Un unicornio posible: el poema en prosa

Fernández, Jesse: El poema en prosa en Hispanoamérica; del modernismo a la vanguardia. Hiperión, 1994.
No es crónica ni ensayo ni relato, aunque los ojos del lector ven prosa. No está en verso pero se toma libertades y riquezas suyas, como el ritmo, la musicalidad, la tendencia metafórica. Sabemos lo que es: el delicioso animalillo del poema en prosa. El estudioso hispanoamericano Jesse Fernández entrega un importante y bello volumen: el dos en uno del “estudio y antología” sobre este género, tomando en cuenta los precursores que cruzan el paso del siglo XIX al XX. Fernández se pregunta, cauto y sensato “si se trata de una estructura o ‘forma’ poética específica, o si, por el contrario, nos encontramos ante una manifestación lingüística cuyo desarrollo temático, tono emocional, ambiente sugestivo y técnicas formales le confieren una dimensión ‘genérica’ más abarcadora.” Su planteamiento del unicornio –que no solución ni aseveraciones definitivas– le lleva sus buenas setenta páginas de prólogo. Estoy seguro que los lectores de poesía lejos de asustarse, apreciarán su esfuerzo.
El estudioso revisa con parsimonia, sin partidos tomados, una serie de ensayos y opiniones sobre el tema. Se lamenta de lo casi obvio: “En Hispanoamérica, la crítica ha descuidado el análisis riguroso del poema en prosa, negándole así, salvo escasas excepciones, la categoría de género literario autónomo que se le reconoce en otras literaturas.” No obstante, nuestros autores brindan agudas observaciones: Martí, Huidobro, Cortázar, Paz, entre otros, aparecen citados por Fernández junto a estudiosos norteamericanos, franceses y alemanes de, en particular, la modalidad francesa de este género. Seguramente la elaboración de su libro se empalmó con la del joven Luis Ignacio Helguera: su Antología del poema en prosa en México contiene un prólogo prudente y útil; lo extraño es que Helguera recoja textos que se salen de lo que él mismo plantea como terreno del poema en prosa.
Pues el bicho es tan atractivo para los poetas como volátil para los críticos. Tiene que ver con la modernidad urbana; con la experiencia de vagar en el anonimato; es la ácida y certera imagen de un paseante irónico y a menudo antisocial. Aquí se recuerda el nacimiento del género: el 1868 parisino de los Pequeños poemas en prosa de Charles Baudelaire. Poesía es “una voluntad lírica de expresión y de comunicación”, asienta Fernández. Es “un esfuerzo lingüístico (…) capaz de infundirle al texto en prosa la intensidad lírica de la poesía versificada.”
Para efectos del poema en prosa, por “lírico” entiende este libro el desprendimiento o uso irregular de la anécdota; búsqueda de imágenes sintéticas más que verosimilitud y desarrollo narrativos. Fernández deja pasar una verdad grande como una obviedad: si el poema en prosa es seminarrativo también es semiensayístico, pues no sólo bosqueja una situación (lo que tiene de narrativo) sino que a menudo expone un argumento o credo personal. Pero el ensayo introductorio a la antología es bueno en general y auxilia en la comprensión de este “nuevo” (tan nuevo como las “ciudades”) modo de juntar palabras para manifestar experiencias y situaciones humanas.
La antología: Fernández ayuda a ir poniendo orden en la casa del poema en prosa en nuestra lengua señalando la época pionera: Julián del Casal, Rubén Darío, Pedro Prado, Gabriela Mistral, Juana de Ibarbourou, Ramón López Velarde, Julio Torri, Vicente Huidobro, César Vallejo y Pablo Neruda. Esto es lo más importante que podemos agradecerle a la antología: mostrar que todos estos nombres fundadores del siglo XX americano son no vetas sino minas ricas y profundas que podemos seguir explotando, vale decir, leyendo. Todos ellos, modernistas y vanguardistas, escribieron textos que rotundamente caben dentro del juego o acertijo del poema en prosa. No son antiguallas ni rarezas alambicadas; el lector está ante bellos fenómenos de la melodía y agudeza de la prosa castellana. Yo pienso que todos los escritores son –siguen siendo– contemporáneos del lector en la medida que siguen siendo legibles por buenos. Es el caso de todo lo que Fernández compila.
Otra observación elemental que arroja el libro, es que los fundadores, como dijera el estudioso Saúl Yurkievich, de nuestro siglo nacieron y se formaron en el XIX. Sólo Neruda es el único hijo pleno del XX. ¿Cuánto dura un presente literario, cuándo empezó, quiénes y por qué lo echaron a rodar? Todas estas preguntas parecen quedar sugeridas por la antología de Fernández. Nosotros, los lectores más o menos especializados, debiéramos aportar nuestras reflexiones para que el lector común (esa otra quimera) aclare el horizonte de sus lecturas y en lugar de creer y tal vez confundirse que eso que lee –porque así dice el editor o crítico apresurado– es una novela “experimental” o “ensayos breves o líricos”, como a menudo han sido presentados los textos de Huidobro, Vallejo y López Velarde, son francos poemas en prosa.
Libros como el de Fernández se agradecen porque se atreven a decirle al pan pan y al poema en prosa lo que es. Creo que de esta manera será más fácil que más lectores gocen la belleza de estos textos a veces demasiado manoseados (no hay uno de estos autores que no venga en las lecturas obligadas y cosas de secundaria en los respectivos países natales), a veces muy desatendidos (¿qué mexicano lee actualmente a Julián del Casal, a Gabriela Mistral o Juana de Ibarbourou?) y con mucha frecuencia enterrados por nuestra desidia. El poema en prosa es uno de los artefactos idóneos para expresar las experiencias del hombre empequeñecido por la ciudad desmesurada: a lo mejor los carros de ahora atropellan más rápido que los de los tiempos de Rubén Darío, pero tanto el traumatismo como la concisión de la prosa que lo expresa son los mismos.