(Fragmento del capítulo “Feliz Año Nuevo”, que será agregado en la próxima edición del libro Nuevo tiempo mexicano, de Carlos Fuentes, publicado por editorial Aguilar)
Todos conocen la dimensión de la crisis económica mexicana con la que se cerró 1994, el año en que vivimos peligrosamente. La política de apertura comercial y disminución de tarifas y aranceles provocó una ola de importaciones –a menudo frívolas– muy por encima de la capacidad exportadora del país. Quebraron múltiples industrias medianas y pequeñas: el público mexicano prefiere unos zapatos tenis importados de EU (aunque fabricados en Hong Kong) al producto nacional, aunque éste sea superior. Es el triunfo de la imagen de prestigio sobre la realidad económica. Es el resultado de una propaganda incesante acerca de las bondades del Primer Mundo, un universo poblado por Cindy Crawford y Richard Gere, en el que se quieren ver, con anhelo y resentimiento parejos, La India María y El Indio Madaleno. Es un fenómeno universal. Cuando los balseros albaneses llegaron a las costas de Italia en 1992, lo primero que preguntaron fue: “¿Cómo se llega a Dallas?” Las autoridades migratorias de Europa y de EU no tienen derecho a quejarse: la economía consumista del Occidente le ha hecho creer al Segundo, Tercer y Cuarto mundos que la belleza y la prosperidad están a la mano para el que llegue, con las penurias que sean, a las puertas doradas del Primer Mundo.
La ola de importaciones mexicanas redujo las reservas en divisas del país de una cima de 30,000 millones de dólares a una sima de apenas 6,000 millones –y eso sin tocar fondo–. La economía se había convertido en rehén de la inversión extranjera a fin de mantener la paridad del peso y pagar el déficit de cuenta corriente. Pero la inversión extranjera estaba colocada, mayoritariamente, en la bolsa de valores, los bonos y otros instrumentos a corto plazo: en la economía de papel, volátil y pasajera. Sólo 15% de la inversión foránea se colocó en la economía real: la creación de fábricas, el empleo y la producción crecientes. La economía mexicana amenazó al país con un caso agudo de esquizofrenia. Una minoría vivía pendiente de la Bolsa de Nueva York, la mayoría del precio de los frijoles. Una economía era de papel sobredorado, como en El hijo desobediente. La otra economía era de erial y choza, como en Las cuatro milpas. Aquélla era la minoritaria. Esta, la mayoritaria.
Varios factores, además de la estrechez del grupo gobernante y de la discrecionalidad presidencial, condujeron a la mala lectura de la situación. Una, a mi parecer secundaria, fue la agenda personal del presidente Salinas, acoplada a los sucesivos choques del año en que vivimos en peligro. La revolución chiapaneca no provocó desquiciamientos económicos, antes fue entendida como un oportuno llamado de atención para recordar lo olvidado, incorporar al México rezagado a la corriente del desarrollo, y evitar una peligrosísima fractura Norte-Sur en nuestro país. El presidente Zedillo no le ha dado salida a esta sinrazón –”la culpa es de Chiapas”– que se ha convertido en la cantinela de los amenazantes “ultras” de la derecha mexicana.
Los problemas financieros comenzaron con el artero asesinato de Luis Donaldo Colosio y la súbita conciencia de que este hombre representaba un esfuerzo insólito de reforma, cambio y amplitud de alianzas políticas. El 6 de marzo, Colosio pronunció el discurso más reformista que haya pronunciado cualquier candidato del PRI a la Presidencia. Dos semanas después, estaba muerto. Las respuestas de la justicia mexicana a este crimen no convencieron a nadie. El asesinato de José Francisco Ruiz Massieu en septiembre ahondó la perplejidad y el malestar, llevados a su cúspide por los actos y las palabras del subprocurador Mario Ruiz Massieu, hermano de la víctima. Las acusaciones de Mario Ruiz Massieu contra el presidente del PRI, Ignacio Pichardo, la senadora priísta María de los Angeles Moreno y el propio procurador Humberto Benítez fomentaron la sospecha de que el PRI era un partido que se desintegraba en medio de arrebatos sicilianos. Pero la falta de esclarecimientos convincentes en todos los órdenes aumentó la sensación ciudadana de inseguridad, misterio, desprotección. Este fue otro factor, psicológico, emocional, que preparó la crisis de diciembre. La fuga de capitales se inició.
