Final fracasada

Censurado: Está prohibido hablar de futbol.
Total: Sabemos ya que Miguel Mejía Barón casi siempre se equivoca en los cambios. Un logro fue cuando metió a Luis García por Carlos Hermosillo y clavó dos goles a los árabes, en la Copa del Rey Fahd. Pero, luego, en el juego contra Dinamarca, adiós alma mía: dos-dos centros delanteros, pelotas por el centro…
Lo que pudo haber sido una taquiza mexicoarábica de lujo, se convirtió en un banquete de frustración.
Muchísimas personas indignadas me decían: ¿un par de centros delanteros diez minutos antes del final? ¿Y jugadas por el centro?
Error, amigo mío, diría el poeta.
O como lo dice mejor alguien que sabe de esto, don Ignacio Trelles:
–A la mejor se les olvida.
Y diría el aficionado: ¿por qué?
Quedamos de no hablar de futbol.
Desafortunadamente, los estornudos deportivos futbolísticos –en esta etapa contaminante en el DF y lugares aledaños–, se convierten en pulmonías nacionales. Qué ingratos, no el deporte, sino quienes lo sustentan.
Por ello, debemos dejar de lado el tema del futbol.
Nos acongoja.
Desde luego, uno quisiera saber por qué tanta falla, tanto error y, sobre todo, por qué no ganan nuestros futbolistas cuando pueden hacerlo.
¡Oootra vez…!
Quedamos, y no debo descumplir la promesa, de evitar el tema futbolístico.
La gente, el aficionado, está, como diría el compositor, cansada de tanto esperar.
Sin embargo, como en todo proceso sexenal, con y sin la baja del peso, cada año la sociedad mexicana aquilata el sufrimiento. Y, desde luego, esto mismo ocurre con el ahora tristemente célebre “Tri” y el “jefe” de los cambios, el odontólogo Miguel Mejía Barón.
Por eso no hablé de futbol.
Sencillamente me referí a lo que puede acercarse a detectar un problema del espectáculo deportivo, en el que está involucrada la selección mexicana.
¿Qué culpa tenemos de estar endeudados los que no pedimos prestado? Y ¿qué culpa tenemos de estar mal representados en los foros futbolísticos internacionales?
No hablemos de futbol, por favor.
Porque cuando alguien debe estar en la mesa de honor, y se queda en el pasillo, pues resulta igual quedarse en un tercer o cuarto lugar. Total, hay sólo cuatro verdaderos invitados.
Ah, pero vamos a verlo desde el punto de vista filosófico: los nuestros cayeron de cara al sol.
Cayeron, sí, con todos sus honores.