En la prensa de Estados Unidos se informa con profusión de la forma desleal a México en que procedió el gobierno de Carlos Salinas con el afán de imponer a su sucesor.
El diario The New York Times afirma en su edición del martes 24 de enero de 1995 que mientras el Departamento del Tesoro de EUA advertía en varias ocasiones al gobierno mexicano que el aumento de la deuda a corto plazo estaba alcanzando niveles muy peligrosos, el presidente Bill Clinton elogiaba y ponía a México como ejemplo de mercado emergente.
Se dice en el mismo periódico que el gobierno de Salinas respondió al Departamento del Tesoro que sabía de los riesgos pero que no podía hacer nada hasta después de las elecciones. Una devaluación antes del 21 de agosto hubiera complicado la elección de Zedillo y perjudicado a la vez las aspiraciones de Salinas para ocupar la presidencia de la Organización Mundial de Comercio.
En los últimos meses del año 1994 los tecnócratas salinistas dieron una cerrada batalla contra el tiempo pues las reservas en divisas disminuían día con día. Después del 21 de agosto, hechos enormes gastos en las campañas, especialmente en la del candidato presidencial, se siguió despilfarrando el dinero que apenas había para impulsar la candidatura de Carlos Salinas a la presidencia de la OMC.
La práctica del engaño sistemático ha sido norma en las autoridades gubernamentales mexicanas en su trato con el pueblo. Pero en el último año del sexenio salinista, también practicaron la mentira con los inversionistas foráneos. Los que sí dejan sus recursos en el país, los que invierten en industrias, en obras de infraestructura, no los especuladores, no los que solo vienen a depositar sus dólares en la bolsa de valores. Millones de dólares se gastaron para convencer a los empresarios de que la inversión no especulativa en México era segura.
Por otro lado, todavía no explica el gobierno dónde están los 29 mil millones de dólares que, en los llamados tesobonos, debe México a inversionistas nacionales y extranjeros. Son bonos gubernamentales en pesos, con garantías de pago al tipo de cambio del dólar en el momento de su vencimiento, tanto del capital como de los intereses. No se explica fácilmente cómo pudo acumularse una deuda tan enorme a corto plazo. Se trata de una cantidad mayor que la tercera parte del total de la deuda externa del sector público, ¡a pagar en solamente un año!
La oferta de un crédito por 40 mil millones de dólares para México del presidente Bill Clinton no se da para resolver sólo problemas de sus vecinos del sur. En su alocución al Congreso de EUA transmitido por radio y TV a toda la nación vecina del norte, Clinton dijo abiertamente: “Sé que no es muy popular decirlo esta noche, pero tenemos que actuar. Y actuar no por el bien de México sino por el bien de millones de estadunidenses cuyos medios de vida están ligados al bienestar de México… Si queremos preservar empleos y exportaciones, y salvaguardar las fronteras de Estados Unidos, debemos aprobar nuestro programa de estabilización (de la economía mexicana) y ayudar a poner a México otra vez sobre el camino”.
El proyecto que Clinton ha propuesto, que establece garantías concretas para asegurar el pago, contiene puntos lesivos a la soberanía nacional, ese concepto que desde el gobierno, sobre todo en el régimen pasado, se decía que era anticuado. Son condiciones que pretenden restringir la emigración de México a EUA, nuestras relaciones con Cuba y la vigilancia del cumplimiento de algunas normas ambientales, además del petróleo que exportamos como garantía directa. Hay voces en EUA que proponen la venta de Pemex a la iniciativa privada. Como la respuesta es inmediata y negativa, en el Congreso de EUA se exigió como garantía para otorgar el aval por el crédito, las divisas que percibimos por la exportación de crudo mexicano. También, de inmediato, el director de Pemex, Adrián Lajous anuncia que la garantía se da con la facturación de nuestras exportaciones y que semejante procedimiento es “normal” y que ya antes se había procedido de manera semejante.
José Angel Gurría explica el método a los diputados el 25 de enero: los pagos por las ventas de Pemex se canalizarán al Banco de la Reserva Federal de Nueva York, mediante una cuenta del Banco de México que, aclara, EUA no usará a menos que México incumpla sus compromisos como deudor. “Esta fórmula, dijo Gurría, estará vigente entre hoy y el año 2005… y en ningún momento vulnera la soberanía sobre esos recursos”(¡).
Es inocultable la debacle del proyecto económico neoliberal impuesto a México desde hace dos sexenios y que fue llevado a sus extremas consecuencias por el gobierno de Carlos Salinas los últimos seis años. El peso sigue cayendo y a pesar de las negociaciones y de que se han aceptado condiciones lesivas a la soberanía nacional, como la que describe Gurría, la economía del país sigue tambaleándose. Los efectos dañinos de la devaluación se dejan sentir día a día en la medida en que los millones de compradores a plazos de automóviles, artefactos eléctricos, bienes raíces, equipo, maquinaria y todo tipo de materiales de construcción, a través de créditos bancarios van comprobando la imposibilidad que tienen de cumplir sus compromisos.
