CUAUTLA, MOR.- Como en la célebre comedia de Dante, el escritor se hallaba perdido en la obscura selva de la mitad de la vida y con una novela inacabada bajo el brazo.
Esa novela frustrada, cuya escritura había sido pospuesta varias veces, por fin cuajó, y ha sido publicada recientemente con el sello Seix Barral, y se intitula Dos horas de sol.
En ella –explica el autor– encaro el tema del “paraíso perdido”.
“Por un lado me refiero al obsesivo deterioro de un sitio tan maravilloso como el puerto de Acapulco, lugar al que estamos echando a perder de manera irreversible. Por el otro sopeso el paraíso perdido como la juventud que se va. La pérdida que trae el paso de los años”, apunta el desenfadado y explosivo autor que en 1964 publicó La tumba, signada con una breve firma: José Agustín, como si se tratara de nombre y apellido (el escritor se llama José Agustín Ramírez).
La última novela publicada por el incansable escritor fue Cerca del fuego (1986) y en el largo bache de ocho años no se durmió en sus laureles y entregó a la imprenta libros de cuentos, una noveleta juvenil, La panza del Tepozteco, y dos volúmenes de crónicas intitulados Tragicomedia mexicana.
Convencido de que “la novela es el género que más me llama, donde me siento más a gusto”, el controvertido narrador confiesa: “Tenía muchas ganas de escribir una novela y, sin embargo, no se configuraban las circunstancias para lograrlo”. No obstante, el impulso y la idea para escribir Dos horas de sol surgió al retomar un texto que empezó a pergeñar hace 28 años. Según José Agustín, “en 1966 trabajaba para la revista Claudia y a alguien se le ocurrió que escribiera un reportaje sobre Acapulco.
“A las dos horas de haber llegado a ese puerto se nubló el día y empezó a llover durísimo. De esta circunstancia tan insólita me vino la obsesión de imaginar una historia que ocurre en Acapulco en pleno aguacero”.
En Dos horas de sol un editor yupi (Tranquilo) y su socio (Nigromante) viajan a Acapulco para hacer un reportaje y pasar un buen rato, pero se encuentran con un huracán que trastoca todos sus planes y que finalmente modifica su manera de concebir la realidad.
La pareja de cincuentones se enrola en una aventura que les lleva a percibir un microcosmos que refleja la “modernidad” mexicana de fin siglo y los conflictos inherentes de quienes alcanzan la mitad de la vida.
En la novela se entrecruzan la reflexión acerca de la política, los problemas sociales, económicos y ecológicos del legendario puerto turístico, y llama la atención cómo se combinan los elementos periodístico y literarios.
Así lo explica el narrador: “Cuando volví a intentar la escritura de la novela observé que por mucho que conociera de la realidad acapulqueña, necesitaba efectuar una investigación, un trabajo de campo. Entonces me lancé un par de semanas al puerto con la firme intención de visitar los lugares que sirvieron de escenario a mis personajes. Me interesaba ver con ojos de periodista la realidad de Acapulco. En esa parte del trabajo me ayudó mucho un viejo amigo: Alejandro Oscós, doctor en psicología, quien dirige la Escuela Nautilus y es un ecólogo que ha dado una firme batalla por la limpieza del puerto y la preservación de la naturaleza.
“Recorrí las calles y los barrios acapulqueños del tingo al tango, lo que me permitió conocer a activistas políticos, ecologistas y a los habitantes de las favelas del Renacimiento y El Coloso, y los graves problemas ambientales. Sin embargo, a la hora de redactar la novela me cuestioné sobre cuál era el tema central y decidí que lo fundamental era el conflicto humano, pues mis personajes –Tranquilo y Nigromante– son un par de cincuentones que entran en una crisis de crecimiento. En cierta forma caí en la cuenta de que estaba describiendo una especie de rito de iniciación a la Tercera Edad”.
–¿Es una crisis que tú vives?
–Sí, por supuesto. Esta novela me abarca directamente porque acabo de cumplir 50 años de edad. Me doy cuenta de que están modificándose en mí muchas cosas. Desde los cambios físicos hasta mi concepción de la realidad. Esto me ha llevado a una suerte de recapitulación. A la necesidad de reubicarme y ver exactamente dónde estoy parado y hacia dónde me dirijo. La entrada a la cincuentena me pegó muy duro.
