A 100 años de la publicación de El concilio de amor, a 500 años de la aparición de la sífilis en Occidente, en este 1995, año internacional de la tolerancia, se presenta esta tragedia celeste de Oskar Panizza, cuyos textos han sido adaptados por Malú Huacuja, en versión cabaretera de Jesusa Rodríguez.
Aunque se anuncie en la sección de las pastorelas, de diarios y revistas, aunque aparezcan la Virgen, el Diablo, Dios Padre, Jesús y el Arcángel Miguel, este espectáculo dista mucho del género pastoril, por su irreverencia, su antisolemnidad y porque no hay pastores ni final feliz, pero sobre todo, por su acabado artístico.
A diferencia de muchas pastorelas, aquí hay una escenografía original, con un puente levadizo que se utiliza cuando se debe y un vestuario y una iluminación que contribuyen a la atmósfera fársica,
A diferencia de tantas pastorelas, cuyo público tradicional no acudió en la temporada que acaba de pasar, cansado de que le den un producto malhecho, en esta obra los espectadores abundan atraídos por el producto teatral en sí, no por la piñata, los tamales y el champurrado.
A diferencia de algunas pastorelas de humorismo chusco y torpe, aquí hay un humorismo fino, que provoca sonrisas, no carcajadas, y una ironía sarcástica y amarga que hace reflexionar sobre la alianza del Bien y el Mal para castigar al hombre.
A diferencia de las pastorelas donde el alma de los pastores se salva, cuando el Arcángel Miguel los aleja de los pecados, venciendo al Maligno, aquí es Dios Padre, quien horrorizado por los excesos sexuales que observa en las fiestas del Papa Alejandro VI, le pide al Diablo su ayuda para mandar a los hombres un castigo que les afecte en donde más les duela, que los contagie mientras hagan el amor, pero que no les mate el alma, para que puedan ser redimidos.
A diferencia de las pastorelas que se ensayan a la carrera, descuidando la interpretación de personajes, sin intentar siquiera una mínima concepción escénica, provocando sólo el efecto inmediato, la risa fácil, en una atmósfera de ingenuidad que raya en la bobería, El concilio de amor tiene canciones perversas, bellamente interpretadas por Liliana Felipe (El Arcángel Miguel) y personajes finamente interpretados por Jesusa (un interesantísimo Diablo) por Claudette Maillé (una estupenda Marylin Monroe y una muy bien lograda Sífilis), Claudia Lobo (una mundana Virgen María) y Diego Jáuregui (un fársico Jesús).
El desempeño de todos los actores es bueno, muchos mejores que otros, pero hay una actuación extraña. El siempre carismático Tito Vasconcelos, el centro natural en todas las obras, el extrovertido actor al que hay que contener para que no se robe el espectáculo, aparece discreto, aun como Gloria Swanson o como Salomé. Sí, cosa rara en él, ahora está en un segundo plano, callado, lejano, nomás mirando, ausente, sin sus gags, sin personaje.
Los mitos del cine enriquecen la primera parte de la obra, las canciones de Liliana Felipe nos dan un contexto del presente, el juego del balero del hábil Lucifer, la relación amistosa de éste con Dios Padre, la lúdica escena del teatrino y algunos recursos del teatro de cabaret, son elementos contemporáneos que reavivan el texto original, el cual llega sin barreras de tiempo al espectador de ahora.
Si Oskar Panizza quiso representar lo divino, confinando los hechos a los límites del pensamiento, Jesusa quiso hacerlo, en los límites del espectáculo. Si el autor “degradó a los dioses cristianos”, viéndolos en el espejo del siglo XV, Jesusa Rodríguez los ve con los ojos de este siglo que termina.
Esta misma obra, no apta para mentalidades del siglo XIX, tuvo problemas hace algunos años con un grupo de fanáticos, tristemente célebre por su oposición al condón, cuando se presentó en el Foro Shakespeare. Ahora, readaptada y con una diferente puesta en escena, con otros actores, igualmente buenos como aquellos, puede verse en el Teatro La Capilla, por los rumbos de Coyoacán.