El presidente Salinas pensó que una devaluación antes de las elecciones de agosto hubiese sido fatal para su partido, el PRI. Y después de agosto, hubiese sido dañina para su candidatura a presidir la Organización Mundial de Comercio (OMC), el órgano sucesorio del Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT). Salinas cometió un error. Una devaluación a tiempo, ordenada y sin pánico, no sólo hubiese beneficiado a la moneda nacional, sino al presidente Salinas, hoy en entredicho por la situación de herradero que dejó. Sin la miel, pues, y sin la jícara.
Una mala lectura de la presidencia salinista consistió en aplazar la reforma democrática de México invocando el espantapájaros soviético. Glasnost (transparencia: reforma política) no era compatible, simultáneamente, con Perestroika (cambio de estructuras: reforma económica). La prueba: el desastre de Gorbachov, la fragmentación y postración de la antigua URSS, devaluada de gran potencia a república cuasi-balcánica. La comparación no era válida. El contexto de la URSS no era el de México. Los herederos de la antigua Moscovia se han movido, secularmente, gracias a un imperativo territorial: ganar territorio, expandirse, avasallar a las naciones y a las culturas contiguas y asegurar en seguida las fronteras del imperio, al precio que sea. Lo que ni Gorbachov ni sus sucesores lograron fue trasladar el eje de la política rusa del imperativo territorial al imperativo de la producción y la democracia. Ojalá lo logren. Mientras tanto, el problema de México no era la expansión territorial ni la defensa de un perímetro imperial, sino precisamente el que el Kremlin no ha podido resolver: producción y democracia. La URSS no resolvió el problema. Pero las razones de nuestros respectivos fracasos son distintas, porque sus recursos estaban devorados por una economía de guerra y paralizados por la incompetencia administrativa. En México, en cambio, era preciso darse cuenta de que la pura reforma económica fracasaría sin los pesos y contrapesos, la vigilancia legislativa, la veracidad informativa y otros dispositivos democráticos refrendados por la nueva asociación con dos democracias de la América del Norte, EU y Canadá. ¿Por cuánto tiempo iban a soportarse mutuamente nuestro autoritarismo, pertinaz y congelado, y la fluidez democrática canadiense y estadunidense?
El autoritarismo mexicano nos ha llevado al borde de la peor dependencia de nuestra historia. Sólo la democracia nos devolverá soberanía y una medida –cada vez más difícil– de trato justo con Norteamérica.
Quizás el otro oscuro objeto del deseo despótico mexicano era el modelo chino: el capitalismo autoritario, el desarrollo sin democracia. Las experiencias del porfiriato y del desarrollismo debieron inocularnos contra estas fantasías. Ni por su tamaño, ni por su población, ni por su geografía, ni por su tradición, puede China ser un modelo para México.
Nos quedamos, pues, una vez más, con nosotros mismos. Ni más ni menos. Nos quedamos, como dice en un bello párrafo José Agustín Ortiz Pinchetti, con “una gran Nación multirracial, encrucijada entre Oriente y Occidente, que no ha dado todavía los frutos que de nosotros pudiera esperar la humanidad”.
Ni los dará, a menos que aprendamos las lecciones profundas de la crisis, entendiendo que ésta puede manifestarse en la economía, pero tiene raíz –y solución– sólo en la política. Las decisiones equivocadas o tardías que hoy todos lamentamos se hubiesen evitado si un régimen democrático hubiese obligado al Ejecutivo a dar cuenta oportuna de actos que afectan a toda la Nación y estos actos se hubiesen sujetado a los límites y contrapesos del debate público, la información veraz y la vigilancia legislativa.
