El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes editó para 1995 una agenda con los retratos de escritores conocidos del medio cultural mexicano realizados por la fotógrafa Paulina Lavista (nacida en México en 1945). Tiene así citas obligadas con fotografías en blanco y negro, en enero, con Antonio Alatorre, rodeado de arte, con un Juan José Arreola de hace un cuarto de siglo, con un Fernando Benítez con el oído atento al silbido de un hombre de barro. En febrero, uno se topa con Adolfo Bioy Casares, y a Jorge Luis Borges en las pirámides, que remite a aquel episodio cuando le dijeron que la avenida de Teotihuacán se llamaba Calzada de los Muertos, y dijo: “Este sería un sitio impresionante para morir”. En marzo, con Julieta Campos y Rosario Castellanos, en abril con Alí Chumacero y el marido de Lavista, Salvador Elizondo. Mayo comienza con Carlos Fuentes y sigue con Gabriel García Márquez. En el otoño, nos encontramos a Jorge Ibargüengoitia caminando en una calle de la ciudad y a José Luis Martínez en su escritorio. En diciembre, la cara triste de Juan Rulfo que tiene a su espalda una palma que parece su personal estrella de Belén.
El escritor Alejandro Rossi, uno de los fotografiados, escribió un prólogo a la agenda, donde dice que ha visto en persona a todos los autores que retrata Paulina. “A veces –escribe–, en los momentos oscuros, nos creemos monótonamente iguales. La verdad quizá esté a medio camino: hay instantes en que somos distintos, en que a pesar de todo nos atraviesa una cierta singularidad irremediable. Las fotografías de Paulina se mueven en ese tiempo”.








