Cardoza y Aragón, Luis: Lázaro. Ediciones Era; México, 1994.
Cuando un poeta verdaderamente lo ha sido, la muerte no interrumpe el misterio de que los lectores sigamos teniendo fresca noticia suya. Luis Cardoza y Aragón dos años después de su muerte entrega un nuevo libro-poema escrito como un largo monólogo guiado por la figura de Lázaro, Lázaro: enigma insondable para la mente occidental; el muerto que regresa, el cadáver sin sosiego ni muerte ni sepultura.
A menudo, en la imaginería europea se le ha concebido como uno de los rostros mayores de la desdicha; frialdad, ausencia de emotividad, cansancio infinito, inutilidad del retorno son los frecuentes estigmas que los autores y pensadores encuentran o atribuyen a la figura del muchacho que fue resucitado porque Cristo acudió tarde a los ruegos de sus dos hermanas. Cristo lo regresa a la vida pero en realidad no está vivo. Más le valiera haber muerto una sola vez.
Cardoza y Aragón a dos años de su muerte. Don Luis vivía décadas atrás entre nosotros. Dejó en manos de sus amigos mexicanos el último esfuerzo de su extensa obra poética. Su obra se conoce y reconoce, pero es lamentablemente cierto que su tipo de experimentación lírica con el ritmo y extensión del verso, sus indagaciones vanguardistas sobre la imagen y el tropo, una mezcla incómoda o al menos anormal entre coloquialismo, humor y declaraciones serias y sombrías, lirismo y prosaísmo, fluidez y síncopa, todas estas características de estilo lo han llevado a ser poco atendido por los nunca abundantes lectores de verdadera literatura. Así llega finalmente esta poesía a un largo poema de versos libres en estrofas de corte conversacional, su visión de Lázaro, una larga especulación sobre ese frío resucitado: “Vivo de soledad, de soledad me muero”.
Lázaro se une a la tradición del poema extenso en español para hacer del espacio lírico el instrumento expresivo de una visión-cosmovisión. Se antoja que don Luis, en la madurez de su vida y obra, después del esfuerzo colosal de sus memorias noveladas llamadas El río; novela de caballerías, ha decidido estar por encima de sus palabras. Ya no la literatura como el objetivo máximo de la escritura sino como un vehículo por el que el hombre se declara; esto parece ser el poema en cualquiera de sus estrofas:
Huérfano de la muerte soy ahora,
Pedí mi reino al recobrar mi polvo
Poblado de crepúsculo.
En mi pecho se oía un himno todavía
cuando fui vomitado
igual a un esputo cobarde y taciturno.
Sirvan estos seis versos para que el lector conozca a lo vivo el clima de Lázaro. La figura bíblica es tomada por el poeta para manifestarse. Es la extensa e inspirada descripción de un estado anímico. La base es un verso suelto como unidad de emisión gramatical y conceptual; cada verso es un golpe propio, una aseveración directa. Es, pues, un verso declarativo: se habla sobre la vida, desdichas y enigmas; cada verso comunica y sostiene una posición vital. Don Luis ha tomado el artefacto del poema extenso seminarrativo y monológico para decirse de lleno y poner de frente su opinión sobre la vida. A menudo este ritmo y tono de verso permite imágenes intensas y en verdad líricas; en ningún momento se enrarece tanto el poema como para perder su carácter comunicativo “sobre algo”. Las imágenes de estos versos no abandonan nunca un muy directo “yo declaro”. Es, pues, una alegoría o escenificación personal: el ropaje de las imágenes y de las palabras llanas al servicio de una actitud humana.
A lo largo del libro-poema, el autor varía un tanto su patrón rítmico. Lo normal es un verso amplio, holgado, que le permite desarrollar en cada línea una descripción-concepto; la variación son versos recortados que sirven o para acelerar el ritmo o para redundar entre sí a manera de cadena de sinónimos enfáticos. Esto da una armazón conversacional al poema, incluso cierta ligereza. Pero el poema no es ligero: no sólo por su naturaleza conceptual y extensa y porque domina el tono serio de estar manifestándose sobre la vida.
Lamento decir que a mi oído hay varios pasajes secos y de pesada sonoridad, incluso eventuales cacofonías que tal vez el poeta dejó pasar en aras de lo dicho; pero son pasajes que parecen descuidados en tanto tersura fonética, lo cual nunca le hace bien a un poema.
La actitud que emana el poema es una especie de lenta rabia. Este Lázaro es alguien cansado de las fatigas de la vida; pero sabe que no puede huir, que está impuesto nuevamente a estar entre nosotros. Hay una espesa aceptación de la vida que en ningún momento es jubilosa aunque sabe que tiene que buscar y beber las dichas del mundo. Es alguien imbuido de conciencia, responsabilidad y escepticismo:
Con un odio profundo amé la vida
Como a una amante de quien puedo apartarme.
Ese es el costo de haber vuelto; tener que estar vivo, tener que recuperar la vida y gozarla:
He muerto y empiezo a vivir como piedra
Cuando me pierdo me encuentro
En derroche de enigmas encendidos
Ya por lo más nocturno de mis noches.








