El espaldarazo político y la nueva ayuda otorgada unánimemente por el gobierno de Bill Clinton y el Congreso de los Estados Unidos el jueves 12, demuestran la importancia que otorgan a la crisis financiera mexicana. Esta es una prueba más de que los gobiernos y el aparato financiero de los Estados Unidos han eregido a México en una pieza clave de su estrategia política y económica en el Tercer Mundo, en general, y en América Latina, en especial.
Sin embargo, hay que reconocer que en el vecino del norte siempre ha habido voces que han alertado sobre el peligro que representaban para los pequeños inversionistas norteamericanos y el pueblo mexicano las maniobras de los grupos financieros de Wall Street y su aliado incondicional, Carlos Salinas de Gortari.
Tal es el caso de un artículo que apareció en Counter Punch, que publica el Institute for Policy Studies, en Washington, el 1º de diciembre, veinte días antes de la catástrofe. El aspecto más interesante del artículo, es la revelación de los mecanismos que unen los intereses de los grupos financieros de Wall Street con la política de los últimos dos gobiernos mexicanos. Entre otras cosas, el artículo dice:
“Un patriota mexicano se rebelaría ante todo lo que Salinas ha hecho, pero los bancos de Nueva York le deben mucho, dijo William Tood, un economista que se retiró en septiembre de la Reserva Federal de Cleveland y aceptó un puesto en la firma de abogados Buckingham, Doolitle and Burrough. `Mantuvo al país en paz, continuó el servicio de la deuda más o menos a tiempo y adoptó leyes que les permitían repatriar dólares como nunca antes’.
“Los últimos seis años fueron también altamente lucrativos para Salinas, quien alegremente despilfarró el tesoro del Estado y se retirará a una vida acomodada, completamente sin relación con el sueldo que recibió durante su Presidencia. Christopher Whalen, editor de The Mexico Report y representante financiero en jefe del Legal Research International, estima que los robos de Salinas lo han hecho uno de los hombres más ricos del mundo.”
En el mismo número 21 del Vol. 1 de Counter Punch, en el cual viene el artículo, se dan datos pormenorizados sobre las astronómicas ganancias obtenidas por los grandes grupos financieros de Wall Street en sus operaciones en México, sobre todo con los acuerdos Brady sobre los calendarios de servicio de la deuda.
“Mientras que la industria norteamericana ha cosechado enormes ganancias explotando mano de obra barata mexicana, los grupos financieros han obtenido beneficios aún mayores al sur de la frontera. Los rendimientos han aumentado considerablemente en los últimos años, debido en parte al ascenso de México como uno de los más dinámicos `mercados emergentes’. Ese es el nombre que dan los grupos financieros a los países del Tercer Mundo y de Europa oriental que han desregulado sus economías y permitido a los extranjeros comprar valores locales o partes de la deuda, ya sea directamente o a través de fondos mutuos. El concepto de `mercados emergentes’ llamados antes `comercio con países menos desarrollados’, nombre que fue abandonado por los emisores de Wall Street por los recuerdos que evocaba de la crisis de la deuda del Tercer Mundo que puso al mundo al borde de la quiebra, fue adoptado hacia finales de la década de los 80 a la sombra de los así llamados `acuerdos Brady’, bautizados con el nombre de su artífice, que era entonces secretario del Tesoro. Mientras que en teoría los acuerdos ofrecían ayuda al tercer mundo, en la práctica eran una inmensa operación de salvamento de los grandes bancos. A la vez que los banqueros aceptaban reducir el monto de la deuda –que de todas maneras nunca se pagará– los deudores aceptaban pagar regularmente los intereses de acuerdo con los calendarios establecidos. Los países signatarios del acuerdo Brady debían también aceptar los programas de austeridad del FMI, que incluyen medidas altamente favorables al capital extranjero.
“Casi tan importante desde el punto de vista de Wall Street, el plan Brady transformaba decenas de miles de millones de dólares de sospechosos bonos de la deuda en valores comercialmente respetables, amparados por notas del tesoro norteamericano a 30 años. Así surgió un enorme mercado de bonos Brady, en el cual los bancos y casas de bolsa norteamericanas servían tanto de emisores como de vendedores. Los poderosos participantes en la operación fueron, sobre todo, Salomón Brothers, Meryll Lynch, Citibank, Chase Manhattan y J.P. Morgan, que obtuvieron ganancias fabulosas. Los `Bradies’ mexicanos bajaron a 40 centavos el dólar poco después de que entraron en el mercado en 1990, pero luego se repusieron a cerca de 60 centavos, para producir a sus tenedores cerca de 50% de ganancia en cinco años.
