Entre solemnidad y risa

Vamos a defender esta causa como asunto impersonal. Se trata de un atropello a la creación artística, y eso es cosa pública.
Entregué cuatro cuadros de seis metros cuadrados cada uno a la Secretaría de Gobernación. Fueron encargados, pagados y recibidos: Fueron inaugurados el 13 de septiembre de 1994 en el vestíbulo para cuya luz fueron hechos, ante la presencia de invitados, prensa, televisión, etcétera. Luego desaparecieron…
Me río, como cualquier malicioso, del infortunio del competidor. A diferencia de las luminarias celestes, los artistas no saben (en vida) ser ecuánimes.
Me defiendo, anímicamente, contra el egocentrismo, de artistas a veces talentosos pero asociales e irresponsables. Me divierto lo mismo de los buenos momentos que de los malos, pero éstos disponen a la belicosidad, en nuestro México todavía posible. Explicarlo instruye sobre el cometido artístico banalizado hasta la devaluación de este noble y extraño cometido. Preferirse es feo, al menos que tenga una utilidad social.
El pintor ignora el sentido de su trabajo, sólo le toca hacerlo bien. Los temas que pinta son percheros para engarchar la pintura. Un milenio de ídolos, otro de dioses, disfraces intermitentes de sustancias del poder. Interlocución de poderes complementarios: el de la terribilidad de la Fuerza, y el poder creador de la percepción y sensibilidad. Asociados constituyen períodos de grandeza. Antes, sólo barbarie desmemoriada.
Para ser, la Fuerza debe concebirse más allá del asesinato y la coacción. Entonces se alcanza estimación, grandeza e inmortalidad.
Suelo temer que mis temas sean representaciones demasiado privadas, que sean crípticas, subjetivas, y me sorprende cuando son entendidos. ¡Visiblemente los cuatro cuadros son menos esotéricos de lo que pudiera parecer!
Uno de los motivos de mi interés por la calidad de los cuadros es que, además de asegurarles larga vida por encima de contingencias, conferirles extemporalidad histórica.
¿Qué importan las pelucas y panzonas de cuadros pretéritos? Viven porque son vivos y hacen la calidad de sentimientos y percepción. Y eso es el verdadero valor de la pintura. Mal haríamos en defender causas demasiado privadas, pero la suma de los destinos personales hacen el destino colectivo. Y la inmensa minoría es la persona: La sociedad debe habilitarse de manera que proteja a la persona contra la imbecilidad que a veces obnubila a las mayorías, como contra el Estado cuando la encarna. El Estado que no lo entiende, es avieso e irresponsable. Demasiados Estados canallas ha padecido la inhumanidad del siglo XX. Si algo queremos legarle a los cien millones de mexicanos dentro de seis años, y ciento veinte millones dentro de veinte años ¡sus hijos lo vivirán!, será algo mejor que las revoluciones degeneradas y, en realidad, taimadas, componentes muy banales de las buenas conciencias, indiferentes a todo lo que no sean sus intereses inmediatos. Sí, se puede vivir como ricos, pero hay que pensar con los pobres. El filósofo cristiano Berdiaev decía: mi pan es asunto privado, el pan de los demás es mi asunto espiritual. ¿Y el de usted?
Lucharemos por restituir los cuadros a su lugar, usaremos del derecho, medios e instituciones existentes para lograrlo. Por ahora sólo quisimos informar a sus lectores sobre este asunto medio chusco y a la vez bastante solemne ¡Es cometido de pintor!
No busco publicidad mediante gregoritos ni desplantes, es mucho “peor”, creo en el cometido del arte como experiencia.
La reflexión bien puede ser crítica, y la crítica es absolutamente indispensable en una sociedad en búsqueda de equilibrio e integración. Es lo que más nos falta en nuestro provincianismo cultural y adocenado, tanto académico cuanto rampante burocratismo de amanuenses asociados.
Demasiado conozco los escandalitos de salón de los surrealistas franceses. Algunos bastante valientes y arriesgados cuando en la guerra del 14 salieron al balcón de “La closerie des Lilas” gritando ¡Vive l’Alemagne!, exponiéndose al linchamiento “patriótico”. El escándalo de Oscar Domínguez (muy amigo mío), crucificando un caballo en la catedral de Tenerife en vísperas del golpe militar del general Franco en la misma ciudad. Sí, eran arriesgados. Oía cómo fantaseaban una sodomización del cardenal Mercier en misa solemne en Notre Dame. Pero por demás eran tigres de salón. Aunque, hoy, me parece muy lícito y mucho mejor este tipo de escándalos, como válvulas de escape de una sociedad dormida (¡en vísperas de la guerra del 40!), que esperar que truenen los mil conflictos, en un movimiento forzosamente revolucionario. Las revoluciones se producen por la resistencia a evoluciones y cambios. Luego ¡sus horrores! Los revolucionarios son los vulcanólogos sociales.
Los escándalos artísticos son como la frivolidad de la vida privada de las vedettes, pero el escándalo de la creación es irrupción de nuevas formas de sentir. Y más vale que sea con música de rock, y ocurrencias de artistas. Manet pintando el desnudo de La Olimpia, una deliciosa “muñeca” pública de los boulevards acaban por poner el cuadro en el Louvre. Otramente escandalosos el ninguneo a Van Gogh y Lautréamont, y los peores excesos represivos de la exterminación más cruel de los poetas y escritores rusos por el estalinismo. Mientras aquí nuestra izquierda-mex comiendo toda la mierda del canibalismo totalitario.
En París en 1935 Bretón bofeteó a Ilia Ehrenburg, amanuense del terror contra escritores.
Desgraciadamente los escándalos de Diego y Siqueiros fueron tan menores como erráticos, pero sirvieron ¡no importa!
Había una cierta forma de cohesión, los artistas alborotaban, no siempre por buenas razones, pero conformaban un clima de polémica y actividad social. Inclusive el erratismo ideológico de todas maneras estableció identidades de reflexión y criterio. Luego se corrigen.
El trabajo del artista es irremediablemente individual, trasciende si la sociedad es receptiva ¡y es lo que la hace más humana! En México tuvimos muchas violencias, pero también hay períodos de gran creatividad. Quien dice períodos, dice personas ¿O me equivoco?