Insuficiente reconocimiento de Alice Rahon

Desde el 6 de diciembre, con cuarenta dibujos y pinturas colgados de cualquier manera, la galería Oscar Román presenta un denominado “homenaje” a la pintora y poeta Alice Rahon. Se imprimió un folleto de ocho páginas y tamaño engorroso (43 x 29 cm), diseñado por Luis Almeida. Contiene un texto de José Pierre, autor de L’Univers surrealiste (1983), titulado A la salud de la salamandra, fechado en París el 28 de septiembre de 1994. También se reproduce un párrafo de Lourdes Andrade de diciembre de 1993. Cinco columnas con 38 reproducciones tamaño estampillas, en color o negro, supuestamente hacen las veces de catálogo, aunque casi una docena no están en las paredes de la galería y los títulos de varias no coinciden con las cédulas de sala. Buenas iniciativas de Oscar Román, como este “homenaje”, deberían estar acompañadas de un cuidado puntual en la museografía y en todos los aspectos complementarios, o todo se vuelve antihomenaje.
No se dan razones del actual tributo, pero puede suponerse que se debe a que en 1994 Alice Rahon hubiera cumplido 90 años. Según la investigadora Nancy Deffebach, autora del artículo ” Alice Rahon: Paintings in Free Verse” (Latin American Art No. 3, 1990), Alice Marie Yvonne Philippot (nombrada así en el acta de nacimiento) llegó a este mundo en Chenecey-Buillon, Doubs, Bretaña, Francia, en 1904. Murió en la Ciudad de México en 1987. Cuarenta años antes se había separado de su esposo, el pintor, teórico y editor de origen austriaco Wolfgang Paalen, con el que contrajo matrimonio en 1931, en plena militancia surrealista. Con él y con la fotógrafa Eva Sulzer llegó a México en 1939, durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, después de haber pasado por Alaska y la Columbia Británica. Este recorrido y otro viaje realizado en 1936 a la India fueron para ella experiencias muy profundas, como lo fue también un grave problema de salud por un accidente durante la infancia.
En mayo de 1975 me contó: “La naturaleza me ha hecho vivir y sobrevivir. De pequeña pasé tres años enyesada desde el cuello hasta los tobillos. Para que me distrajera me dejaban en el jardín durante mucho tiempo. Aprendí a conocer los pájaros y los colores del día.” Esa comunicación muy íntima con la naturaleza se puede percibir en su poema Muttra (traducido por Jomi García Ascot): “esta hoja me mira/ con sus órbitas vacías/ al fondo del jardín volador”.
Las primeras intervenciones de Alice Rahon en el movimiento surrealistas fueron como poeta. En París publicó tres plaquettes: A méme la terre, Sablier couché y Noir animal, ilustradas por Yves Tanguy, Paalen y Joan Miró.
Otra razón para rendirle homenaje sería el cincuentenario de su primera exposición individual, presentada en la Galería de Arte Mexicano en 1944. Ahí volvió a mostrar sus cuadros en 1946, 1951 y 1975. Al comentar aquella exhibición expresé algo que hoy puedo repetir al observar las pinturas y dibujos que cuelgan en la galería Oscar Román: su obra fue siempre un ejercicio de ingravidez. No deja caer sobre la tela o el papel el peso de pinceles, lápices o polvos, sino que establece contactos muy leves, estrictamente indispensables. Era afecta a las manipulaciones minúsculas; pegaba plumitas, hojitas secas, papelitos encontrados en la calle, alitas de mariposas, algodoncitos quemados. Su curiosidad por la materia pictórica la acercaba a los cubistas, el misterio de sus imágenes a los surrealistas. Paisajes lacustres o urbanos tamizados por ensoñaciones poéticas; plantas y animales sintetizados en signos; gatos y pájaros en variaciones muy imaginativas; trazos suaves y refinados desarrollados con ritmos musicales. Para lograr luces interiores en las imágenes, mezclaba con la sustancia colorante polvo de oro, arenas o micas. En consecuencia, la restauración de sus obras debe hacerse con el máximo cuidado. Hay cuadros que han sido dañados irremediablemente.
Un cuadro nace como un ser vivo –me dijo (Diorama de la Cultura, mayo 18, 1975)–; en una operación mágica se inicia su propia vida espiritual. Para mí la pintura es un modo de decir cosas que siento con mucha fuerza, con mucha intensidad; es un lugar para el conocimiento. Reconozco que tengo que volver siempre a la naturaleza para comprender la transformación de los seres. Si todavía hay en mi manera elementos que recuerdan las pinturas de Wolfgang Paalen es porque como pintor a él se lo debo todo, era un sabio. No sólo aprendí con él la técnica, él vigilaba que yo no me fuera por el lado supuestamente amable de una pintura muy `femenina’. El también amaba la naturaleza y tenía un alto rango de conocimientos. De él aprendí a no mezclar el color previamente sino ponerlo de tal manera que se mezcle en el ojo del que mira. La pintura pone en marcha fuerzas misteriosas; la pintura tiene que ser mágica; es como jugar con la fragilidad y lo efímero de las cosas bellas; siempre me fascinó la idea de pintar el aire. Entre las maravillas de la naturaleza están el vuelo de la libélula y el del colibrí. Ante la fascinación de su vuelo inmóvil caigo de rodillas porque yo quisiera volar. Miro mucho el amanecer y pude ver que las tinieblas de la noche se agarran de los árboles, de una casa, de un pájaro en vuelo. El pájaro vuela arrastrando las sombras.
“Hoy el surrealismo tiene vigencia en un sentido mucho más amplio que al principio. La influencia del surrealismo ya fue digerida por todo el mundo, por eso es toda una corriente de la cultura moderna y sigue actuando como liberador del instinto poético. Hay una tremenda libertad que la gente se toma sin saber que el surrealismo se la ha dado; está incorporado plenamente y hoy es algo natural. Al `delirio de interpretación’ los surrealistas le pusieron el nombre, pero siempre ha existido.”
Alice Rahon tuvo numerosas exposiciones individuales (unas treinta) durante su vida, tanto aquí como en los Estados Unidos. Después de su muerte se valoró su trabajo en colectivas tan importantes como Los surrealistas en México, montada en el Museo Nacional de Arte en 1986, o La mujer en México, la muestra de pintoras, fotógrafas, dibujantes y grabadoras que entre 1990 y 1991 estuvo en la National Academy of Design de Nueva York, el Centro Cultural-Arte Contemporáneo de la Ciudad de México y el Museo de Monterrey. Pero todavía no ocupa el lugar que le corresponde en la ponderación internacional del movimiento surrealista y sus animadores. La responsabilidad de quienes hoy mueven o enseñan su obra tendría que estar enfocada a ganar para ella y su excelente producción el sitio que ya se le ha reconocido en la escena mundial a Frida Kahlo, Remedios Varo y Leonora Carrington. Habrá que laborar en tal sentido con la máxima seriedad.