BRASILIA, BRASIL.- En esta fría, deshumanizada ciudad, capital de un país de gente alegre, llena de vida, nos reunimos aproximadamente 250 hombres y mujeres representantes de la llamada sociedad civil –todavía no sé qué es eso– y diputados y senadores de naciones de América Latina y el Caribe. Fuimos convocados por la Sociedad Internacional para el Desarrollo (SID) y supimos acá que la conferencia titulada “La Construcción de una Seguridad Humana Global” fue patrocinada por el Banco Interamericano de Desarrollo, el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, el Fondo de Naciones Unidas para la Población y el Banco de Brasil.
Durante dos días escuchamos decenas de intervenciones de personajes importantes en América Latina, entre ellos, Enrique Iglesias, presidente del BID; Juan Baena Soares, exsecretario general de la OEA; Oswaldo Hurtado, expresidente de Ecuador, y Oscar Arias, expresidente de Costa Rica.
La tónica dominante fue recomendar que la sociedad civil y las organizaciones no gubernamentales tuvieran mayor participación en las decisiones de gobierno en los países de la región. Lo que no se pudo decir fue cómo lograr semejante meta, porque ante la reiterada pregunta que algunos hicimos: ¿cuál es la sociedad civil, cómo la representan democráticamente las organizaciones no gubernamentales que asistieron al encuentro? nadie supo contestar. Lo más que dijeron algunos oradores, entusiastas promotores de la sociedad civil, es que con el tiempo se establecerán normas de representación.
Oscar Arias extremó la posición de los impulsores de las ONG (organizaciones no gubernamentales) al “retar a sus representantes” –así dijo– a acudir a la próxima reunión a Copenhague para sumar fuerzas y desplazar a los partidos políticos que no cumplen sus promesas electorales. Sólo la sociedad civil organizada, expresó, hará posible lograr el cambio que acabe con la corrupción que hay en la administración pública en nuestras naciones. A pesar de que fue él mismo quien cerró la plenaria donde expuso semejantes ideas, nada precisó respecto a cómo esa sociedad civil puede organizarse para llegar al Congreso y a los puestos de elección popular.
Repetidas veces rechazamos la tesis, una y otra vez, defendida por los congresistas de todos los países representados –con excepción de Cuba– de que somos los latinoamericanos y caribeños los únicos responsables del atraso en que viven nuestros pueblos, de que las cifras que dibujan dramáticamente la injusta distribución del ingreso de la región no son causa sólo de la ineficiencia de los instrumentos de gobierno y que, lo principal, no es cierto como la afirmaron sistemáticamente los ponentes más conocidos en la reunión, que sea la falta de una cultura de la solidaridad en la región la que ha impedido que el hombre esté en el centro de la atención de las acciones gubernativas.
Este punto de vista se pretende tomar como acuerdo de consenso de todos los conferencistas, pretendiendo ignorar que, como siempre, como lo demuestra la historia de la especie humana, cuando las fuerzas económicas se dejan en absoluta libertad, como se ha hecho en América Latina en los últimos 10 años, la concentración de la riqueza se hace de manera más inequitativa cada vez. Los poderosos económicamente, como es el caso ahora de EU, Japón y Alemania, no se sacian nunca y mientras más ventajas obtienen más quieren.
Les dijimos en la Conferencia, y muchos asistentes apoyaron nuestra afirmación, que si como decían Iglesias, Hurtado y Arias, la pobreza en la región afectaba al 46% de la población (dato de la CEPAL), era en buena medida porque los inversionistas extranjeros se llevaban más de lo que traían y para lograrlo se asociaban con los grupos privilegiados de la región haciendo que, como señalaba Arias, el 20% de la población de la región sea 18 veces más rico que el 20% más pobre.
Fue notable el cuidado de todos los conferencistas en evitar mencionar la acción negativa de las corporaciones trasnacionales sobre la economía de la región. Para nada se habló de la deuda externa de la región ni de la consiguiente exacción a que obliga a través del pago de los intereses de la deuda. A pesar de que señalamos una y otra vez que la privatización de las empresas latinoamericanas y del Caribe produjo desempleo masivo y que la seguridad humana global era inconcebible si nuestros pueblos carecían de empleo bien remunerado, los defensores de esta política omitieron toda respuesta.
Resultó evidente el empeño de los organizadores en obtener un consenso en torno de la idea de que la cultura de la solidaridad es la que debe impulsarse. Varios conferencistas explicaron que en sus países los empresarios estaban organizando cursos de capacitación para los obreros, altruistas del todo, sin buscar beneficios para ellos sino sólo mejorar la capacidad de sus semejantes. Un grupo de mujeres dirigentes de ONG de Chile y Argentina llegó a decir que en verdad los pobres no son problema para los pobres sino para los ricos y que los pobres no existen, que la pobreza es un estado de ánimo (!).
Lo sustancial de la Conferencia para mí fue la intención de algunos –al menos– de los convocantes: disimular la acción del gran capital en la región en perjuicio del desarrollo de esos pueblos y en beneficio inmediato de sus intereses económicos. Se pretende culpar sólo a los gobiernos del área de la situación económica y hacer valer –de modo subliminal– el papel paternalista de las naciones del Primer Mundo como benefactores nuestros.
En el primer borrador de acuerdo se deslizan afirmaciones que llevan esa intención, y para nada se menciona responsabilidad alguna de los países desarrollados que se han enriquecido explotando nuestras riquezas naturales y nuestra fuerza de trabajo. Así, dicen: “El Estado por sí solo es incapaz de encontrar soluciones a todos los problemas del desarrollo… Los estados de la región no han sido eficientes en la promoción de las alianzas sociales y políticas requeridas para la obtención del consenso para la construcción de un programa de desarrollo humano sostenible”. Y dan indicaciones para hacerlo.
Por acá el drama económico de México se comenta en todos los tonos. Pero buen cuidado tienen los argentinos, los brasileños y los chilenos en marcar sus diferencias con México. El neoliberalismo del sur es bueno. La moneda está firme. Las privatizaciones hacen delgado al Estado, pero más fuerte. Crece el PIB. Se controla la inflación. Crece la deuda y se deteriora el poder adquisitivo del salario. Hay más desempleo. Pero, como ves lector, las cosas son diferentes. El real, que vale ahora más que el dólar, reemplazó la vieja moneda brasileña. Todos dicen que está sobrevaluada.
Pero todo es distinto a México. Hasta que les llegue el ramalazo.








