Inestabilidad en la SEP

En poco más de tres años han desfilado por la SEP seis secretarios (Bartlet, Zedillo, Solana, Pescador, Alzati y ahora Miguel Limón); los motivos de cada cambio han sido variados, pero sería difícil afirmar que el principal haya sido el bien de la educación; son otras las razones, casi siempre de índole política o de conveniencia coyuntural. Tan repetidas sustituciones tienen consecuencias negativas para un servicio público que, además de estar presente en todo el territorio nacional, es de enorme trascendencia para el futuro del país. Más que otras tareas gubernamentales, la educativa requiere conducción firme y serena, visiones de largo plazo, juicios maduros, conocimiento profundo de las complejidades del sector y habilidad política.
De Vasconcelos al presente, han pasado por esta Secretaría 28 titulares y 2 encargados del despacho; cuatro han repetido (Puig Cassaurano, Bassols, Torres Bodet y Solana): en 73 años el promedio de tiempo por secretario resulta de dos años y siete meses. Tuvimos un largo período con titulares estables: de Gual Vidal (1946) a González Avelar (1988) hubo cinco sexenios de un solo titular y otros dos períodos con un solo cambio (Muñoz Ledo y Solana, Reyes Heroles y González Avelar); la acusada inestabilidad es fenómeno reciente.
Tres son las principales consecuencias de estos repetidos cambios. La primera es el desconcierto que causan en los maestros y, también, en muchos padres de familia. Los profesores suelen afirmar que con cada nuevo secretario se modifican las políticas y programas y que ellos no saben a qué atenerse. Esta apreciación no es enteramente correcta: muchos programas importantes continúan funcionando sin alteraciones sustanciales. Ejemplos actuales, entre otros, serían los planes de estudio de primaria y secundaria, los mecanismos de la carrera magisterial o los programas para abatir el rezago educativo (PARE y PAREB) tendientes a compensar las desigualdades en los Estados más necesitados.
Otros programas sí se alteran o pueden alterarse con un nuevo secretario; también es verdad que suele variar la atención que se presta a algunos problemas. En estos momentos piénsese en las estrategias de alfabetización cuya reformulación se venía preparando o en las reformas, tantas veces postergadas, de las escuelas normales o de la actualización del magisterio. El hecho es que muchos maestros perciben los cambios de secretarios como falta de continuidad; se desconciertan y desaniman.
Una segunda consecuencia de la rotación de titulares es el freno de no pocas actividades al interior de la Secretaría. Un nuevo secretario no llega solo; por lo general trae un equipo de colaboradores que coloca en los mandos superiores y medios; como con frecuencia los recién llegados no conocen el sector, los trabajos se interrumpen por semanas o meses, con perjuicio del servicio educativo. Al INEA, por ejemplo, ha llegado con su nuevo director general, el exgobernador López Moreno, un numeroso equipo de chiapanecos, varios de ellos muy capaces, pero sin experiencia alguna en alfabatización o educación de adultos; experimentarán y aprenderán pronto, nadie lo duda, pero la transición afectará los tiempos y calidades de los servicios que se esperan de esta importante institución.
Otros efectos negativos se han seguido de los recientes cambios de funcionarios: los gobiernos de los estados se han visto obligados a rehacer sus relaciones con sus contrapartes federales, las universidades públicas han experimentado repetidas crisis de incertidumbre presupuestal, sobre todo en relación con los apoyos del Fondo de Modernización de la Educación Superior, y la posición de la SEP en las negociaciones con el SNTE se ha debilitado por la falta de continuidad.
Las dos consecuencias que hemos comentado no tienen, ni de lejos, la gravedad de la tercera: el reciente carousel de secretarios ha provocado una pérdida de aprecio por la educación. Dadas las formas y circunstancias que, en general, han acompañado estos movimientos, la opinión pública saca la conclusión de que la educación no es importante para el gobierno, el cual la subordina a otras lógicas e intereses. Esto sea dicho a pesar de que dos de los recientes secretarios, Solana y Pescador, sí tenían, en mi opinión, la estatura necesaria para realizar una labor trascendente; pero no contaron con el tiempo suficiente.
A Bartlet se le dio una salida como gobernador de Puebla cuando se suprimió la SPP y Zedillo quedaba sin cartera; éste a su vez dejó la SEP para irse a coordinar la campaña de Colosio; Solana es nombrado porque se requiere el puesto de canciller para Camacho; Alzati desplaza a pescador, quien estaba desempeñándose con gran aceptación, por conveniencias internas del grupo zedillista; y las torpezas de Alzati conducen al cambio de la semana pasada. Ante estos accidentados movimientos, vale preguntar: ¿Dónde queda el respeto a la educación? ¿Dónde la visión a largo plazo y el liderazgo intelectual que requiere su desarrollo? ?Cuáles son las prioridades reales?
Los repetidos cambios de titulares muestran que se ha utilizado a la SEP para pagar deudas políticas, favorecer carreras personales o mantener la cohesión del grupo gobernante; la atención a las gravísimas necesidades educativas de la población es algo secundario en estos juegos de poder.
En este contexto francamente descorazonador, agravado por las penosas circunstancias que motivaron la remoción de Alzati, llega a la Secretaría Miguel Limón, quien cuenta en su biografía antecedentes nada despreciables para llegar a ser un buen secretario. Conoce el sector, pues fue secretario académico de la Universidad Pedagógica Nacional, subsecretario de planeación en la SEP y colaborador en varias instituciones relacionadas con la educación; a estas experiencias une la de haber ocupado una subsecretaría en Gobernación y otros puestos que requerían capacidad de negociación, manejo de conflictos y disciplina de trabajo, cualidades que le serán ahora sumamente necesarias. Ojalá con él la educación nacional encuentre la estabilidad y la conducción sabia y madura que requiere.