Señor director:
Era un país de sueño, todo era alegría y felicidad, el dólar estaba a punto de caer ante la moneda del país. Había un debate para poner nombre al país: ¿cómo se llamaría? Jauja o Bonanza. El emperador, recién coronado por él mismo como Napoleón, era un verdadero padre para sus súbditos. Nadie podía pensar por él. Las naciones extranjeras solicitaban su consejo para engrandecer a sus países. El viajaba mucho y no se daba abasto para dar consejos: su mercado exterior era también para los demás países. Nadie podía competir con él en calidad y precio de sus productos. Había que aprovechar el tiempo, que con mesura le aconsejaban sus súbditos, pero él pensaba que su reinado sería eterno. Los inversionistas pagaban precios fabulosos por predios de comercios ya establecidos para derrumbar los locales y poner allí los suyos. Este país estaba resguardado por un enorme muro de piedra.
Llegó un día en el que un hombre de gran valor, que veía del otro lado del muro, atisbando por una hendidura, pero cubierto por una máscara para evitar el hedor de su país, alzó la voz de los que vivían de este lado del muro, porque ahí todo era sal, las salinas lo habían ahogado todo: asesinatos, fraudes, secuestros, criminalidad, corrupción, tenían a los pueblos aterrados. En todas partes había grandes montañas de basura en donde hurgaban los habitantes para encontrar algo que comer. Entonces decidió derrumbar el muro. El emperador nada veía ni oía. Era ciego y sordo, pero no podía creer que alguien pudiera dudar de lo que él era, un gran hombre de ese gran país en donde el imperaba, y al terminar el debate sobre el nombre que le podrían a esa nación, se le encontró uno: “Desastre”.
Atentamente
Clara Vargas G. Solana
Cuernavaca, Morelos.