En la sección de los diarios dedicada a anunciar la compra-venta de bienes se aprecia la ruina de miles de mexicanos que ante su incapacidad de seguir pagando el automóvil, el departamento o la casa que adquirieron gracias a un crédito bancario, rematan sus bienes al mejor postor.
El cierre de empresas produce diariamente decenas de miles de desempleados que salen a la calle a buscar la manera de resolver sus más ingentes necesidades y que suman su indignación a la de los que ya estaban en las plazas protestando por el mal gobierno que enriquece a unos cuantos y sume en la miseria a los más.
México es ahora la nación Latinoamericana con mayor deuda, alrededor de 160 mil millones de dólares, superior a la de Brasil que es de 130 mil millones de dólares, pero con una población de 160 millones de habitantes, casi el doble de la población mexicana.
Y esta dura realidad aconómica aparece en la perspectiva del mexicano común y corriente de la noche a la mañana, después de haber estado recibiendo día y noche, durante casi 6 años, la “información” de que México había superado la inflación, tenía una moneda estable, gozaba de credibilidad en el mundo, los inversionistas llegaban a invertir a nuestra patria prefiriéndonos sobre cualquier otro país de América Latina y después de que el autor de esa maravilla de gobierno, enriquecedor además de 24 supermillonarios mexicanos, era considerado por los principales gobernantes del mundo –de Estados Unidos, Alemania, Francia, Rusia– como ejemplo de buen administrador público.
De un día para otro, cuando este señor, Carlos Salinas, viaja de país en país, brincando de Alemania a Japón, de Indonesia a Brasil, para hacer su campaña para precidir la OMC, resulta que se descubre que había engañado a todos, que el castillo que había construido era de naipes y al soplo de la realidad se deshacía en segundos. Casi nada de lo que decía resultó cierto. Timó a todos, nacionales y extranjeros. Los tesobonos se hicieron polvo. Nadie sabe dónde quedaron esos 29 mil millones de dólares convertido ahora en pesos que cada día se encogen más y más.
Bill Clinton persiste en defender a su creación. Quizá porque Salinas abrió de par en par las puertas de la economía de México a los negociantes extranjeros sin importarle la ruina de los mexicanos, campesinos, trabajadores, empresarios, ganaderos, agricultores, comerciantes. Sólo los que estaban en el juego y se beneficiaron con él pueden ahora sonreir. Ellos no sólo salvaron sus bienes sino quizá, advertidos a tiempo, acrecentaron sus fortunas.
Ernesto Zedillo quedó con una bomba de tiempo en las manos. Le estalló en la cara. Pero como debe su alta posición a quienes se fueron con los dineros del pueblo porque su campaña electoral se hizo con parte de esos dineros y fue el sistema, el partido de Estado quien lo impuso.
Tal vez a pesar de la mala jugada de que fue objeto, se sienta comprometido con los que se fueron. Quizá por ello diga que no hay que buscar culpables sino sólo encarar la situación y resolverla. Hay que hacer esto último, sin lugar a dudas, pero también hay que fincar responsabilidades. Y no por un espíritu de venganza sino porque el pueblo de México merece respeto y buen gobierno.
Para fincar responsabilidades, por cierto, no hay mucho que buscar. Todos sabemos quienes fueron los responsables directos del engaño al pueblo y a los inversionistas de buena fe.
No es el camino para salir de la crisis obtener nuevos créditos. Es la solución, como dijo Clinton, para Estados Unidos. El crédito que nos ofrece servirá para cubrir con dólares frescos el importe de los tesobonos que se vencen en 1995. Pero ese dinero no llegaría a las arcas nacionales. Sólo sería acreditado en nuestra cuenta. Lo que debe hacerse es renegociar la deuda y aplazar su pago. A EUA le conviene darnos tiempo para que podamos producir. El dinero que recibimos por la venta del petróleo debe servir para impulsar la producción de riqueza no para pagar deudas. Hay enormes cantidades de productos agrícolas y ganaderos que se desperdician por falta de procesamiento, distribución y comercialización. Bueno es exportar cuando sobra. Pero México requiere producir para consumir internamente, para dar trabajo a los mexicanos.
La tarea inmediata es producir empleos remunerados para aprovechar la riqueza potencial de nuestra fuerza de trabajo y las materias primas que ahora se desperdician. La privatización de las empresas básicas que se pretende hacer sólo servirá para que las perdamos definitivamente como las que ya se han vendido. Si quieren aprovechar capitales foráneos en los ferrocarriles, en vez de privatizar las líneas que tenemos podría promoverse la construcción de ferrocarriles modernos a lo largo del Golfo de México y de México a Tuxpan.
Vale el plebiscito que ha convocado Cuauhtémoc Cárdenas. La deuda externa no debe ser decisión sólo del Ejecutivo. El 12 de febrero habrá que responder sí o no al endeudamiento. Para saber qué opina el pueblo.