Recuerdo otra noche, ésta de 1991, cuando en casa de Jorge Castañeda, un grupo de amigos nos enteramos de las negociaciones para un Acuerdo de Libre Comercio con los EU, a través de las páginas del Wall Street Journal. De no haber sido por esta ciudadela del capitalismo, los mexicanos nos habríamos quedado en la Luna. ¿No había el candidato Salinas negado la posibilidad de semejante acuerdo, juzgado lesivo para nuestra soberanía durante su discurso de campaña? Paradoja de paradojas: La primera vez que escuché una defensa convincente en favor de un posible Acuerdo de Libre Comercio fue de boca de Horacio Flores de la Peña, el muy abiertamente nacionalista extitular del Patrimonio Nacional. Flores de la Peña veía en esta apertura, cuando conversé con él en Roma en 1991, una necesaria inserción de México en la economía mundial, no muy distinta de la voluntad española de sumarse a la Comunidad Europea. Había peligros; había que ser conscientes de ellos; éramos capaces de sortearlos. El precio del aislamiento proteccionista se había vuelto demasiado caro.
Sin embargo, a pesar de la publicidad exterior subsiguiente, el TLC nunca se debatió públicamente, como le habría gustado a Flores de la Peña, en México. El secreteo autoritario fue la norma. Quienes criticaron las negociaciones fueron satanizados. Sobre todo si se atrevían a llevar sus argumentos afuera. Pero hombres como Adolfo Aguilar Zínser o Jorge Castañeda podían, a su vez, argumentar que en México los medios de comunicación masiva jamás darían espacio a una oposición frontal a las decisiones discrecionales del Ejecutivo.
Partidos, sociedad civil, ONG, universidades, intelectuales, señalaron a tiempo defectos que hoy son descubiertos, con vestiduras rasgadas, por corifeos que ayer nomás alababan todas y cada una de las decisiones del presidente Salinas. Qué útil fue, en este sentido, la crítica oportuna de las doctrinas neoliberales expresadas en el Coloquio de Invierno celebrado en la Ciudad Universitaria en 1992. Entonces, parecían herejías contra el nuevo evangelio de los discípulos locales de Reagan y Thatcher. Hoy, simplemente, nos obligan a reflexionar que ninguna teoría económica es impregnable o totalitaria, trátese del desarrollismo de ayer o del neoliberalismo de hoy.
México y la América Latina, huérfanos seculares de la Razón y del Progreso, han buscado ávidamente teologías que nos den fe, si no razón; y seguridad, si no progreso. De Santo Tomás de Aquino a Karl Marx pasando por Rousseau, Comte y Bergson, y siguiendo con Keynes, Prebisch, Hayek y Milton Freedman, somos comunicantes desamparados en busca de su Iglesia. Nos tragamos todas las hostias, así sean ruedas de molino. Y si nos va mal, pronto descubrimos al Diablo que nos engañó, impidiéndonos llegar a la Tierra Prometida del Positivismo, del Marxismo, del Desarrollismo o del Neoliberalismo, a escoger.
Cabe recordar, por principio de cuentas, que el prefijo “neo” le va muy bien a esta doctrina que ya tuvo todas sus oportunidades en la América Latina durante el siglo pasado. A lo largo del siglo XIX, la América Latina respetó las normas del laissez faire (“la magia del mercado”) y practicó políticas de exportación de materias primas a cambio de importación de capitales y bienes manufacturados. Poderosas élites económicas se constituyeron de México a la Argentina. La esperanza era que la riqueza acumulada en la cima, tarde o temprano descendería a la base. No sucedió así. Nunca ha sucedido así. La riqueza generada en la base trabajadora subió, más bien, hasta la cúspide, y permaneció allí.
