Si algo le debemos –deuda no por simbólica menos significativa– a los Presidentes de la República, de Luis Echeverría Alvarez a Carlos Salinas de Gortari, es su contribución esforzada a una causa: “desacralizar” al poder, crear las condiciones del trato psicológico de iguales (En 1968 Gustavo Díaz Ordaz vigorizó, a través del miedo y la ruina del Estado de Derecho, ese respeto tan lamentable). En especial, Carlos Salinas, al pretender modernizar la condición infalible y siempre homenajeable de los Presidentes, creó sin quererlo desde luego, el “espacio laico”, sin las intermediaciones del pasmo y las sensaciones de “la minoría de edad” cívica. Desde la publicidad ubicua y estentórea y la sed de reconocimientos, Salinas afirmó un credo que trascendía a la política y se alojaba por momentos en la utopía, o como se le diga a la fe en amanecer de pronto en el país del gran consumo, de la tecnología, de la prosperidad que abarcaría por fuerza al creyente. Para usar la terminología de moda, el régimen de Salinas fue excluyente en grado sumo salvo en un terreno: el de las expectativas.
El derrumbe del 94 afectó severamente al nicho presidencial. Si un Presidente se equivocaba a tal punto (versión benévola), y no en el campo del autoritarismo sino en el de la eficiencia, la Presidencia era todavía el puesto público más importante, pero un Presidente ya podía ser el más falible de todos los mexicanos, no el más autoritario, ni el más demagógico, ni el más cruel, ni el más indiferente a las necesidades del pueblo, aunque lo fuera, sino el más inepto. Y esta certeza anima hoy la vida social con tal euforia del descubrimiento del Mediterráneo que erosiona a fondo la creencia atónita que es complemento ideal del presidencialismo, la ideología del único hombre libre en la nación…. Algo de lo anterior se percibe en el salón López Mateos de la residencia de Los Pinos, al ocurrir el hecho calificable de histórico, si todavía tiene caso tal adjetivación, la firma del Acuerdo Político por los dirigentes del Partido Revolucionario Institucional, el Partido de la Revolución Democrática, el Partido Acción Nacional y el Partido del Trabajo. Mientras se comprueba la validez del Acuerdo, ya algo histórico se percibe hoy, 17 de enero: la desaparición del aura de los mandatarios, al normalizarse la función pública más relevante. No hablo de “vacío de poder”, expresión tan prodigada que casi de nada informa, sino de la ausencia (verificable) de sentimientos devocionales. Y en esto pienso cuando, en un auditorio de políticos, periodistas e intelectuales, hace su entrada el doctor Ernesto Zedillo. La reacción es indicativa y ecuánime: llegó el Presidente de la República, y no, como antes, el milagro, la hazaña, la velada inolvidable, la promesa de ascenso personal.
En los años recientes no han faltado pactos y acuerdos entre gobierno y partidos, y la retórica. Pero, por razones que finalmente se resuelven en una sola (la política de ganar tiempo del gobierno que concede lo menos mientras declama lo más), esos pactos se han disuelto sin explicación alguna entre recriminaciones de los intelectuales del régimen a la izquierda que una vez más “no aprovechó la oportunidad” de frustrarse. Y la moraleja se esparce en el caso de este pacto, el número cinco o treinta y seis, la voluntad política, ese sinónimo de la astucia presidencial, no se ejerció por no considerarse que hacía falta. ¿Para qué? Son más que suficientes los rendimientos publicitarios… Pero esta vez la esperanza es más real, porque el clima prevaleciente es mucho peor. El consenso pasó de truco formal a requisito de sobrevivencia.
Sin cortesías protocolarias, el secretario de Gobernación Esteban Moctezuma lee los “Compromisos para un Acuerdo Político Nacional”. El texto, fruto por lo menos de cinco sabidurías, insiste en el Estado de Derecho pleno, y hace suya la tesis: sin consenso se postergará el enfrentamiento a la catástrofe: “Es imperativo establecer las condiciones de confianza que permitan resolver de manera democrática la temática electoral, de modo que la nación esté en mejores condiciones para abocarse a dar solución y atender con mayor vigor a los retos y rezagos económicos y sociales más urgentes”. La pregunta es inevitable: ¿y por qué no se hizo antes todo esto? No se hizo porque no se hizo, no había tiempo o no hacía falta, y para qué lamentarse, dirán los conocedores, no prosperó el Acuerdo y punto. No volvamos los ojos al pasado.
Sin embargo, con énfasis distintos y coincidentes, en la reunión todos –esto desprendo del vuelo de las conversaciones– vuelven los ojos al pasado, porque allí se localiza la mecánica de la posposición: esto para después, esto para más delante, primero fortalecer las inversiones y las importaciones y el aire de mundanidad. Lee sus cuartillas el diputado Alberto Anaya, del Partido del Trabajo, un convencido de la emoción social que caracterizó al proyecto de Salinas. No tiene mucho que decir pero tampoco sabe cómo decirlo, y eso, venturosamente, abrevia su rosario de lugares comunes. Luego, a Porfirio Muñoz Ledo le toca ponderar el diálogo: “Nos obliga al acuerdo el extendido reclamo de la sociedad, lo hace posible la crisis profunda que sufre el país en todos los órdenes de la convivencia y la necesidad de remontarla mediante la instauración de una gobernabilidad democrática”. Y Muñoz Ledo es categórico: “Será indispensable restaurar la confianza ciudadana mediante la sanción ejemplar a quienes son ostensiblemente los principales responsables de la crisis poniendo término a la impunidad, a la corrupción y a la complicidad que han lesionado tan gravemente la moral y las instituciones del país”. En otra etapa, tales afirmaciones hubiesen causado un susurro de escándalo: “¿Cómo se atreve? ¿Quién es él para juzgar?”. Hoy las reacciones no van más allá de la sonrisa y el asentimiento silencioso. No es muy distinto lo que la gran mayoría dice y se dice. El prerrequisito del Acuerdo, si va a funcionar, es algún castigo a la impunidad.
