Retratar poetas con palabras

Moscona, Myriam: De frente y de perfil. Con fotos de Rogelio Cuéllar; DDF, 1994.
La poeta, periodista y locutora televisiva Miriam Moscona ha metido su pluma en uno de los acertijos deliciosos del oficio: hacer un libro de retratos breves. Los textos fueron apareciendo en La Jornada a lo largo de un tiempo moroso que permitía espontaneidad y diversión. Ahora son un libro “de lujo”, como se dice: tamaño carta, buen papel, impresión cuidada, elegantes fotografías de Rogelio Cuéllar… Ahora todas esas páginas sueltas son un libro y piden otra apreciación.
Es el problema de hacer retratos o biografías sumarias o semblanzas –tres caminos no idénticos– de un conjunto de contemporáneos y colegas. Claro que se puede atrapar la esencia de una persona en tres páginas: ese es el juego, delicioso y excitante. El todo parece decidirse en la orientación del jugador; Moscona ha optado por una distancia media, ahí van sus posibilidades y límites. Ni la visión impersonal de una bibliografía ni la zambullida en el interior de los poetas que captura y expone. Escribe los textos en un tono externo, informativo; esto gobierna la pluma en todos los casos. La encrucijada está en que esa distancia habla de intimidades. ¿Hubiera sido preferible que la escritora apostara a la empatía, a escribir esas vidas como si se dejara poseer por su espíritu tal un médium biográfico? No le pidamos al libro aquello que no es su tono. Esa voluntad de intimidad acaso hubiera arrojado sus frutos intensos pero también involucra las dificultades del patetismo y efusión sentimental. Moscona fue en pos de una escritura reposada, afectuosa por sobria; abundan las declaraciones directas tipo entrevista y las estrofas citadas: no voy a meterme donde no me llaman sino que dejo que me muestren lo que no les incomode parece ser la consigna biográfica del libro.
Los poetas van de las edades de Cardoza y Aragón y Octavio Paz a los nacidos en los cuarenta y cincuenta. Lo que da una bonita convivencia que suena democrática y, como en otros aspectos, una voluntad de no establecer juicios de calidad sino de convocar y mostrar. Esto lleva a que cada uno de los retratos pueda ser feliz o pobre en dos terrenos: por parte del personaje y por parte del texto en sí. Con todo y la voluntad de distancia media y consignamiento mesurado de los datos principales, los biografiados acusan sus diferencias. De entrada los marcan dos medidas: la calidad de su vida y la de su obra. Una cosa es traer a cuestas una historia de exilios, emigraciones familiares, o turbulentas participaciones políticas e incluso penurias económicas, y otra es la planicie de una vida más normal. Flaubert, Chejov y tantos maestros del realismo burgués nos han enseñado que hay una enorme aventura, si uno se propone encontrarla o inventársela, en las personas normales hasta la aburrición. En este libro (a lo mejor porque invariablemente se incluyen declaraciones y citas literarias) son mucho más amenos los retratos de los raros que los de los comunes. En varios casos, incluso, la autora hace el flaco favor (o tal vez se lo propuso, con cierta perfidia) de mostrar seres pretenciosos en biografías prematuras.
El segundo terreno de éxito o fracaso es el de la escritora. En varios casos, hay firme creación del personaje (pues a nosotros lectores poco nos importa que sean así o de otra manera, o incluso que existan o no), buena concisión biográfica y un ritmo funcional entre lo que ella dice, las declaraciones de primera voz y los versos citados. Pero no siempre; a veces falla el tono y deja pasar lugares comunes, versos y declaraciones poco llamativos. Pues Moscona ha comprometido su pluma a uno más de los géneros breves; ya se sabe que la llave de la brevedad es la certera concisión; no repetirse sino redondear la joya en pocos trazos.
Hay una idea de “vida” aquí: anécdotas, puntadas, extravagancias. De modo que la media distancia a veces se alivia con este alimento biográfico y a veces entra en contradicción. Ejemplos: creo que empieza muy bien el retrato de Francisco Cervantes pero a medio camino pierde tono y se vuelve exterior e informativo, a pesar de que el poeta sigue aportando material suculento. Lo mismo siento en el caso de Ricardo Yáñez: se pierde el sabroso humor pícaro y atolondrado del principio, a pesar de que sigan datos afines. Casos bien sostenidos: Vicente Quirarte (quizá donde mejor esplende el tono medio, no comprometido; a pesar de que parece ser uno e los grandes cuates de la Moscona); y sobre todo me gustan el Alí Chumacero y el Javier Molina; Moscona logra personas interesantes y dueñas de una decisión vital… También es excelente el retrato de odios y rupturas familiares que es Nelly Kioseyán, es la promesa de un novelón familiar-parricida.
Tal vez todo libro que hable de varios o muchos sujetos del mismo oficio está condenado a que le leamos la lista de omitidos. La mía: Coral Bracho, Marco Antonio Campos, David Huerta, Manuel Ponce, Gabriel Zaid. A lo mejor la razón es que no se dejaron entrevistar por ella o retratar por Cuéllar… pero ¿no pudo armar sus biografías como lo hizo con Pacheco y Paz? ¿Era necesario contar con todas las fotos si alguno de ellos insiste en no ser fotografiado? Incluso, ya metida en esto, ¿por qué no el reto de la autosemblanza? Por cierto que las fotos de Rogelio Cuéllar son entre buenas y excelentes; no hay desperdicio. Yo siento que logró captar la personalidad de: Cervantes, Chumacero, Molina, Pacheco y Paz. Sobre todo Pacheco: ese laberinto desordenado, escondido y sereno de libros es José Emilio; Cuéllar lo percibió y ahora todos podemos verlo. Pues esta ha sido la aventura de Moscona y Cuéllar: atrapar el pez dorado de la biografía. El lector puede asomarse a este desfile de poetas.