Sin liderazgo

Han transcurrido tres semanas a partir de la devaluación más impresionante en la historia por su monto, circunstancia y anuncio inesperado. Lentamente las aguas encrespadas retoman su nivel. Las reacciones inmediatas conjugaron asombro, irritación y desesperanza e identificación y castigo de culpables.
El gobierno busca restar virulencia a las reacciones; en el discurso, hasta hoy suave y elusivo, pide el sacrificio como precio de rescate y anuncia en optimismo el pronto regreso de la calma y el advenimiento de tiempos mejores. En el mensaje permanecen ausentes la novedad y la originalidad; a fuerza de repetirse, los mexicanos lo sabemos de memoria. Cada seis años, por lo menos en los últimos 25, tan cargados de sombras y desconfianzas, lo hemos escuchado; hemos sido testigos del tránsito, que ya es rutina y que sigue en idéntica ruta las mismas estaciones: arrepentimiento, promesa, profecía, triunfalismo y desastre, y en los desenlaces repetidos, el regreso desesperante al punto de partida. Trampa sin fin que ha saturado vida y peregrinar en un cuarto de siglo lleno de angustia, desazón, tristeza y desesperanza.
En el sistema político mexicano las devaluaciones han tenido un mismo perfil: la devaluación del hombre-dios, su tránsito irreversible de las crestas de la gloria a los botes de la basura. En la vida de los mexicanos el regreso interminable al doloroso recomenzar para reconstruir sobre los escombros la vieja y amada casona ancestral: México, que los emperadores vanidosos y enanos se encargan de dinamitar.
Cada devaluación resta a la vida alegría, a la voluntad aliento, a la perseverancia fortaleza, al peregrinar impulso. Pero hay algo más grave: los emperadores de barro y de utilería devalúan las virtudes que nutren al quehacer y al horizonte: la fe y la esperanza.
Hoy, aquí y ahora, la historia se repite, el cuarto emperador se va y nos deja en monstruosa y amarga herencia otra devaluación, de la moneda, la vida, la alegría y la voluntad para recomenzar. En el desenlace hay fatiga, dolor y desaliento, la historia se repite, estamos, otra vez, en las crestas descorazonadoras del punto de partida.
Pero la vida continúa, la del hombre y la Nación. Iracundos, fatigados, devaluados reiniciamos camino y brega, andar y quehacer, y viene a presencia, rica y confortable, la advertencia de la Sabiduría popular: la esperanza es lo último que muere. Desde el gobierno, quinto imperio, quinto sol, quinto plan de rescate, que han saturado el ocaso de cuatro sexenios. En el recomenzar, conviene traer a presencia y análisis lo que nos espera para 1995.
En el corto plazo, el pago de los tesobonos, instrumentos de deuda atados a la paridad del dólar. Se estima que su monto asciende a 27,000 millones de dólares, que entre 70% y 80% se encuentra en manos de inversionistas foráneos; que el total se vence durante este año que apenas comienza, y que en el primer trimestre, enero-marzo, deberá hacerse frente al pago de unos 12,000 millones. En el quehacer desesperado de los emisarios del gobierno en Estados Unidos, está el convencer a los tenedores de esos instrumentos sobre posibles renovaciones mediante un interés, atado al dólar, de 20% anual, casi el doble de lo que los inversionistas extranjeros pueden obtener en su país.
En el ámbito del crédito, ya la anunció el plan de emergencia, será escaso y caro. Los cetes, instrumentos de deuda interna, a partir de la devaluación subieron de 17% a 40%. Si se toma en cuenta que son el punto de referencia para el acceso al crédito bancario, los intereses de los préstamos ya otorgados o los pocos que se puedan obtener, fluctuarán según el monto y la dimensión de las empresas o personas solicitantes entre 60% y 75% anual, tasas que encarecen hasta la asfixia el costo financiero. Y como siempre, en este país de iniquidad y de injusticia, los grandes obtendrán trato preferencial, y los pequeños y medianos la más alta y desproporcionada.
Así, los millones de mexicanos, clase media en proceso de extinción, que obtiene crédito a través de su tarjeta, y los pequeños y medianos empresarios, se quedarán ahogados y pasarán a engrosar el ejército millonario de los integrantes de la cartera vencida de los bancos y sujetos a las presiones del acreedor para que cumplan los compromisos contraídos.
En los escenarios de la deuda externa la devaluación dinamitó la mitología de monto y carga en franca disminución que fue durante seis años bandera, incienso y alabanza del sexenio. México gestiona en los mercados financieros internacionales préstamos que ascienden a 40,000 millones de dólares, que al añadirse a la deuda vigente de 80,000 millones llevan la deuda externa del gobierno a la cifra aterradora, asfixiante, sin precedente, de 120,000 millones de dólares.
El combate a la inflación será el centro de gravitación del programa de urgencia; la meta de 19% para todo el año resulta ambiciosa y optimista; la restricción del crédito, la moderación salvaje en los salarios, una virtual congelación de precios disfrazada de pacto, anuncian un año dramáticamente recesivo. El Plan propone un crecimiento de 1.1% que difícilmente podrá alcanzarse. En estos marcos, la creación de nuevos empleos queda cancelada, la inconformidad y la protesta harán presencia cotidiana y el costo social incrementará los riesgos de graves rupturas.
Así se inicia 1995. Será un año de “sudor y lágrimas”. En el horizonte un dato alentador: hay pueblo, durante 25 años de crisis que desalientan y sacuden, ha dado testimonio de perseverancia en el quehacer, de capacidad inagotable para el sacrificio, de voluntad para recomenzar y reconstruir, de esperanza que los vientos no apagan.
En contrapartida, en el gobierno ha faltado liderazgo. El profetismo, la impaciencia, la vanidad, la soberbia han prevalecido sobre la sabiduría, la prudencia y la eficacia en el oficio de la gobernación. Y hoy, cuando los espacios se estrechan, los problemas se acumulan, las sombras se vuelven más densas y la fatiga más aguda, se plantea, en urgencia desesperada, la presencia del líder capaz de dar impulso y cauce al río de virtudes que anida en los corazones de los mexicanos.
Todo juicio sobre liderazgo es hoy prematuro, seis semanas es tiempo escaso para el juicio nutrido en la búsqueda honrada y generosa de saldos justicieros. Queda al tiempo la respuesta, y en la esperanza el ardiente deseo del líder que nos lleve a buen puerto y nos conduzca a buen destino.