Intacto, el equipo de Carlos Salinas de Gortari y José Córdoba sigue manejando las relaciones México-Estados Unidos y, en particular, las negociaciones sobre el paquete de garantías crediticias por 40,000 millones de dólares que discute el Congreso de Estados Unidos.
Mientras, el embajador de México en Estados Unidos, Jesús Silva Herzog, nombrado por el presidente Ernesto Zedillo, sigue sin poder ocupar la residencia oficial en Washington o su oficina en la embajada de la calle Pensilvania, pues el de Salinas y Córdoba, Jorge Montaño, se aferra a su puesto y es parte fundamental del equipo negociador mexicano.
A su lado en Washington está Juan Rebolledo Gout, jefe de asesores de Córdoba en la Oficina de la Presidencia y durante varios meses secretario particular de Salinas, nombrado ahora directamente por Zedillo subsecretario de Relaciones Bilaterales en la Secretaría de Relaciones Exteriores como cuña a su titular, José Angel Gurría.
Todos se reportaban –hasta el jueves 25– con Guillermo Ortiz, secretario de Hacienda, quien fue el responsable de traer a Córdoba a México, su amigo personal y a quien dedicó su tesis de Stanford.
Sin embargo, desde el viernes 26, se hizo cargo del equipo mexicano Luis Téllez, actual jefe de la Oficina de la Presidencia.
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El 6 de enero de 1995, a las “15:04:03”, por el correo electrónico internacional de la SRE, le llegó al “Embajador Montaño Martínez” su notificación de salida: “Para los efectos del caso, me permito confirmar a usted que, por Acuerdo del C. Presidente de la República, con fundamento en el artículo 89, fracción II de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, ha dado por terminada su comisión como titular de esta representación. DGPOP le situará los pasajes correspondientes, así como los fondos para su menaje de casa… Se le agradecerá informar oportunamente la fecha de su salida”.
A las 17:32 del mismo día, según marca la computadora, Montaño recibió el mensaje. 24 días después, y a trece de que el nuevo embajador fue ratificado por el Senado, Montaño sigue despachando como si nada, con su familia viviendo en la casa oficial de México en Washington. Algunos funcionarios allegados a él obtuvieron extensiones contractuales por dos y tres meses.
Montaño argumentó ante la Presidencia de la República –por medio de Luis Téllez– que no era conveniente cambiar de embajador en medio de la tormenta que se avecinaba en Washington, según confirmaron fuentes cercanas a la Cancillería. Ante el sí de Los Pinos, el secretario de Relaciones Exteriores, José Angel Gurría, urgido de tener a su hombre en Washington –sus relaciones con Montaño son menos que buenas–, apuró el proceso de ratificación de Silva Herzog.
Pero es el embajador nombrado por Salinas quien visita a los congresistas y funcionarios norteamericanos para ultimar los detalles del paquete de ayuda a México.
Montaño debe su ascenso en la diplomacia mexicana a José Córdoba Montoya. En 1987, cuando estaba como director en jefe de Asuntos Multilaterales, el canciller Bernardo Sepúlveda lo recomendó con Córdoba, para que le ayudara a establecer estrategias internacionales para la campaña electoral del entonces candidato a la Presidencia, Carlos Salinas de Gortari. Gracias a esos servicios, fue nombrado representante de México en las Naciones Unidas, y en 1992, cuando comenzaron los roces entre el entonces embajador mexicano en Washington, Gustavo Petricioli, y Córdoba, en los momentos más difíciles de la negociación del TLC, el jefe de la Oficina de la Presidencia impuso a Montaño en sustitución de Petricioli.
Fue Córdoba quien directamente informó a las autoridades estadunidenses que Montaño sustituiría a Petricioli antes de que se diera la noticia públicamente, y lo presentó como un “hombre de todas sus confianzas” (Proceso 839).
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“Banco Interamericano de Desarrollo, Oficina de México”, contesta amablemente la secretaria de José Córdoba en Washington.
–¿Me podría comunicar con el señor Juan Rebolledo?
–Hoy en la tarde no ha venido –contesta, y separándose la bocina de la boca, inquiere a alguien en la oficina: “Preguntan por el licenciado Rebolledo, ¿qué les digo?”.
La representación de México en el BID depende de la Secretaría de Hacienda, no de Relaciones Exteriores, pero pocos tan cercanos a Córdoba y Salinas como el subsecretario de Relaciones Bilaterales de la SRE, Juan Rebolledo Gout, durante cinco años jefe de asesores de la Oficina de la Presidencia y buena parte de 1994 secretario particular de Salinas.
Promovido por Manuel Bartlett, con quien trabajó en Gobernación varios años, Rebolledo conoció a Córdoba durante la campaña de Carlos Salinas. Abogado de la UNAM, con maestría en Harvard y, ahora se sabe, sin un doctorado de la misma universidad, que el Diccionario Biográfico dice que obtuvo, tenía un papel especial que cumplir en el sexenio de Ernesto Zedillo.
Rebolledo fue impuesto en la SRE y desde el primer momento –dado que es el subsecretario encargado de todas las embajadas mexicanas– fue el encargado de impulsar la campaña para promover a Salinas a la presidencia de la Organización Mundial de Comercio.
Pero la crisis financiera mexicana lo hizo interrumpir su trabajo para su exjefe y fue enviado por la Presidencia a Estados Unidos, para reunirse con Gurría y comenzar las conversaciones con funcionarios y legisladores norteamericanos.
El sábado 14 de enero llegó a Washington en un avión de la Presidencia, para negociar el paquete de ayuda. Ese mismo fin de semana se reunió con Montaño y Córdoba.
El viernes 20 regresó a México para informar sobre las negociaciones y volvió tres días después, para sostener una reunión con el subsecretario de Estado, Alexander Watson, y el subsecretario Asistente para Asuntos Interamericanos, Arturo Valenzuela. Ese mismo día, él y Montaño se volvieron a reunir con Córdoba. Al día siguiente, martes 24, ambos se reunieron con el encargado de control de narcotráfico, Bob Gelbart.
El jueves 26, las posibilidades de que el paquete de ayuda se entrampara en el Congreso estadunidense aumentaban “geométricamente”, según uno de sus líderes, por lo que el presidente Zedillo decidió mandar a Luis Téllez para hacerse cargo de las negociaciones. Pero Montaño, Rebolledo y Córdoba seguían ahí.








