En el ámbito literario sobresale por el registro de un insólito paisaje urbano donde los postes, las coladeras, los topes y los estanquillos quedan incorporados al contexto humano. Sus lectores lo podrían imaginar como un furtivo cazador de imágenes, pues sus historias son, en parte, imágenes que se encadenan unas a otras.
“El texto literario me viene por escenas que pasan por mi cabeza, imágenes que fijo o traduzco por medio del lenguaje escrito”, explica el ingenioso fabulador, amante de la literatura breve y autor de algunos títulos que no han pasado inadvertidos a los lectores: Cuando el tacto toma la palabra, Fuera de ring, Cruz y cuernos, Miedo ambiente, Lenin en el futbol y Gente de la ciudad, entre otros.
Se trata de Guillermo Samperio, que expone cómo su libro Gente de la ciudad fue la puerta de acceso a la novela. Precisamente ese libro de relatos y estampas donde aparece una gran cantidad de personajes: mujeres, hombres, niños, ancianos, etcétera, le permitió advertir: “Había en mí el deseo de pasar a la novela. Sin embargo, mediaron dos libros de cuentos y siento que mi literatura se fue hacia la prosa breve y la poesía”.
Guillermo Samperio escribe desde hace cuatro, cinco años, una novela que promete será voluminosa y suma de sus preocupaciones estéticas y humanas. Según él, en el proceso de su escritura de pronto tuvo un detenimiento pues se le ocurrió recuperar el tema de la abstracción para escribir un cuento. La idea pasó de una libreta a otra, y entonces pensó acometer el cuento como una crónica satírica de dos sistemas de pensamiento diferentes vistos sus conceptos con unos anteojos. El cuento se alargó y se convirtió en una novela breve, Anteojos para la abstracción, publicada recientemente por la editorial Cal y Arena.
Dice el escritor que el libro “es un híbrido entre la novela, el relato y el cuento. No sé si tenga elementos nuevos pero quería que la novela fuera polifónica, es decir, que hubiera al menos un narrador en tercera persona y otro en primera, los cuales se van alternando, contrapunteando e incluso dialogan sobre la misma historia que es la de un inventor, Enrique Medellín, que descubre una serie de cuestiones a través de sus aparatos como el Tempus fractum y Los anteojos para la abstracción.
–¿Qué retos asumiste al escribir la noveleta?
–Me di cuenta de que debe haber un equilibrio entre los elementos de la novela propiamente dicha, por ejemplo, cambios de tiempo y de espacio, algunas disgregaciones, detenerse más en un detalle sin abusar de los principios novelísticos. Por eso, apoyándose en los recursos del cuento se generó un híbrido que combina los elementos novelísticos con el ensayo.
–¿Es una literatura de sesgo fantástico?
–Exacto, es una novela fantástica que se aprovecha de los recursos de la ciencia ficción para entrar en contacto con la diversidad del tiempo y las relaciones familiares autoritarias que dejan ausente al hijo. Mientras se va tejiendo la biografía de Enrique Medellín y sus descubrimientos, al mismo tiempo se traza su patética relación familiar y su ineludible destino como inventor fallido que termina en el archivo de la Secretaría de Comercio, en el registro de patentes.
“En la novela me resisto a esa literatura fácil, a un texto donde el narrador lo dice todo. Es una invitación a que el lector construya también su novela. En ella se presenta un no a la globalización, a la unificación de un lenguaje, a la uniformidad y a las amenazas que hay en torno de la sociedad, vía la televisión, los medios de comunicación masiva, la información instantánea y el lenguaje computacional. Todo apunta hacia el menor esfuerzo del individuo y eso, poco a poco, va a apagar su pensamiento que es lo que le da terrenalidad.
“La literatura se nutre de lo diferente y no de la devastación de lo plural. En el siglo XX hemos visto cómo las vanguardias siempre han sido los sistemas artísticos que cuestionan a la sociedad, la señalan y la ridiculizan. Pienso que debemos inventar otro vanguardismo que se resista a todo lo que está pasando, así que por ahí va el trasfondo de la novela.”
–¿En qué circunstancias escribiste la novela?
–Me encontré que las artes están entrando en una decadencia, las llamadas artes contemporáneas, con ellas la literatura experimental, la danza moderna y el teatro más reciente.
