Borrachas de sombra

El sensus communis de un amplio sector de mexicanos en relación con el Presidente de la República ascendió hasta la portada de un reciente número de Proceso: “No puede”. No comparto el parecer. Trataré de explicar mis razones, pero considero necesario anticipar una opinión: Es cierto que el doctor Zedillo no tiene, no quiere tener, no ejerce ni quiere ejercer el poder presidencial como sus predecesores, pero también lo es que, frente a todos los demás sectores de la sociedad mexicana, es todavía lo más fuerte que hay.
En efecto, al inicio de su mandato, el doctor Zedillo concretó una serie de signos notorios: se reunió con los diputados, con los senadores y con los asambleístas del Distrito Federal. La crisis económico-financiera le cayó encima al esfuerzo. Los errores cometidos para tratar de resolverla, también. Las pretensiones absurdas de algunos legisladores norteamericanos se añadieron a la losa. El rumor irresponsable de algún boquiflojo en torno de los asuntos poselectorales tabasqueños vino a empeorar las cosas. Se olvida empero que, mientras todo esto sucedía, se armaba el documento de compromisos firmado en Los Pinos, se constituía la Comisión Legislativa para Chiapas, se abría el espacio allí mismo para las labores de la comisión que encabeza don Samuel Ruiz y se lograba el primer encuentro directo Estado-rebeldes.
¿Débil el Presidente? Un poco, pero no tanto. Piénsese que cerca de él, al alcance de una sugerencia o de una orden suyas, se encuentran los grupos económico-políticos proclives a las maneras rudas y más que prestos a usar los instrumentos de que siguen disponiendo para “hacerlo fuerte”. Cerca de él, también, un Ejército Nacional que ha aceptado sin entusiasmo pero con lealtad el papel que la Presidencia le ha asignado en el conflicto chiapaneco. Asimismo, cerca de él, y dispuestos a acercarse más, todos los mexicanos que están hartos de lo que, según piensan y sostienen, es el constante perjuicio que la política que estiman “débil” ocasiona a la economía. Listos para apoyarlo, además, quienes desde dentro o desde fuera del país propician un capitalismo brutal que, a partir de gobiernos musculosos, garantiza “estabilidad” económica a punta de represión política, social y sindical.
El ejercicio dialogante del poder presidencial no gusta a muchos. Quienes hemos luchado por que tal poder quede acotado no sólo por los márgenes constitucionales, sino por una voluntad verificable de consenso, negociación, concertación y acuerdo, mal haríamos hoy si hacemos lo que, finalmente, generaría un retroceso al pasado simple. Lo que se vuelve complejo se perfecciona, decía Theilard de Chardín, pero en la historia colectiva significa ritmos más lentos: los de reuniones, intercambio de propuestas, recepción y criba de información, decisiones tomadas en común… Hay otros caminos posibles. Unos de éstos, de alta velocidad, fue el que tomó José López Portillo para estatizar la banca. ¿Es el deseable, el deseado?
Quizá lo más débil, en este momento, sea no tanto el Presidente cuanto el PRI. Ya dijo la sabiduría popular tamaulipeca que “pa’ que la barca flote, a fuerza ha de estar en el agua”. Y desde que el doctor Zedillo anunció que en su período presidencial sería “miembro pasivo” de su partido, parece que en el PRI nadie sabe qué hacer. No faltan, en el “edificio inteligente” de ese partido, personas talentosas y capaces. Lo que no hay es liderazgo partidista. En consecuencia, no hay más entusiasmo militante que el de la maquinaria electoral aceitada con dinero o prebendas. Los priístas están desentusiasmados. ¿Quién los reentusiasmará?
Y no es que el partido hubiese desaparecido, qué va. Después del sainete tabasqueño, Porfirio Muñoz Ledo podría escribir un libro de título análogo al que hizo André Fossard acerca de Dios:
“El PRI existe, yo lo he encontrado”. Pero no se le ve cabeza. De allí su mal de Parkinson político: mucho movimiento, pero ninguna coordinación y, por tanto, gran capacidad instalada de destrucción. La cabeza pétrea aplastando el cuerpo musculado –me lo sugirió un viejo y sabio periodista– como en la pintura de Siqueiros.
¿Por qué carece de líderes el PRI? Porque durante todos los años de su existencia no ha sabido más que seguir al Presidente de la República y, cuando alguna cabeza ha sobresalido o intentado sobresalir más que la de aquél, ha sido cortada, doblegada o mandada a algún destino consular o diplomático. Madrazo –el mayor– acabó como acabó. Aquel intento de “primero el programa y luego el hombre”, de impulso reyesheroliano, se fue al traste de un dedazo. Una sola luz: la de Los Pinos. Lo demás, tinieblas. Por eso hoy las cabezas, en lugar de merecer la metáfora que Agustín Lara dedicó a sus jarochas palmeras, parecen borrachas de sombra. Ya no pueden ser presidencialistas o caudillistas –lección que sería útil para el expriísmo cuauhtemocista y a láteres, promotores de un partido bicápite, que pasa del radicalismo verbal a la euforia pactista y de ésta al ultimátum demagógico–, pero aún no saben ser demócratas. Dan la impresión de ser el lugar geométrico de todas las impotencias.
Pero tienen un deber y un derecho: ser partido, generar liderazgos propios, atreverse a ser no el esqueleto capaz de armar los últimos fraudes electorales posibles, sino el cuerpo con cabeza y alma dispuesto a construir junto con los demás partidos el futuro democrático común. La normalidad democrática a la que todos aspiramos lo requiere. Los requiere. Pero tienen poco tiempo para moverse en esta dirección. Vuelvo al filósofo de Güémez: “Agua que no corre se vuelve charco”.