Para el presidente Ernesto Zedillo, “la franqueza” para hablar de la crisis tiene varias caras, que van desde anatemizar a su antecesor, Carlos Salinas de Gortari, hasta de plano exonerarlo y darle la razón, porque “fue natural” que su interpretación del “deterioro de las expectativas” financieras de 1994, asociado a la debacle política de ese año, le hiciera suponer “que se trataba de un fenómeno temporal”.
Así, en apenas cuatro semanas de crisis, Zedillo primero acusó implícitamente a Salinas de Gortari de haberle heredado “una nación de graves necesidades y carencias”, con fuertes desequilibrios acumulados y una economía “muy vulnerable”. Luego, ante el efecto negativo de sus palabras en los mercados financieros, se olvidó de lastres y pidió no buscar culpables. Ahora, en la exposición de motivos del decreto que reforma la Ley de Ingresos para 1995, que recibió el miércoles 18 la Comisión Permanente del Congreso de la Unión, justificó todo.
Hasta hace 18 meses, dice el Presidente, todo iba bien: el déficit fiscal fue eliminado, la inflación bajó a niveles primermundistas, se modernizó al Estado y crecieron productividad y competitividad, las exportaciones crecieron más que las de países con economías fuertes…
Eso sí, acepta Zedillo, el costo de disminuir la inflación fue “la apreciación del tipo de cambio real”. Eso llevó a la balanza de pagos a volverse deficitaria, pero, además de que los números rojos en esos años fueron “relativamente modestos”, tampoco “propició problemas de financiamiento durante los primeros años, debido a que la estrategia antinflacionaria partió de las condiciones iniciales, en 1987, de la subvaluación del tipo de cambio, superávit de la cuenta corriente de la balanza de pagos y reserva abundante de divisas”.
Para 1994, las cifras de Zedillo reconocen un déficit de cuenta corriente cercano al 8% del Producto Interno Bruto, pero tampoco hubo problema, dice, porque el financiamiento externo de la economía mexicana “aumentó de manera apreciable hasta principios de este último año”. Esto, gracias a “lo atractivo de la economía nacional para los inversionistas externos”. Ni qué decir de los “recursos abundantes” que atrajo la firma del Tratado de Libre Comercio, lo que hasta “contribuyó a la revaluación cambiaria”.
Hasta 1994, todo iba bien. Ni sombra de problemas para financiar el ya creciente déficit. Es más, “al no existir hasta entonces razones para suponer que el flujo de recursos pudiera frenarse de manera súbita, se consideró que habría tiempo para que la modernización económica y las inversiones financiadas con recursos externos aumentaran la capacidad productiva de la economía. De esta manera, aumentaría la competitividad de la economía mexicana y se reduciría gradualmente el déficit de la balanza de pagos sin necesidad de una devaluación nominal del peso”.
Pero en 1994, todo cambió, menos el optimismo de la administración salinista.
Primero, bajó el flujo de capital externo porque aumentaron las tasas de interés de los países exportadores de capital. Luego, vino la debacle política y social de México, cuyo efecto, según Zedillo, fue que “disminuyó el atractivo de la economía nacional para las inversiones del exterior”.
Zedillo se cura en salud en el documento:
“No se trata de juzgar aquí las razones del movimiento de Chiapas, el que sin duda encontró en el estancamiento social condiciones propicias, sino de señalar que fue uno de los varios acontecimientos que revirtieron las condiciones financieras.”
El resto fueron “los asesinatos políticos, los secuestros, la inquietud preelectoral y los sucesos poselectorales, así como sus secuelas”.
A esas alturas, Zedillo reconoce que, por sí mismo, el tamaño del déficit de la cuenta corriente ya era un problema para su financiamiento, y acepta que “la situación fue aún más crítica debido a que un importante porcentaje de la deuda pública estaba contratada a corto plazo”.
Pero el gobierno de Salinas conservó la calma. “El deterioro en las condiciones para disponer de financiamiento externo fue tan rápido, que fue natural suponer que se trataba de un fenómeno temporal, que podría ser superado si se lograba tranquilizar a los mercados”, explica Zedillo en el documento que el propio presidente califica de “diagnóstico equilibrado acerca de las causas que motivaron la situación presente”.
Y exonera a Salinas:
“En esas circunstancias, una devaluación lejos de producir certidumbre habría generado mayores inquietudes.
“Hoy sabemos que el fenómeno no fue de una duración lo suficientemente corta como para resistir hasta que el mismo se revirtiera, asegurando a los inversionistas que no habría un cambio abrupto de la política cambiaria”, justifica el presidente Zedillo.
Y disculpa:
“Una devaluación siempre es traumática y dolorosa. Por ello se trató de evitarla mediante la mencionada estrategia gradualista. Esta habría podido funcionar si las expectativas hubieran reaccionado favorablemente y rápido. Los acontecimientos internos, en el marco de una evolución crecientemente desfavorable de los mercados financieros internacionales, no lo permitieron.”
En consecuencia, todo se derrumbó, hasta el optimismo.
“En diciembre pasado, las condiciones financieras sufrieron un embate desfavorable”, interpreta Zedillo, y confiesa que la devaluación no fue “propiciada intencionalmente”, sino porque “una acelerada pérdida de reservas de divisas mostró que la estrategia gradualista se había vuelto inviable”.
Pero, otra vez, la reacción de Salinas fue correcta, según Zedillo:
“El camino traumático de una devaluación intensa y súbita nunca es deseable. Por ello fue evitada mientras existieron posibilidades para que la estrategia gradualista funcionara. Estas posibilidades requerían que el gobierno se manifestara en favor de mantener la política cambiaria.”
Ya presidente de la República, Zedillo tardó 20 días en descubrir que el gradualismo estaba muerto, y tomó él mismo “el camino traumático y doloroso” de pulverizar el valor del peso.