“Descubro que ya no se puede escribir como Carlos Fuentes, Julio Cortázar, ni como Joyce, porque esa literatura estaba agotada; es decir, la ruptura y los descubrimientos formales, cuando llegó mi generación, ya se habían agotado. Concluí que nos encontramos con un vacío en todas las artes y me di cuenta de que, vía la literatura, era muy difícil resolver el asunto. Así que estuve viendo las otras artes y descubrí que en la música, en la danza-teatro, en cierto cine y pintura de los jóvenes y otros no tan jóvenes se estaba gestando una nueva manera de decir las cosas. Al escribir la novela me dejé influir más por estos artistas que por la literatura misma. Busqué saber qué estaban expresando, qué querían decir. Además, como estamos de crisis en crisis, es decir, crisis de creación estética, me pregunté cómo responder a ella e intentar una traducción de lo que ellos estaban diciendo a lo literario. En mi novela hay, por un lado, en lo musical, un remedo rítmico de cierta música, hay esos quiebres de la danza-teatro, y hay esos sitios extraños de las películas de Tarkovsky. Por ahí va la cosa.”
–¿Qué se necesita para ser novelista?
–Para escribir novela se requiere de una madurez que consiste en tener una visión del mundo y del ser humano amplia y profunda. Saber que en el odio hay diferentes calidades, que un acontecimiento es complejo y tiene múltiples rostros y, desde esa multiplicidad, desde la situación colmada de la humanidad, escribir, escribir la novela.
CAPTAR EL ESPIRITU DE UNA EPOCA
–¿Cómo lograste ese acopio y la familiaridad con los conocimientos científicos y filosóficos que asoman en tu novela?
–Desde un principio he sido un ecléctico por diversas lecturas. Por ejemplo, al leer Materialismo y empiriocriticismo, de Lenin, que significó un enorme dolor de cabeza, terminé con la lectura de sus contrincantes intelectuales, el obispo Berkeley y Plejanov; de pronto ya estaba en la filosofía idealista y la metafísica, doctrinas que siempre me han atraído. También me topé con Robert Musil, que le pide al novelista: no sólo tenga una visión de conjunto del universo y el ser humano sino que conozca el mundo, en sus detalles y sus generalidades precisamente para ubicar las situaciones colmadas del ser humano y del planeta. De ahí que el novelista tenga que estar al tanto de los acontecimientos científicos, filosóficos, históricos, artísticos, económicos y políticos, entre otros.
“Claro que no todos los ámbitos culturales se pueden abarcar, pero sí se puede tener la actitud pascaliana de leer un poco de todo y saber qué leer. En materia de divulgación científica hay excelentes autores, libros, lo mismo en historia o en filosofía.
“En el caso de la novela, primero tenía las tesis filosóficas y después los aparatos que las iban a sustentar.
“Las lecturas de ciencia que hice para la otra novela me sirvieron muchísimo para la redacción de Anteojos para la abstracción. Entre esas lecturas de ciencia ficción me encontré con 1984, la maravillosa novela de George Orwell, fundadora de una parte de la literatura actual.
“En el fondo el libro es una suerte de homenaje a Orwel, a los inventores anónimos, a los locos que se desatan de su familia y al pensamiento francés moderno del cual me he nutrido.
“Decía Hermann Broch que el asunto principal de una novela está en captar el espíritu de una época. Siendo una sustancia abstracta, cómo lograrlo: primero, siguiendo a Musil en la idea del escritor enterado de las artes y las ciencias de vanguardia; luego, escribiendo en el momento en que las cosas están llenas de consecuencias y apuntando hacia el futuro. Una novela tiene que estar más allá de sí misma, con su tiempo. Por eso Anteojos para la abstracción pudo haberse escrito en México, Caracas, Surinam o París. El texto ya no tiene nacionalidad. Esa situación en que un texto local se eleva a una universalidad, con la crisis literaria de la que hemos hablado, ya no es posible. Intentar elevar lo local a lo universal es una tautología porque un hecho que ocurre en México es también del mundo. El acto que efectúa un equis individuo, es un acto en el planeta. Por lo tanto, el acto de la escritura abarca al mundo entero.
“Por eso no hay detalles ni lugares específicos de nuestro país que puedan identificarse en mi narración. Anteojos para la abstracción puede pasar en cualquier lado. Me interesaba que estuviera en un nivel de realidad que pudiera interesarle a cualquier lector.”








