Como todos los martes, Carmen Romano de Hevia recibió en su domicilio de Lomas de Chapultepec la visita de sus hijos y nietos. Sólo que en esa ocasión, martes 20 de diciembre, los temas familiares ocuparon un segundo plano en la conversación. El anuncio de la devaluación del peso y sus efectos en la economía personal fueron el tema central a la hora de la comida.
Angustiada, la señora Romano de Hevia escuchaba los lamentos de sus hijos. De un día para otro sus negocios de importación de zapatos y una comercializadora habían registrado pérdidas. Dos de ellos quedaron endeudados en dólares. Uno más, a punto de casarse, había dado el enganche en dólares para la compra de un departamento que, con la devaluación, le costará mucho más.
“Acababa de anunciarse la devaluación. Todos hablaban de la caótica situación económica. Estaban desilusionados, furiosos, indignados y tristes. Hablaban de que habían tenido que despedir a algunos trabajadores y sugerían que se hiciera algo. Algo que no nada más fuera echar pestes contra el gobierno. No. Algo positivo.”
Todo eso, dice Carmen Romano, en entrevista, “me indignó y les agarré la palabra”.
Habló por teléfono con un grupo de amigas. Entre todas, convinieron en mandar a hacer 500 volantes, que fueron distribuidos entre familiares y amistades. En ellos pedían a las autoridades preservar valores, como la educación, la paz, la verdad, la honestidad, la justicia, la seguridad y la estabilidad.
A raíz de ese hecho, comenzó a recibir infinidad de llamadas telefónicas de amistades y vecinas que, dice, la empujaron a dar el paso definitivo hacia lo que hoy es la Asociación de Mujeres para la Defensa de los Derechos Cívicos, cuya sede estará en la colonia Cuauhtémoc, en una casa propiedad de Guadalupe Loaeza.
El 13 de enero, cerca de 300 mujeres de diversas colonias residenciales, salieron a la calle a reclamar “no más mentiras”, “austeridad en el gobierno”, “disminución de salarios a los funcionarios”, “basta de privilegios”, “el que siembra vientos, cosecha tempestades”, “no prometas lo que no puedes cumplir”, “no más traiciones” y “no a la venta del país”.
Después efectuaron un mitin en el parque Rosario Castellanos, ubicado muy cerca de la residencia oficial de Los Pinos, y Carmen Romano leyó un comunicado, dirigido al presidente Zedillo:
“Indignados por los recientes acontecimientos que están deshaciendo a nuestro país en lo económico, en lo político y en lo social, por la forma en que su gobierno ha actuado a base de mentiras y desinformación, un grupo de mexicanos venimos a manifestar nuestro desacuerdo…”
Demandaban información amplia y veraz sobre la situación del país, verdadera democracia, resolución inmediata por la vía pacífica a los problemas de Chiapas, Tabasco, Veracruz, San Luis Potosí, Guerrero y Guanajuato y la separación del PRI del gobierno.
Decididas a todo, con mantas y carteles en vilo, las damas marcharon hacia Los Pinos y se enfrentaron a los granaderos que les impedían el paso. Una comisión dejó en Los Pinos la carta de protesta y una solicitud de audiencia.
De entonces a la fecha, han efectuado dos concentraciones más. La última fue el miércoles 25, con otra caminata a Los Pinos. Esta vez fueron resguardadas por elementos del Estado Mayor Presidencial y de la Secretaría de Seguridad del DDF.
Romano de Hevia, cuya influencia entre las mujeres es notoria, al lado de Loaeza, prosigue su relato:
“Yo creí que esto no trascendería, que sería casero. Pero la verdad demuestra que a la gente sólo la picas tantito y responde.”
–México ha atravesado por muchas crisis, ¿por qué hasta ahora responde una clase social antes apática a los problemas?
La pregunta sorprende a Carmen Romano. Titubea antes de responder.
