MONTERREY, NL- La crisis económica y política que vive México ha sido, por extensión, la crisis de un grupo que ascendió al poder en los ochenta y que creyó que lo viviría a plenitud, impunemente, hasta bien entrado el siglo XXI: los tecnócratas.
Los tecnócratas mexicanos, de Miguel de la Madrid a Ernesto Zedillo, “han vivido encerrados en una campana de cristal que los aísla del mundo externo; su contacto con la realidad es muy limitado; son una casta dorada que sólo transita por el caminito Banco de México-Secretaría de Hacienda-Presidencia de la República”, afirma Eduardo Suárez, economista posgraduado en la Universidad de Yale, traductor de textos de economía en el Fondo de Cultura Económica desde 1968 y profesor en universidades de Monterrey.
John Bailey, profesor de la Universidad Georgetown en Washington y autor de varios libros sobre México –entre ellos Presidencia, burocracia y reforma administrativa en México: la Secretaría de Programación y Presupuesto–, considera que los tecnócratas pueden ser expertos en economía o en planeación, “pero muchas veces no tienen la experiencia del conflicto real y de la necesidad de enfrentarse con fuerzas reales; esto les dificulta tomar decisiones en situaciones críticas… A veces, como ocurrió en 1994 con la administración de Salinas, no se toman las decisiones económicas correctas por motivos políticos”.
En cambio, Roderic Ai Camp, de la Universidad de Tulane y experto en la clase política mexicana, explica que los tumbos que están dando los tecnócratas se deben más a un contexto inédito que consiste en la influencia más importante de los inversionistas extranjeros, en particular el norteamericano común y corriente, que maneja fondos en la bolsa mexicana; la existencia del Tratado de Libre Comercio, por el que Estados Unidos y Canadá intervienen “no sólo en la vida económica de México, sino también en la vida política”; y el crecimiento de la pluralidad política en el país.
Bailey afirma que los tecnócratas mexicanos “cayeron en la tentación de calentar la economía antes de las elecciones, de dejar que se disparara el flujo de dinero, de poner demasiada presión sobre la tasa de cambio; los economistas, en términos fríos, no debieron dejar que pasara eso”.
El problema va más atrás de las elecciones de agosto, dice Suárez, pues desde el gobierno de Miguel de la Madrid se aplican políticas neoliberales que han causado “desempleo, deterioro del salario, desmantelamiento del aparato productivo y, entre otros males, crecimiento espectacular de la deuda externa. Es un hecho que nuestros viejos políticos, con todo y sus disparates, sabían más de economía y de administración que los tecnócratas de ahora”.
Señala que hay una falla de origen en la formación de los tecnócratas:
En el sistema educativo mexicano falta una etapa, que sí existe en Estados Unidos, bajo el nombre de college, durante la cual los estudiantes entran en contacto con los grandes pensadores de todos los tiempos que han tratado de establecer cómo funciona la sociedad humana; los tecnócratas, y los estudiantes mexicanos en general, no pasan por esa etapa, “y por eso no llegan a ser buenos científicos sociales ni entienden lo que pasa en la sociedad”.
No es exagerado afirmar, prosigue, que los “políticos mexicanos de antes, sobre todo los salidos de la Revolución, sí conocían la naturaleza humana, la sociedad; anduvieron en la bola y sabían cómo tratar a la gente. En cambio, los tecnócratas de ahora no tienen la menor idea del país en que viven, están totalmente desconectados de la realidad, ni siquiera hablan un lenguaje coherente, sino una jerga que trata de disimularlo y enredarlo todo; nadie los entiende, salvo ellos mismos. Además, se enojan cuando uno les dice la verdad”.
Sigue Suárez: Por si fuera poco, los tecnócratas mexicanos “van al extranjero a estudiar cosas que no entienden o que son inútiles; por ejemplo, los modelos económicos; para entender éstos, hay que conocer la historia económica, la historia del pensamiento económico, pues de lo contrario no sabes de dónde salió el modelo, cuáles fueron sus circunstancias”.
Sentencia: “Nuestros tecnócratas han fracasado con el neoliberalismo por no entender qué es el liberalismo. Hay que explicarles que el liberalismo económico surgió, sí, como una reacción al excesivo control gubernamental, pero que previó una intervención estatal mínima para que garantizara el funcionamiento de la libre competencia y evitara los monopolios. Hay que leer atentamente La riqueza de las naciones, de Adam Smith, para comprender que la libre competencia necesita ciertas reglas a cargo del Estado”.
Smith, que antes que economista fue filósofo moral, interpretó el liberalismo en el sentido de que lo mejor para la prosperidad material de un pueblo es la libre competencia bajo ciertas reglas. El teórico inglés, dice Suárez, proyectó hacer un libro sobre política, en el que desarrollaría la idea de que una sociedad no puede funcionar sólo como mercado, pero no alcanzó a elaborarlo.
Los últimos gobiernos mexicanos, acusa, “han privatizado por privatizar, sin fijar reglas claras, como si privatizar fuera algo bueno en sí mismo que ya no requiriera la normatividad del Estado. En el caso de Teléfonos de México, por ejemplo, el que esté en manos de un solo empresario puede ser tan malo como el que estuviera en manos del gobierno; de hecho, los usuarios mexicanos no hemos visto una diferencia positiva en el servicio. Igualmente, se devolvieron los bancos a manos privadas, sin más reglas que dejar que los banqueros hagan lo que les da la gana”.
Suárez insiste en la formación de los tecnócratas:
“Algunos, como Zedillo y Herminio Blanco, han ido al extranjero a estudiar econometría, que es una de los peores ramas de la economía porque aún está en pañales, además de que incluso sus teóricos principales no saben si sirve o no. Y es que la econometría se basa en modelos matemáticos para resolver problemas económicos, exige estadísticas confiables y de buena calidad… que no tenemos en México.”
Explica: la econometría parte de un concepto fundamental “que es más un sueño: los procesos económicos se desenvuelven con la misma regularidad que los procesos matemáticos; de ser así, un experto podría predecir una devaluación como un astrónomo un eclipse. Estamos lejos de eso. Así que nuestros gobernantes son expertos en conocimientos inútiles en lugar de ponerse a estudiar cosas que sí sirven, por ejemplo, lograr una mejor distribución del ingreso. En fin, hasta para escoger materias de estudio les falta malicia a los tecnócratas…”.
Por su parte, Roderic Ai Camp duda de que la élite gobernante se divida tajantemente en políticos y tecnócratas: “Creo que una división más correcta es la de quienes han tenido acceso al poder y la de los que han sido desplazados, independientemente de los estudios y de la ideología que tengan… Los gobernantes de ahora, por otra parte, se enfrentan a una agrupación de intereses –domésticos y extranjeros, políticos y económicos– que hasta hace poco no existían; se trata de un escenario nuevo”.
Bailey cree que Luis Donaldo Colosio encarnaba la síntesis de las cualidades de políticos y tecnócratas: buena formación académica, habilidad para comunicarse con grupos muy distintos, capacidad de convencimiento y de negociación… “El contexto actual de México es un accidente de la historia: la pérdida de Colosio y la falta de un equipo fuerte de reemplazos para seleccionar al sustituto. Considero que en vez de tecnócratas y políticos, de lo que se trata es de un accidente trágico de la historia”.