Los Estados Nacionales Latinoamericanos fueron fortalecidos durante el siglo XX (Batlle y Ordóñez en Uruguay, Cárdenas en México, Vargas en Brasil, Alessandri en Chile, López en Colombia, Perón en Argentina), a fin de asegurar un grado mayor de desarrollo impulsado por el sector público en beneficio tanto del sector privado como del sector social. Benefició a ambos. Las políticas de infraestructura, educación y salud sólo pudieron aplicarse por el Estado y amueblaron, al cabo, la casa de las burguesías nacionales, a las que les dieron energía, comunicaciones, subsidios, capitales y mano de obra baratos, así como una población antes inexistente de consumidores. En cambio, el sector privado no le devolvió a la sociedad el favor de la adecuada distribución del ingreso, se mostró siempre reacio a modernos sistemas impositivos, y continuó buscando su vocación de apéndice respecto del capital internacional. El Estado, a su vez, creció excesivamente, en respuesta a las demandas insatisfechas de los sectores: obreros, campesinos, clases medias, clase empresarial, sector cultural, ejércitos y, sobre todo, acreedores extranjeros. Incapaz de satisfacer a sus constituyentes, el Estado latinoamericano sucumbió a las dictaduras militares primero, a las reformas neoliberales después. El sofoco del alto proteccionismo, el consumo y la producción subsidiados, los mercados cautivos y la ausencia de competitividad debían ser y fueron revisados. Pero, en su lugar, se procedió a la satanización de los Estados nacionales, a la quimera de esperarlo todo del libre juego de fuerzas del mercado, a la cruel complacencia del darwinismo social en tierras de hambre y necesidad extremas.
Hoy, sabemos que la disminución o ausencia del Estado no asegura ni el bienestar ni el orden. ¿Podrá recuperar la administración pública en Latinoamérica la energía suficiente para imponerles obligaciones sociales y reformas fiscales a las nuevas élites? Las repercusiones de la crisis mexicana del 94-95 en América del Sur –el efecto tequila– demuestran la dificultad continental de hacerlo. Pero apuntan también a la solución. Esta es social, depende de la capacidad de la sociedad civil y de las fuerzas políticas para asegurar que las estrategias de inversión, exportación y ahorro se combinen con correctivos sociales, reformas fiscales y servicios sociales renovados.
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Si en 1994 vivimos en peligro, en 1995 podemos dejar de vivir, a menos de que desplacemos, enérgicamente, con verdadera voluntad reformista, tres ejes de nuestra vida nacional:
Primero, de la autoridad con eje autoritario a la autoridad con eje democrático.
Segundo, de la economía con eje especulativo a la economía con eje productivo.
Y tercero, de la diplomacia con eje mendicante a la diplomacia con eje resistente.
A los peligros que he señalado, hoy se añaden amenazas hasta hace poco inimaginables. Una de ellas es el vacío de poder. Si Ernesto Zedillo no afirma su poder presidencial –no presidencialista y autoritario, sino político y jurídico, es decir, democrático–, México puede irse a la deriva hacia vacíos que nunca permanecen largo tiempo desocupados. Las crisis financieras y políticas de Italia y Alemania después de la Primera Guerra Mundial condujeron, no a la democracia, sino al fascismo.
Salinas le negó a Zedillo la esperanza y, con ello, el poder. Quizás ahora le corresponda a Zedillo devolverle al país, si no la esperanza, la confianza mínima, la demostración de voluntad democrática y, con ellas, el poder propio que aún debe ganar nuestro Presidente accidental. El gabinete nombrado el 1º de diciembre ya no sirve para el 1º de febrero. Hay que removerlo, renovarlo, confirmar a los que sirven, mandar a estudiar o a contar chistes a los que no sirven y, sobre todo, darle al gabinete la amplitud y representatividad –generacional, pluralista, de Enrique González Pedrero a Santiago Creel, por ejemplo– que a su vez le devuelva el poder al Presidente. La “generación del cambio” tiene que ser a la vez más vieja y más joven que el actual grupo en el poder, destinado, según Angel Gurría, a permanecer en él durante 25 años. Hay mexicanos que quieren suicidarse de sólo pensarlo.








