda que durante doce años fue el escenario de su quehacer y la fuente de su experiencia; que al Doctor Warman se le asigna la Secretaría de Agricultura y se le transfiere a la Reforma Agraria; que al Lic. Labastida Ochoa se le asigna la Dirección de Caminos y Puentes Federales de Ingreso y se le cambia a la Secretaria de Agricultura oficio totalmente ajeno a su tránsito prolongada sobre el organigrama del poder; que al de la Reforma Agraria se le transfiere a la tarea esencial sobre la que descansa el hoy el mañana del destino nacional: la educación. Y así en este anárquico y desconcertado ajedrez se suceden nombramientos y remociones en áreas secundarias sin dar por lo menos tiempo para familiarizarse con nombres, personas y biografías.
En el caso del Secretario de Educación quedó insinuada, deslizada, la razón de la mentira como determinante de la renuncia “acordada” por el Presidente de la República. Entre candores, vanidades y nostalgias harvardianas el titular inicial se ostente doctor y resulta que ni siquiera había terminado una carrera universitaria y para desagraviar a la verdad ofendida que se apunta como testimonio y virtud teologal para el sexenio que hoy es aurora, le cortan la cabeza. Quedan claras lección y advertencia: la mentira es pecado mortal y quien incurra en ella será excomulgado.
Por supuesto, resulta encomiable otorgar a la verdad en el decir y el hacer la más alta prioridad, sobre todo en un sistema político que durante más de medio siglo ha hecho de la mentira y el engaño la herramienta para construir la mitología del Presidente dios. Pero en el caso del exsecretario de Educación se antoja excesiva y desproporcionada. Su pecado fue venial, no se nutrió en la insolencia de la soberbia sino en las frivolidades de la vanidad personal.
La crisis que México padece ha llevado a la mitad del foro la ira que provocan las mentiras que nutrieron las glorias de papel y utilería y dieron sustento al sexenio que acaba de terminar. Los protagonistas mintieron, engañaron, nos dijeron que las penalidades del éxodo habían terminado y que estábamos en la puerta de la tierra prometida. Y todo fue engaño. A los veinte días del plazo terminal los mexicanos regresamos, dolidos, frustrados, ofendidos al punto de partida: la crisis más aguda de los últimos tiempos en la frase que ha servido de pórtico sórdido y monstruoso a los últimos cuatro sexenios. Y no ha signos de castigo, ni siquiera de voto de censura.
En la designación del nuevo Secretario de Educación hay desconcierto. Cuando fue designado –hace apenas ocho semanas– Secretario de la Reforma Agraria, el currículum oficial fue breve y elusivo, y al incorporarlo a Educación no se destacan, para su bien personal y tranquilidad del pueblo, los perfiles humanos y de conocimiento que acrediten su nueva responsabilidad. Quedan dudas, incertidumbres, incógnitas. Reforma Agraria y Educación exigen perfiles humanos diferentes, opuestos y tal vez contradictorios. Las reformas constitucionales recientes convirtieron a la Reforma Agraria en una Secretaría que sólo requiere habilidades de liquidador para su próxima y fatal extinción. En cambio, Educación exige al desingado pasión por la enseñanza, vocación para entender el hoy con sus limitaciones y el horizonte con sus desafíos. No es sólo un editor de textos gratuitos para enseñanza primaria y secundaria, o un constructor de aulas, o un administrador del presupuesto más alto a la Secretaría asignado; es mucho más; es responsable de liquidar pronto y bien el analfabetismo todavía importante en las clases marginadas, promover y conciliar nivel académico y la justicia social en los cientos de miles de maestros agrupados en el sindicato más grande en México, de replantear las carreras universitarias para adecuarlas a las exigencias del desarrollo nacional. Y en el desenlace resulta que hombre y perfil se igualan y equiparan entre una Secretaría en liquidación y otra que requiere preparación, talento, visión, pasión.
Estos tiempos de tempestad requieren del líder prudencia y sabiduría. El equipo humano es fundamental en las tareas del rescate y de la reconstrucción. La impaciencia es mala consejera y los cambios bruscos y multiplicados en el equipo de trabajo lejos de resolver los problemas pueden darles virulencia. El oficio se aprende en la intemperie cotidiana y conviene dar tiempo para que conocimiento, vocación y virtud maduren y den frutos. Quitar y poner sin tasa y sin medida puede resultar medida simplista y contraproducente. Integrar el equipo, madurarlo, formarlo, darle certidumbres de seguridad, son medidas que pueden rendir abundancia de frutos. En México hay experiencias amargas del quita y pon como medida ineficaz y el ejemplo fresco y reciente está en el sexenio apenas liquidado. Ya lo decía Fenelón, “la impaciencia pierde a los negocios”… y tal vez a las naciones.