“Muy poco de ese dinero canalizado hacia los `mercados emergentes’ se ha invertido directamente en plantas y equipo. Por ejemplo, las enormes sumas que han fluido al mercado de valores mexicano en años recientes –de 10,000 a 15,000 millones de dólares anuales después de que el país firmó el Plan Brady– produjeron la privatización e internacionalización de la propiedad de empresas ya existentes, pero sólo el 5% ha sido actualmente usado para aumentar las instalaciones locales. Esto último es de poco interés para los banqueros, quienes obtienen sus ganancias inyectando grandes sumas de dinero en pequeños mercados, elevando así estratosféricamente el precio de los valores locales. La pompa de jabón revienta inevitablemente. Los precios de los valores turcos se elevaron en 200% en un año, para luego hundirse en 60% a principio de 1994, después de que el Partido Islámico ganó las elecciones municipales. Las acciones venezolanas se dispararon en 1990 y 1991, para hundirse en 1992 y 1993 (en 42 y 11% respectivamente). `El arte está en entrar y salir a tiempo, antes que se produzca el desastre’, dice Whalen.
“El alto riesgo que acompaña las inversiones en los `mercados emergentes’ es un tema que las grandes casas emisoras no tratan con frecuencia con los pequeños inversionistas, que son atraídos por la perspectiva de tasas de ganancias muy superiores a las que pueden obtener en el mercado de los Estados Unidos. Nigeria, supuestamente un `mercado caliente’, ofrece bonos que pagan intereses del 20%. Los valores en las Filipinas se elevaron en 132% en 1994. Por esa razón, un asesor de inversiones, Menran Nakhjavani, llama a la especulación con valores de los mercados emergentes `capitalismo salvaje, excitante, casi libre de freno’, que recuerda agradablemente los días de John D. Rockefeller y Jay Gould.
“Whalen sostiene que los periodistas financieros que cubren los mercados emergentes, casi siempre con fanfarrias sobre la lluvia de dólares que espera a quien esté dispuesto a correr riesgos, `son generalmente idiotas o cómplices’. En el caso de algunas de las historias más exageradas, piensa que ha habido dinero de por medio: `Tratan a esos países como si fueran Iowa, y definitivamente no son Iowa. Mucha gente –dice– jamás volverá a ver su dinero’.
“El riesgo es especialmente grande debido a dos factores importantes. Primero, todo ese mercado ha sido impulsado por bajas tasas de interés en los Estados Unidos. A partir de febrero de 1994, cuando esas tasas comenzaron a subir, el valor de las inversiones en los famosos mercados emergentes ha comenzado a tambalearse. Segundo, las políticas favorables a los inversionistas extranjeros tienden a despertar la resistencia de las poblaciones locales. Esto fue amablemente insinuado por Emerging Market Analyst, una influyente hoja de negocios en mayo de 1994. `Políticas orientadas a impulsar los mercados emergentes –decía la publicación– tienden inicialmente a crear la inestabilidad política que ha sacudido a México (Chiapas, asesinatos políticos) y Venezuela (intentos de golpe de Estado y protestas populares)’. En realidad existe una relación inversa entre la orientación de las operaciones en las bolsas de valores de esos países y el nivel de vida de sus poblaciones. Bajo Salinas, México se transformó en uno de los mercados emergentes más `calientes’ del mundo y el importador de capital más importante de América Latina. Salomon Brothers, una de las casas más beneficiadas con la especulación en los mercados emergentes, maneja anualmente una cartera de 15,000 millones de dólares en México. En una sola operación, J.P. Morgan lanzó al mercado secundario 2,000 millones de bonos aztecas. Citibank está expandiendo a ritmo acelerado sus operaciones en México. Esto ha dado a los inversionistas norteamericanos una gran influencia sobre los asuntos mexicanos, pese a que no tienen compromisos a largo plazo. Quieren ganancias inmediatas y están dispuestos a utilizar su influencia para lograrlas.
“Las demandas básicas de la comunidad financiera norteamericana incluyen –continúa al artículo de Counter Punch– el mantenimiento de un peso sobrevaluado y altas tasas de interés real, que protegen los rendimientos de los bonos y garantizan buenas ganancias a los inversionistas, recortes en el gasto público, privatización de buenas empresas públicas y reglas favorables para la inversión extranjera. Ese tipo de exigencias son totalmente incompatibles con reformas sociales. Como lo dijo Francisco Drojohowki, director del New York Capital Management Inc. en el momento más álgido de la campaña electoral: `Cualquier mención de redistribución de ingreso irrita profundamente al inversionista típico’.”
La crisis de fin de año, las reacciones de los círculos financieros de Wall Street y los esfuerzos del gobierno de Clinton para restituir la confianza de los inversionistas norteamericanos en el gobierno de México, son una confirmación de las tesis principales del artículo y una señal inquietante para el futuro de la soberanía de nuestro país.