“Por otro lado, me doy cuenta de que no tenemos socialmente demasiados recursos para encarar una crisis de crecimiento de esa naturaleza. Cuando eres adolescente y pasas a la juventud hay muchísimos elementos de juicio. Pero las etapas de la vida que avizoran la madurez y la vejez están descuidadas. Quise, por lo tanto, que mi libro fuera una reflexión en ese sentido”.
–¿Continúas con ese afán narrativo regocijante y crítico de la mitología contemporánea?
–Me fastidia la solemnidad y trato de no caer en rigideces innecesarias. Quizá algunas personas se fastidien al reconocer mi estilo en estas páginas, pero Dos horas de sol es uno de mis libros y de ningún modo pienso borrar mi identidad literaria para abarcar otras cosas.
“Aunque se trata de una novela coloquial en la que procuré forjar un estilo ágil y ameno, en algunos momentos se deja sentir mi preocupación por los conflictos del ser humano o de la sociedad, expresados en un lenguaje que aspira a ciertos niveles de profundidad y belleza.”
TRILOGIA SOBRE ACAPULCO
No es la primera vez que el puerto de Acapulco figura en el mundo de José Agustín. Precisamente en Se está haciendo tarde (final en laguna) el autor recrea el viaje de un joven capitalino lector de Tarot que decide visitar a su amigo Virgilio. Ambos están en el umbral de los paraísos del espíritu y los mundos transcendentales y, al mismo tiempo, se les ve recorrer con dos gringas drop-out un Acapulco decadente y lodoso.
En Dos horas de sol de nueva cuenta el otrora precoz novelista entrega a los lectores la imagen del Acapulco de la era del Tratado de Libre Comercio (TLC). Según él estas dos novelas son parte de una trilogía sobre el proverbial centro turístico: “Quisiera escribir una tercera novela, sin prisas, sobre el Acapulco tradicional y recuperar para la literatura sus luchas, personajes y costumbres. Mis dos libros anteriores han sido visiones desde afuera. Es decir, personajes que llegan allí. Ahora me interesa que el punto de vista de los protagonistas sea desde dentro, de personas que viven ahí”.
–¿Acapulco ofrece diferentes rostros?
–El puerto esta dividido en tres zonas. Por una parte está el sector relacionado con el turismo de oropel. Por el otro, el Acapulco tradicional, un núcleo de personas que tienen su propia manera de hablar, costumbres y tradiciones muy fuertes que les han permitido resistir, durante 60 años, los poderosísimos embates turísticos de tendencias deshumanizantes y desnacionalizadoras. Y, por último, hay un tercer Acapulco, el de la miseria y las ciudades perdidas, compuesto por personas que emigran de otras partes del estado de Guerrero y del país, con deseos de tener posibilidades de subsistir.
–¿Acapulco resume el desastre del país?
–Si no lo resume, al menos lo refleja. Mi propuesta es que la situación política, social, económica y humana de Acapulco es copia fiel de lo que sucede en el país. Otros sitios lo reflejan también pero en Acapulco se percibe con mucha más claridad. La realidad está más al desnudo porque Acapulco es un lugar al que la gente va con un criterio de diversión y deja de ser ella misma. Ahí las personas abandonan muchas de sus conductas habituales y dejan de aparentar determinadas calidades humanas. Al dedicarse al desmadre y el cotorreo aflora en ellas su naturaleza verdadera. Entonces es más fácil ver a las personas en su condición real. Se te presenta entonces la posibilidad de ver el espejo con enorme nitidez. Por eso creo que Acapulco sí refleja la problemática nacional y añade un elemento extra que es el dolor de que todas estas cosas ocurran en un sitio tan hermoso.
–Son muchos libros y años en la talacha literaria. ¿Cuál es tu saldo?
–Soy escritor por vocación. Desde muy joven descubrí que lo único que me correspondía en la vida era escribir. Mi primer cuento lo escribí a los diez años de edad y desde entonces no he parado. Para bien o para mal nací para escribir. He cumplido con un impulso básico y fundamental de mi vida. Las críticas –favorables o adversas– indican que mi trabajo no ha pasado inadvertido. Por otra parte, me apasionan muchos temas e infinidad de cosas que llaman mi atención y trato de expresarme sobre ellas. Creo que no me he circunscrito a un mundo determinado y que como quiera que sea el mío se va ampliando y abarcando otros niveles de significado. En suma, y para terminar, yo te diría que ahí la llevo.