–Pues creo que es la peor crisis que hemos tenido. Nos llegó al aspecto económico. A mí, en lo particular, me ha tocado vivir cuatro crisis: con mi papá, con mi esposo, a mí, y a mis hijos. Esto es intolerable, horrible. Cuando trabajas doce, quince años por tu familia, por México y en un día te echan por la borda todo, en un día te quedas sin trabajo, endeudado y despidiendo gente, no puedes permanecer callado.
“Yo no soy doctora en Harvard, ni economista ni financiera. Sólo tengo sentido común para darme cuenta de que nos traicionaron. El país ya estaba amoladísimo, amoladísimo por las mentiras.
“Una de mis hijas decía que estamos en un país que no te deja crecer ni como persona, ni como empresario, ni como mexicano. Pues, caray, eso te aplasta. Duele ver a los hijos así. Eso no sucedía antes.”
Cuestiona también el hecho de que el gobierno esté lleno de “todistas”: “No nos gustan los todistas. Un día están en Agricultura, otro en Educación, después en Ferrocarriles y, luego, en Programación y Presupuesto. ¿Qué es eso?”.
Advierte que el movimiento no debe politizarse: “Odio a los partidos políticos, yo no pertenezco a ningún partido. Este es un movimiento ciudadano apartidista y así debe continuar”.
Carmen Romano no cree que a estas alturas haya señoras ricas que estén en sus casas fumando un cigarrillo, bebiendo una copa y jugando bridge.
“No conozco ninguna señora –y mira que conozco muy ricas– que se quede de pierna cruzada viendo las estrellas. Todo el mundo tiene conciencia y conciencia política.”
Observa, además, que no pretende ser una Evita Perón o una Juana de Arco ni mucho menos: “Soy una simple ama de casa, preocupada por el futuro de nuestros hijos”.
Aclara que no se necesita ser política, ni financiera, ni economista para darse cuenta de lo que está pasando en México:
“Nunca me había adentrado en la política y, francamente, me desilusiona. No puedo creer lo que estoy viendo. La ineptitud, la corrupción, el engaño, la mentira, la impunidad, la falta de respeto. Por eso la primera pancarta que hicimos decía: `No más mentiras, no más traiciones, el pueblo de México exige respeto’. Para eso no se necesita preparación. Nada más un poco se sentido común.”
–¿Antes de la crisis financiera cuál era su actitud?
–Como todas. Creíamos que las cosas estaban bien. Leía periódicos, veía los noticieros de televisión, que me encantan. Todos decían que las cosas estaban bien y lo creía. De repente, de un día para otro, te das cuenta de la traición, de la mentira, de la corrupción. Ya no pude quedarme sentada.
Rechaza hablar del futuro de la organización. Con su voz ronca, enfatiza que lo primero que quieren es hablar con el presidente Zedillo. Después de quince días de haber solicitado formalmente la audiencia, el grupo de mujeres sigue en espera de una respuesta.
–¿Si no hay respuesta?
–No sé. Qué podemos hacer. Se seguirá presionando. No creo, voy a decir una barbaridad, que al señor Presidente le convenga no recibirnos, dado el movimientazo que hemos causado internacionalmente. Por lógica, debería recibirnos. Por su prestigio.
Lo más que han obtenido hasta ahora es un “respetuoso saludo del Presidente” a través de Leonor Ortiz Monasterio, coordinadora de Atención Ciudadana de la Presidencia. El jueves 20, después del mitin, la funcionaria les dijo: “Nuestro primer mandatario quedó enterado del contenido de su escrito y por mi conducto les envía un respetuoso saludo”.
Carmen Romano cuenta que en las reuniones familiares de los martes comentan ahora las crónicas periodísticas sobre sus eventos.
“Nos carcajeamos de las críticas; que los ricos también lloran; que la mala onda del gobierno; que las popis hicieron una manifestación, etcétera.”
Concluye: “Quienes tuvimos la dicha, por regalo de Dios, de haber nacido en un status alto, tenemos la obligación de ver por el prójimo. No venimos a la vida a ver al techo”.
Y, levanta la cara, ve al reportero y le dice: “Ves que naif, muy naif, fue todo lo mío”.








