Mi mama es una asesina

Contaminada a más no poder por la asepsia social que en aras de un sueño americano elude la realidad, la madre de una familia de clase media, consciente de que su deber es mantener todo limpio y en orden, aplasta con igual sadismo a una mosca que al maestro que zumba en el oído de su amado hijo.
Mi mamá es una asesina (Serial mom, EU, 1994) es una aberrante comedia negra donde Kathleen Turner encarna a una antiheroína dedicada a deshacerse de todos aquellos que desordenan su entorno y atentan contra la felicidad de sus vástagos.
Según reza la película al inicio, está inspirada en un caso real, y su argumento, escrito con base en entrevistas y testimonios documentales. Al utilizar el tono de comedia, Mi mamá es una asesina logra una asquerosa sonrisa sobre un aspecto clave del inconsciente americano.
Lo mismo que en Un día de Furia a un ciudadano ejemplar se le bota de pronto un resorte que le permite concretar los deseos de matar que todos tenemos, en Mi mamá es una asesina la protagonista no es más que la madre perfecta, la que se ocupa de “limpiar” en el sentido más amplio de la palabra, todo lo que ensucie la felicidad doméstica, y para ello da lo mismo el Maestro Limpio que un cuchillo asesino.
Patricia Highsmith cuenta en su libro Suspense que se dio cuenta de que el instinto criminal de una dulce ama de casa podía superar su literaria imaginación mórbida cuando vio la receta de cocina de una de ellas, que consistía en meter a un tortuga viva en una olla de agua hirviendo.
El realizador John Waters no es tan fino. Desde la década de los setenta, sus cintas lo colocaron en el pedestal aguado del nauseabundo cine gore, como Mondo Trasho, Pink Flamingos, Multiple Maniacs, Polyester y otras vomitivas exquisiteces sobre vísceras y perversiones.
Por lo tanto, no le interesa tanto la anécdota de los crímenes en serie de esta madre entre degenerada y abnegada como mostrar hígados sangrientos, tenis embarrados, viejitas puercas y perros
degenerados como parte de la putrefacción interna de una sociedad casi fascista en lo obsesionada por el tono rosa de la vida, por la limpieza de la mugre y la basura, y por las buenas maneras. Sociedad estúpidamente maternal que se preocupa porque un adolescente use cinturón de seguridad mientras fomenta su adicción a espeluznantes videos porno; o se asusta del efecto de las drogas mientras la televisión acaba con las pocas neuronas sanas de sus hijos, para quienes tener una madre asesina es lo más “in”.
Amparado en la excelente interpretación de la Turner, John Waters pone en evidencia la suciedad de cada uno de los personajes, y ni siquiera el decente esposo de la madre asesina, un fino dentista, se escapa gracias a la cercanísima toma de la lengua –semejante a un pez gordo peleando con la fresa– de un paciente asqueroso. Es un mundo no tan irreal donde los juicios son una obra de teatro y el juez, el jurado y los testigos son tan poco confiables como el propio asesino.