El intelectual panista por excelencia, Carlos Castillo Peraza, presenta su catálogo de reivindicaciones: el PAN ha estado allí, y, como se dice ahora, enarbola sus credenciales para hablar. Castillo Peraza se concentra en el autoelogio, táctica partidista de orden clásico (el PAN,la “opción clara” por la que votaron el 21 de agosto más de 9 millones de mexicanos), y relata el desfile de virtudes: “…no apostamos al encono ni a la venganza, ni al pasado ni al fatalismo, sino a la reconciliación, a la justicia, al futuro y a la esperanza”. Sea bienvenido el perdón institucional, ¿pero quiénes se van a reconciliar y cómo? ¿no implica la aplicación de la justicia la revisión del pasado? ¿Es dable eliminar en política el encono, si el propio candidato del PAN a la Presidencia, Diego Fernández de Cevallos, en el debate del 12 de mayo de 1994, insitió en lanzarle a Cuauhtémoc Cárdenas, todos los proyectiles del pasado que halló a mano, amparando sin más al candidato del PRD con un asesino, en táctica de “gran malicia”. Cárdenas, según Fernández, era a la democracia lo que Mario Aburto a la inocencia.
Cierra el ciclo partidista de intervenciones la presidente del CEN del PRI, María de los Angeles Moreno. Como los demás, cede a la tentación insoslayable del auto-encomio, ratifica el compromiso de los priístas con el cambio, enumera en abstracto la suma de voluntades, ensalza la vigorosa iniciativa política del PRI, le lanza piropos a la pluralidad y la convivencia, y se ufana de su práctica del lenguaje ancestral: “Los priístas, comprometidos con las mejores causas nacionales, responderemos con convicción a los retos de nuestro presente”. Nada que llame poderosamente la atención, sólo el verificar que a circunstancias nuevas la misma, pétrea aplicación idiomática.
El Presidente Zedillo lee su texto y, como los demás, alaba el diálogo, garantiza la salvaguarda de las diferencias, e inicia sus alusiones al régimen anterior o, si no se quiere ser tajante, al gobierno que todavía hace poco andaba por aquí: “… hoy reafirmamos que las oportunidades desaprovechadas para dialogar no fortalecen a la autoridad, no salvaguardan la estabilidad ni contribuyen al desarrollo político”. Otro sexenio de pérdida de tiempo, no obstante la firma del TLC. Luego, Zedillo inaugura reiteradamente la democracia, “se trata de un primer paso, un paso inédito… en el diálogo y en el consenso seguramente se incluirá una reforma electoral definitiva… Este es el primer paso hacia la unidad para la democracia que México demanda, éste es el primer paso hacia la democracia… México da, hoy y aquí, el primer paso hacia la construcción de una democracia plena, sin tacha. Ahora y aquí, una era histórica termina y otra comienza.” La manía recurrente: démosle una ovación a la Historia que hace su debut, aplaudámonos a nosotros mismos que protagonizamos la sesión que se recordará durante siglos o meses o días memoriosos. Cuatro firmas, más el aval de los testigos de honor, consiguen lo antes imposible: abrirle el camino a la democracia. El acto se extingue, y los presentes usan cámaras y grabadoras como depositarios de sus esperanzas. ¿Qué se le va a hacer: o esto se modifica o… y la esperanza nunca está demás.
Prólogo o epílogo. En Tabasco, los priístas, estimulados por las instrucciones de autodefensa de Roberto Madrazo, golpean al senador perredista Auldárico Hernández, amenazan a Manuel López Obrador del PRD, queman autos, se despliegan como turba vandálica. A ellos, y a él, a Roberto Madrazo, nadie, ni el Centro los despojará de ese triunfo que forjaron irregularidad tras irregularidad. En un instante entra en crisis “la democracia plena, sin tacha”, y el Acuerdo exhibe sus zonas de fragilidad. Las famosas virtudes del diálogo se hacen a un lado para que veamos los grupos de choque, y las expresiones radiantes sobre democracia se debilitan ante el impulso de la línea dura política y empresarial. El Acuerdo persiste, y valdría la pena que funcionase, pero un grupo de priístas tabasqueños nos hace conscientes de las graves razones de la desconfianza. Ya con la firma del PRD en su mano, los priístas pueden arruinar la operación a nombre de la autonomía. El caciquismo regional se desquita del centralismo. Que allá lejos establezcan su consenso, pero que no mencionen más el Acuerdo.








